Los relatos ocultos que impactan en nuestra salud: Darío Sztajnszrajber y Soledad Barruti en Montevideo

Un encuentro lleno de filosofía, relatos y música para reflexionar acerca de cómo comemos, pensamos y amamos; será el domingo 15 de octubre.

Soledad Barruti Y Darío Sztajnszrajber
Soledad Barruti y Darío Sztajnszrajber.
Foto: Nacho Sánchez.

Comer, pensar, amar. Lo hacemos a diario y en automático; como si no fuera el resultado de haber nacido en un tiempo y un lugar determinados. Comer, pensar, amar. Así se llama el show del filósofo Darío Sztajnszrajber y la periodista Soledad Barruti que llegará a Montevideo el próximo domingo 15 de octubre para, entre relatos y reflexiones, deconstruir el comer, el pensar y el amar.

Dentro de las corrientes que existen en Filosofía, hay una línea que busca reconsiderar cómo nos relacionamos con nuestras prácticas cotidianas. Según Sztajnszrajber, esto parte de “un cuestionamiento que revela a lo cotidiano como el lugar de mayor disciplinamiento”. Sobre esto conversó con El País.

— ¿Cómo impacta esto en la forma en que entendemos la salud en Occidente?
— Vivimos en tiempos biopolíticos donde hay una profunda medicalización de la existencia. Eso significa que los aspectos que hacen a nuestra forma de vida son juzgados a la luz de un primer criterio que se vuelve dominante, que es el criterio médico. Nietzsche tiene muchos textos sobre el cuerpo y la salud, y ya hace 150 años decía que no hay una salud, sino varias, pero hay una forma de salud que se ha instaurado como si fuese la verdadera. Y no es que no lo sea, o que sea falsa, sino que el ser humano es un entrecruce fragmentario de muchas facetas. La salud que está más pendiente del funcionamiento productivo de nuestra corporalidad es tan solo una más.

No es un cuestionamiento a esa forma, sino a la totalización que propone esa manera de comprender el binomio sanidad-enfermedad. En este sentido, los relatos invitan a la reflexión, y nos permiten cotejar otras formas que descomprimen el monopolio de tener una única manera correcta de entender lo sano y lo enfermo.

Tampoco creo que pueda vivirse en un mundo por fuera de la medicina. Eso me parece tan totalizante como lo otro. La pregunta es por qué en nuestro tiempo la medicina ha cobrado el lugar que cobró, en relación a qué idea de salud y de cuerpo. ¿Cómo pensamos nuestros cuerpos? ¿A partir de una lectura hegemónica que entiende que la virtud principal es la productividad? La Filosofía trata de poner eso en evidencia para ver si podemos recuperar lecturas distintas. En Comer, pensar y amar lo hacemos a través de los relatos.

— ¿Qué pasa cuando ya no contamos relatos?
— La conversación es infinita y los relatos nunca terminan. Sí creo que hay épocas donde la narración está en crisis, en especial a partir del impacto tecnológico. Byung Chul Han, en su último libro que es La crisis de la narración, compara la vieja idea de contar historias con la de postear stories, cuestionando cuánto se ha perdido de esas historias que se construían colectivamente, que ahora son un posteo efímero donde se muestra todo y no hay interpretación. Pero creo fervientemente que esta crisis no es terminal. Cuanto más se inhibe la capacidad de crear relatos, hay más lugares inéditos donde éstos reaparecen. Estamos viviendo una crisis profunda en nuestra capacidad de relatarnos y, como en toda crisis, se abre una oportunidad. La palabra oportunidad, etimológicamente, significa estar frente a un puerto. Es subirse de nuevo al barco y salir a navegar a la deriva.

— Salimos de un relato para entrar en otro.
— Totalmente. A lo sumo, lo que uno puede hacer conscientemente es, cada vez que se siente cómodo al interior de un relato, escaparle. La libertad tiene menos que ver con encontrar un lugar libre definitivo y más con liberarse en el sentido de ponerse a fuga de espacios que de algún modo piensan por uno, comen por uno, aman por uno. Los cuentos y las leyendas siempre dejan algo abierto y permiten ese escape.

Ser finito es, entre otras cosas, darse cuenta de que no están todas las respuestas y que uno va bocetando una conclusión propia, nunca definitiva. Si tuviésemos claro para qué vinimos a este mundo, se acabaría la imaginación. Por suerte no lo sabemos, y por eso contamos cuentos.

Soledad Barruti Y Darío Sztajnszrajber.
Soledad Barruti y Darío Sztajnszrajber.
Foto: Nacho Sánchez.

Dejar de dañar y reconstruir vínculos perdidos.

