El hábito habitual de los adultos que le resta la oportunidad a los niños de confiar en sus capacidades

Cómo fomentar la autonomía infantil sin resolverles los problemas: el aporte de María Montessori y razones pedagógicas para no intervenir de inmediato.

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Alumnos de colegio.
Foto: Archivo.

Cuando un niño tarda demasiado en resolver una tarea, se equivoca varias veces o parece no encontrar la manera de hacer algo, la reacción más habitual de un adulto puede ser intervenir. Darle una pista, corregir el error o directamente resolver el problema parece una forma de ayudar. Sin embargo, hacerlo de manera inmediata puede quitarle una oportunidad importante: la de descubrir por sí mismo cómo superar una dificultad.

Esta idea ocupa un lugar central en el método Montessori, desarrollado por la médica y pedagoga italiana María Montessori a comienzos del siglo XX. Una de las frases que se le atribuyen resume buena parte de su filosofía: “Nunca ayudes a un niño en una tarea en la que siente que puede tener éxito”.

La propuesta no implica dejar solos a los niños frente a cualquier problema. Por el contrario, plantea que los adultos deben aprender a distinguir entre aquellas situaciones en las que realmente necesitan ayuda y aquellas en las que pueden avanzar de manera autónoma.

Aprender también implica equivocarse. Cuando un niño intenta resolver un problema, prueba una alternativa que no funciona y vuelve a intentarlo, está desarrollando habilidades que van más allá de la respuesta concreta que busca.

Niños entrando a la escuela
Niños entrando a la escuela
Freepik

Un ejemplo cotidiano puede encontrarse al momento de aprender a atarse los cordones. El niño puede demorarse, equivocarse y comenzar nuevamente. Para un adulto que tiene prisa, hacerlo por él parece la solución más sencilla. Pero si el niño está convencido de que puede conseguirlo, permitirle continuar puede ayudarlo a desarrollar una habilidad, tolerar la frustración y experimentar la satisfacción de alcanzar el objetivo por sus propios medios.

Algo similar sucede con las tareas escolares. Si un estudiante no encuentra la respuesta a un ejercicio de matemática y el adulto se la proporciona inmediatamente, probablemente termine antes. Sin embargo, habrá perdido la posibilidad de analizar el problema, probar distintas estrategias y comprender el razonamiento que conduce a la solución.

Por eso, acompañar no necesariamente significa resolver. El adulto puede formular preguntas, recordarle al niño algún concepto trabajado en clase, sugerirle que vuelva a leer la consigna o simplemente alentarlo a intentarlo nuevamente.

Desde esta perspectiva, equivocarse no debería interpretarse únicamente como algo que hay que evitar. El error puede convertirse en una instancia para revisar lo hecho, cambiar de estrategia y construir un nuevo aprendizaje.

Niño primer día de clases escuela
Niño camina junto a sus padres en su día de clases.
Foto: Freepik.

También es importante tener en cuenta que los niños no avanzan al mismo ritmo que los adultos. Una persona que ya domina determinado conocimiento puede encontrar una solución en pocos segundos, pero eso no significa que un niño deba hacerlo con la misma rapidez.

La intervención constante puede terminar transmitiendo, incluso sin intención, la idea de que equivocarse es algo negativo o de que siempre habrá un adulto dispuesto a resolver las dificultades. Darles tiempo para pensar, en cambio, permite que desarrollen progresivamente confianza en sus propias capacidades.

María Tecla Artemisia Montessori nació en Italia en 1870. Se formó en medicina y posteriormente dedicó buena parte de su trayectoria a estudiar la educación y el desarrollo infantil. A partir de la observación de los niños y de sus formas de aprender desarrolló un método que se convertiría en una de las propuestas pedagógicas más influyentes del siglo XX.

El método Montessori coloca al niño en el centro del proceso educativo y busca favorecer su autonomía. Para ello, propone crear ambientes preparados en los que pueda explorar, manipular materiales, tomar decisiones y adquirir habilidades de manera progresiva.

En este modelo, el adulto no deja de cumplir un papel importante. Su función, sin embargo, es diferente: en lugar de intervenir constantemente, observa, acompaña y proporciona las herramientas necesarias cuando el niño realmente las necesita. Así, ayudar a un hijo no siempre significa hacer algo por él. En determinadas situaciones, la mejor ayuda puede consistir precisamente en darle el tiempo y el espacio necesarios para que descubra que puede hacerlo solo.

Con base en La Nación/GDA

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