Todos los años, hacia principios del mes de enero, vuelve a circular la misma viñeta de Mafalda. “El que tiene que ser diferente no es el 2026, es usted”, dice el cartel que sostiene el personaje. La compartimos y nos reímos porque nos identificamos.
Desde hace tiempo que con el cambio de número en el calendario se reactiva la fantasía de que algo esencial debería cambiar también en nosotros. Que ahora sí, que esta vez será diferente.
Pero puede cambiar el año, los hechos y escenarios con la llegada de un trabajo nuevo, una pareja o una casa nueva y, sin embargo, muchas veces la posición desde la cual nos relacionamos con eso que nos pasa se mantiene intacta, sigue sorprendentemente igual que siempre.
Por eso no resulta raro escuchar a alguien decir: “No entiendo por qué vuelve a pasarme lo mismo”. Lo dicen, en especial, quienes se cuestionan e intentan hacerse responsables de lo que les pasa; quienes están dispuestos a escucharse a ellos mismos.
La idea de que vuelve a pasarnos “lo mismo”, en realidad, no habla de un hecho que se repite, sino de una lógica que insiste. En distintas escenas se repite la misma dificultad, una y otra vez.
El problema no reside en que no pasa nada nuevo, sino en que lo nuevo, muchas veces, se arma sobre una estructura y un patrón viejo.
El psicoanálisis considera que no repetimos hechos, sino posiciones: repetimos modos de ubicarnos. No elegimos siempre lo mismo, pero nos ubicamos de modos similares frente a lo que elegimos. Y desde ahí se arma una y otra vez una escena que, aunque tenga otro decorado, nos resulta inquietantemente familiar.
Por eso el cambio no se juega en el número del año que empezamos a transitar, ni en la cantidad de propósitos, ni en la fuerza de voluntad. Ojalá fuese tan sencillo. En cambio, se juega en algo mucho menos espectacular: en correrse apenas un poco del lugar que uno habita.
En la terapia, el paciente llega y cuenta una escena parecida, pero esta vez se corre un poco de esa posición. Y aunque parezca algo mínimo, ahí es donde aparece lo que llamamos proceso.
Quizás por eso los cambios que más importan no hacen ruido.
No llegan con fechas, ni anuncios, ni comienzos, sino cuando algo deja de repetirse exactamente de la misma manera de siempre.
Cambia el año, sí, pero lo que verdaderamente nos modifica es cuando ya no estamos exactamente en el mismo lugar.