El impacto oculto de trepar árboles o ensuciarse: beneficios del juego aventurero para la mente de los niños

Beneficios del juego arriesgado al aire libre en el desarrollo emocional y cognitivo infantil: por qué jugar en la naturaleza ayuda a los niños a gestionar el miedo y reducir la ansiedad.

Niños jugando al aire libre
Niños jugando al aire libre.
Freepik.

El juego al aire libre no solo entretiene a los niños: también favorece su desarrollo emocional, cognitivo y social. Cada vez más investigaciones sugieren que crecer en contacto con la naturaleza ayuda a fortalecer habilidades como la autonomía, la resiliencia y la capacidad para afrontar situaciones desafiantes.

Especialistas en psicología infantil sostienen que explorar espacios naturales, trepar árboles, correr, ensuciarse o interactuar con plantas y animales ofrece experiencias difíciles de replicar en entornos completamente controlados. A través de ese tipo de juego, los niños aprenden a evaluar riesgos, resolver problemas y ganar confianza en sus propias capacidades.

La neuropsicóloga pediátrica Cathy Jordan, en declaraciones a Children & Nature Network, explica que todos los niños pueden beneficiarse del llamado "juego arriesgado", siempre que sea acorde a su edad y a sus capacidades.

Según la especialista, cuando un niño enfrenta un desafío debe observar el entorno, evaluar los riesgos, tomar decisiones, controlar sus impulsos y regular su comportamiento. Ese proceso contribuye al desarrollo de la autonomía, la autoestima y la resiliencia, habilidades que pueden favorecer la salud mental a lo largo de la vida.

Niño fuerte
Niño fuerte.
Foto: Freepik.

Una revisión publicada en 2021 en una revista de Psicología Clínica Infantil y Familiar señala que el juego aventurero —aquel liderado por el propio niño y que combina emoción, incertidumbre y cierto grado de miedo— constituye una herramienta importante para el aprendizaje emocional. Este tipo de experiencias ayuda a desarrollar capacidades como:

  • Tolerar la incertidumbre. Enfrentarse a situaciones cuyo resultado no es completamente predecible favorece la adaptación a escenarios nuevos.
  • Comprender las reacciones del cuerpo. Los niños aprenden a reconocer sensaciones como el aumento del ritmo cardíaco o la adrenalina sin interpretarlas necesariamente como una amenaza.
  • Gestionar el miedo. La exposición gradual a desafíos permite aprender a recuperar la calma y mantener el control emocional.
  • Desarrollar estrategias de afrontamiento. Resolver pequeños retos fortalece recursos que luego pueden utilizarse frente a situaciones estresantes.

Los especialistas también destacan que el juego en la naturaleza puede contribuir a reducir el riesgo de ansiedad y favorecer el desarrollo de la resiliencia. Además de promover una mayor actividad física, estas experiencias fortalecen la competencia social, la confianza y la capacidad para enfrentar situaciones nuevas.

Niños jugando.
Niños jugando.
Foto: Freepik.

Algunos investigadores incluso describen este tipo de juego como una especie de "exposición natural", ya que permite que los niños se familiaricen de manera gradual con desafíos habituales —como las alturas o la separación momentánea de los adultos—, reduciendo algunos temores propios del desarrollo.

Más allá de los beneficios psicológicos, crecer en contacto con la naturaleza también favorece el desarrollo de una mayor conciencia ambiental. Interactuar con plantas, animales y espacios naturales ayuda a que los niños comprendan desde pequeños la importancia de cuidar el entorno y desarrollen una relación más cercana con el ambiente.

Los especialistas coinciden en que permitir que los niños jueguen al aire libre, exploren y experimenten desafíos adecuados para su edad puede convertirse en una herramienta valiosa para su desarrollo integral, siempre bajo la supervisión necesaria para garantizar su seguridad.

Con base en La Nación/GDA

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