Escribir cinco palabras al despertar. Anotar una escena del día. Redactar una carta que nadie leerá. Para la uruguaya María Perrier, no hace falta ser escritor para descubrir el efecto que las palabras pueden tener sobre la salud mental. Al contrario: cree que escribir es una de las herramientas de bienestar más accesibles que existen y que, en tiempos de hiperestimulación y pantallas, puede ayudarnos a recuperar atención, calma y claridad.
Autora de Del otro lado de la montaña —el libro que recuperó la historia menos contada de la tragedia de los Andes al dar voz a las familias de quienes no regresaron—, hoy vive en Roma, acompaña procesos de escritura y prepara un retiro creativo en un antiguo monasterio restaurado de Italia. En diálogo con El País, explicó por qué cualquiera puede beneficiarse de escribir y cómo unos pocos minutos de journaling pueden convertirse en un hábito de bienestar.
— ¿Siempre te gustó escribir?
— Sí. Vengo de una familia de creativos, escritores, artistas. A los 8 años empecé a escribir poemas y canciones que todavía guardo en la casa de mis padres, en Uruguay. Pero empecé a escribir de forma más profunda en mi adolescencia. Descubrí en las palabras un espacio de silencio y una compañía que no me exigía mucho más que ser yo misma. Escribía cartas, diarios… Era una forma de conversar con mi inconsciente y con la vida que llevaba.
— ¿Cómo te ayudó a lo largo de la vida esta relación terapéutica con la escritura?
— Para empezar, en la adolescencia fue vital. A veces sentía mucho vacío y no encontraba dónde o con quién hablar de ciertas cosas; por eso, la escritura se transformó en mi refugio. Me ayudó a entender quién soy y en qué creo, más allá de mi contexto. Y me permitió abrazar pensamientos que solo lograba procesar y comprender de ese modo. Luego, de adulta, me mudé mil veces de una ciudad a otra, y la escritura me sirvió para entender qué me costaba, qué sentía, qué cuestionaba. Me daba cierta sensación de control en medio de momentos de cambio.
— Y es una herramienta terapéutica al alcance de todos, ¿no?
— Totalmente. Tan solo con una servilleta y un lápiz uno puede canalizar o revisar aspectos de sí mismo, a cualquier edad. Además, es algo cada vez más importante porque, al mismo tiempo, nos aleja de la hiperconectividad permanente, de esa necesidad de estar conectados digitalmente todo el tiempo.
— Si uno nunca escribió, ¿por dónde empieza?
— Primero, hay que olvidarse de esas imágenes de película donde los escritores viajan a una montaña solitaria para encontrar inspiración, porque también puede aparecer en el ómnibus o en un café. Uno de los tips que doy en mis talleres es escribir una carta sin presiones, es decir, quitándole a la escritura ese perfeccionismo que a veces creemos que debe tener. Otro disparador es escribir sobre una situación que uno vivió durante el día o que observó y le llamó la atención. Y algo que tienen en común los grandes escritores es el hábito de nutrirse de recuerdos de la infancia. Esa etapa es como un cofre de historias que nos conecta rápidamente con el lápiz.
— Además de escritora, sos mentora y coach literaria. ¿Qué significa eso?
— Por un lado, acompaño personas que tienen curiosidad por la escritura, que no necesariamente tienen un proyecto literario, pero les gusta escribir, por ejemplo, notas de sus viajes o cosas que se les ocurren en el día a día, y quieren estimular su creatividad. Los procesos son uno a uno y duran aproximadamente seis semanas. Por otro lado, también acompaño el proceso de escritura de obras de ficción y no ficción desde un lugar más técnico. En ambos casos, implica un proceso de autoconocimiento donde cada uno descubre qué busca y qué dice su escritura sobre sí mismos.
— ¿Qué aprendiste de vos misma escribiendo?
