Durante siglos, la pareja heterosexual fue entendida como la promesa de sentido, identidad y estabilidad, sujeta a una determinada narrativa que organizó la vida social, distribuyó roles y sostuvo jerarquías. El amor, se suponía, era refugio, sinónimo de plenitud y destino compartido. Pero en los últimos años, algo de ese mito se volvió difuso: comenzó a crecer un malestar que lejos de ser individual es de carácter estructural y que hoy se expande a través de la sensación de fatiga, desconfianza, o desencanto con la pareja como modelo dominante de vínculo.
A ese fenómeno algunos lo llaman heteropesimismo: el sentimiento de que la pareja heterosexual, lejos de ser el destino ideal, se transformó en un escenario de desgaste.
Uno de los datos más visibles y que más llama la atención indica que los jóvenes tienen cada vez menos sexo. ¿Desinterés, saturación? Una mezcla de ansiedad, exigencias de rendimiento, miedo a exponerse y cansancio emocional. El cuerpo ya no aparece como territorio de placer, sino como extensión de un mercado que lo mide todo. Y cuando la intimidad se convierte en otra forma de competencia, el deseo se apaga.
Uno de los primeros factores que explican esta deriva es la precariedad emocional. La vida cotidiana se volvió una carrera sin pausas y las relaciones, que no están ajenas, cargan con el mismo ritmo. Cuidar, escuchar, sostener —todo lo que requiere tiempo— parece un lujo. En ese contexto, el amor se vive con culpa o cansancio. La socióloga y escritora Eva Illouz lo resume con la idea de que el capitalismo afectivo convirtió la búsqueda de amor en un ejercicio de consumo y frustración. Queremos vínculos auténticos, pero nos movemos en una cultura que mercantiliza cada gesto. ¿Cómo construir intimidad cuando la autosuficiencia se volvió sinónimo de éxito?
Las mujeres hoy reconocen que la pareja heterosexual implica una forma de empobrecimiento: cuando conviven, trabajan más, descansan menos y ganan menos. Las estadísticas muestran que ellas realizan la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado, incluso en hogares donde ambos trabajan a tiempo completo. Formar pareja o tener hijos, para muchas, no amplía horizontes; los reduce. No solo en tiempo, sino en ingresos, oportunidades y libertad.
Los varones, en cambio, aún cargan con un modelo que los educó para no registrar el malestar propio ni ajeno. La identidad masculina continúa ligada a la centralidad perdida: se sienten desplazados, no saben cómo habitar el margen. Esa tensión produce vínculos donde una parte sostiene el equilibrio emocional y la otra lo evita. La desigualdad ya no se oculta bajo la palabra amor, y cuando se hace visible, estalla.
Por eso la crisis del amor se concentra en los vínculos heterosexuales, porque ahí se cruzan las asimetrías materiales, simbólicas y emocionales de una cultura que cambió más rápido en sus discursos que en sus prácticas. Lo que se agota no es el amor en sí, sino la estructura desigual que lo sostiene.
Por otra parte, aparece la fatiga del deseo. El filósofo Michel Foucault explicaba que la sexualidad moderna nunca fue reprimida, sino producida. Es decir que el poder no la silenció: la hizo hablar, la convirtió en objeto de discurso, medición y confesión. Esa maquinaria no desapareció; mutó. Hoy, el control no opera por prohibición, sino por visibilidad. No se castiga el deseo, se lo exige. El mandato ya no es callar, sino mostrarse, compartir, capitalizar la propia intimidad.
En esa economía de la exposición, el erotismo se transformó en vitrina. Las redes promueven una sexualidad constante y, a la vez, vacía. Hay estímulo, pero poca experiencia. El cuerpo, que antes era territorio de misterio, se convirtió en interfaz; el encuentro, en trámite. El filósofo Byung-Chul Han lo define como “el cansancio de lo igual”: la repetición infinita de imágenes idénticas que borra la diferencia y con ella también el deseo. Foucault lo habría leído como la fase tardía del mismo dispositivo: ya no se trataría del control del placer, sino de su administración.
La promesa de libertad sexual se confunde con la obligación de disponibilidad permanente: lo íntimo se narra, se postea, se cuantifica. Y en ese circuito sin pausa, lo erótico pierde espesor. ¿Cómo desear cuando el cuerpo propio y el ajeno se vuelven datos, cuando la singularidad se reemplaza por el intercambio continuo? ¿Qué espacio queda para el misterio si todo debe ser visible para existir?
NUEVOS VÍNCULOS. Este desencanto con la monogamia y la pareja heterosexual no tiene por qué leerse como una derrota. El heteropesimismo puede ser, también, una forma de lucidez, el reconocimiento de que el modelo amoroso heredado ya no alcanza para sostener los deseos ni las vidas que hoy habitamos.
El amor heterosexual, con sus promesas de salvación y sus desigualdades estructurales, funcionó durante siglos como una tecnología de orden social. Su crisis no es el fin del amor, sino la caída de una arquitectura que organizaba la vida en torno a la subordinación y la dependencia. Lo que emerge no es vacío sino posibilidad, la oportunidad de imaginar vínculos más simétricos, más conscientes y menos guionados por los mandatos del pasado.
Tal vez no estemos frente al final del amor, sino frente a una transformación más profunda que desarma la idea de pareja como eje y abre paso a redes afectivas más amplias. Amistades que se vuelven hogar, vínculos no monogámicos que revisan la exclusividad, comunidades de cuidado que no dependen de una pareja. Lo que aparece en el horizonte no es apatía, es búsqueda.
El desafío es dejar de leer el desencanto como fracaso individual. El cansancio con el amor heterosexual no se cura con más coaching ni con tips de pareja o autoayuda: se enfrenta con un cambio de marco. Con la voluntad de imaginar vínculos donde la reciprocidad no sea una excepción y el amor no sea tarea de reparación, sino práctica de igualdad.
El heteropesimismo, en ese sentido, no es una renuncia al amor. Es un síntoma cultural que anuncia algo más: el deseo de construir formas de intimidad que no repitan la violencia del pasado ni el vacío del presente. Tal vez amar, en esta época, consiste en aprender a hacerlo de nuevo, sin mandato ni salvación, con cuidado, empatía y consentimiento.