— Que soy mucho más fuerte de lo que pensaba. Desde el año 2014 escribo y publico ininterrumpidamente; siempre con el mismo sentimiento de seguridad, más allá de que al principio me leyeran diez personas al mes y ahora miles. Publiqué dos libros de no ficción y lanzaré mi primera novela el año que viene. Entonces, cuando veo lo que he construido, veo a una mujer con un conocimiento muy profundo sobre sí misma y con una resiliencia muy grande frente al fracaso y la incertidumbre. Gracias a la escritura me comprendo, me ordeno, me cuestiono, me desacelero, me encuentro con mi cuerpo. Y recupero la consciencia de quién soy y para qué estoy acá.
— Y volvés al momento presente, ¿no?
— Totalmente. Una de las grandes fortalezas del journaling —el hábito de escribir de forma regular para ordenar los pensamientos, liberar emociones y fomentar el autoconocimiento— es ser conscientes del día a día, del minuto a minuto. También pasa algo similar con la escritura como oficio: uno puede estar una hora pensando un párrafo, y es una sensación del pasar del tiempo mucho más vital que si estuviera scrolleando ese mismo rato. Permite tomar el control de la atención; apropiarse de ese tesoro.
— ¿Qué pasa con la inteligencia artificial? ¿Cómo cambia el panorama?
— Impacta muchísimo. En mis mentorías, les ruego que no usen la inteligencia artificial para escribir porque nadie puede expresar mejor nuestra historia interior que nosotros mismos. Es imposible conectar con nuestro inconsciente si lo dejamos en manos de otro. El esfuerzo está en evitar la tentación de escribir con inteligencia artificial y abrazar el hecho de que la escritura requiere de humanidad. Parte de sensaciones, traumas, vivencias, dolores, alegrías. Muchas personas —sobre todo, mujeres— no se sienten creativas y piensan que la inteligencia artificial será creativas por ellas. Pero lo cierto es que todos nacemos creativos, solo que la rutina nos instaló tantas capas encima que esa creatividad quedó en una cueva de la que le cuesta salir. Por eso, usar la inteligencia artificial es, justamente, contraproducente.
— Estás organizando un retiro de creatividad. ¿Cómo nació esa propuesta?
— El Creative Flow Retreat —12 al 15 de noviembre de 2026— es un proyecto que creé junto con dos amigas rioplatenses: la instructora de yoga Loli Wetzler y la artista Sofía Rivero. Nos conocimos en Roma, en una sesión de Loli de Energy Reset (reseteo de energía, en español), y decidimos unir nuestras disciplinas en una experiencia inmersiva en las colinas de Umbría, Italia. Se trata de un espacio de quietud, creatividad y escucha interior profunda, y por eso elegimos hacerlo en Eremito, un monasterio del siglo XIV restaurado que funciona sin wifi; sin ruido externo.
— Si tuvieras que recomendar una práctica creativa para hacer en casa, ¿cuál sería?
— El journaling matutino: intentar, todas las mañanas, agarrar un lápiz y un papel y soltar los primeros pensamientos del día. Mucha gente recomienda escribir cinco o diez páginas, pero creo que eso hace que la práctica sea poco realista. Para mí, si uno escribe cinco palabras, alcanza. Se trata de un primer acercamiento a la escritura y al inconsciente.
De los Andes a la ficción: una carrera atravesada por las historias
María Perrier vive en Roma, pero antes desarrolló su carrera en Buenos Aires, Washington D. C., Barcelona, Bogotá e Italia. Desde 2014 escribe de forma ininterrumpida y, en 2018, publicó Del otro lado de la montaña (Penguin Random House Uruguay), un libro que reconstruye la historia de las familias de los jóvenes que murieron en la tragedia de los Andes de 1972 y el proceso de memoria y sanación que atravesaron con el paso de los años. La obra también forma parte del documental Beyond Society, de Netflix —continuación de La sociedad de la nieve, de J. A. Bayona—, que se estrenará el 18 de diciembre de 2026.
Además de coordinar mentorías y talleres de escritura, publica semanalmente la newsletter Cosas que decir en Substack, donde reúne cerca de 1.500 suscriptores. En abril de 2027 dará un nuevo paso en su carrera literaria con la publicación de su primera novela, editada por Planeta. La historia aborda temas como la adolescencia, la salud mental, los traumas y el papel que cumplen los vínculos en los procesos de recuperación, y será presentada en Uruguay tras su lanzamiento.