Para Barruti, está claro que las historias y los relatos nos atraviesan. “Desde la gestión del tiempo hasta nuestra separación con la naturaleza y la entrega de nuestra vitalidad a un sistema que nos va devorando, estamos completamente tallados a imagen y semejanza de la gran historia de una humanidad mandada a ser desarrollada y productiva”, sostuvo. Y agregó: “Mientras reproducimos estos relatos, nos olvidamos de que son relatos y parece que no hay otras formas posibles”. Ella también conversó con El País al respecto.

— ¿Qué historia nos contamos con respecto a lo que comemos?
— Creemos que la comida es un evento creado por marcas. Hay grandes criaturas mitológicas en donde creemos que encontramos comida, y eso es una gran historia porque allí no hay comida real. Deshumanizamos nuestro deseo, el moldeo de nuestro gusto y la satisfacción de nuestro placer a marcas que, en lugar de darnos alimentos, nos dan ideas construidas en base a ficciones. Por ejemplo, una galleta está hecha con colores, aromas y texturas de artificio, y está en un paquete que cuenta una historia que nunca está representada en la materia. Actuamos como consumidores, personajes muy lobotomizados, y seguimos pasito a pasito lo que nos mandan hacer, sin cuestionar y de una manera sumamente anestesiada.

Las marcas son muy astutas en conducir nuestro deseo hacia lugares en donde terminamos muy confundidos entre lo que tomamos, lo que comemos, lo que nuestro cuerpo recibe por comida y las ideas que nos representamos sobre eso. Al desentrañar lo que hay detrás de la promesa de felicidad de las gaseosas o la promesa de nutrición de los cereales, uno se adentra en granjas industriales, campos tóxicos, laboratorios donde se estudia nuestra psiquis para ver cómo puede convertirse un aparato tan maravilloso como es nuestro sistema sensorial en algo que sea funcional al engaño permanente. Cuando uno ve todo eso se da cuenta de que la comida no está contando una historia de nutrición y vínculo con la tierra y con nuestra cultura ancestral. Es una historia que uno no quiere conocer, pero que sí conocen nuestros cuerpos.

— ¿Hay algún relato que te impacte particularmente?
— Todos los relatos detrás de las marcas son increíbles. Hace un tiempo que estoy trabajando con una comunidad indígena en Brasil —que no está atravesada por nuestra cultura porque fueron invadidos hace poco— y, en el último viaje, hicimos un experimento en donde metimos dientes y huesos de mono dentro de una botella de refresco. Luego de unos días, estaban completamente blandos. Ellos preguntaban ¿por qué toman esto? ¿Por qué le dan a sus hijos una cosa que genera esto? Estamos entregando nuestros acuíferos y nuestra idea de felicidad a un producto totalmente adictivo, mientras nuestro cuerpo se oxida por dentro. Creemos tanto que nuestra cultura es la única que olvidamos vernos a través de otros ojos y, cuando otros miran, la historia se derrumba. Traigo cada vez más al escenario y a mi trabajo otras miradas, contemporáneas a la nuestra, que muestran formas distintas de estar en el mundo.

— ¿Qué pasa cuando las historias que hacen a nuestra cultura se derrumban?
— Se habla de la humanidad y pareciera que no existiera otra forma humana. Es brutal hablar de ‘la especie que lo está destruyendo todo’ porque hay muchas otras culturas que no están haciendo nada de eso y solo son víctimas de lo que nuestra civilización hace. Entonces, contar otras historias abre la mente y la posibilidad de expandirnos. Luego, se trata de animarnos a escribir nuevas historias.

Hay una frase que sintetiza cuál es el problema en el que estamos, que es: ‘No comemos, nos comen; no pensamos, nos piensan; no deseamos, construyen nuestro deseo’. Necesitamos salir de ahí. Ese es el encierro máximo que tenemos y se dio porque cortamos todos los diálogos posibles con otras culturas y otras personas; personas que son árboles, animales, fuerzas vivas de los vientos a los que no vemos más. Necesitamos dejar de dañar, recuperar una relación de paz y amor, y reconstruir estos vínculos perdidos.

Comer, pensar y amar será el domingo 15 de octubre a las 20:30 horas en la Sala Zitarrosa. Las entradas están a la venta por Tickantel.

Soledad Barruti Y Darío Sztajnszrajber.
Soledad Barruti Y Darío Sztajnszrajber.
Foto: Nacho Sánchez.

¿Qué hay detrás de la idea de felicidad?

En Comer, pensar y amar, Sztajnszrajber y Barruti remiten a varios mitos cotidianos; entre ellos, la felicidad. “Hay una idea de felicidad impuesta. Y agregaría algo peor: normativa”, afirmó el filósofo. Según expuso, en la cultura occidental no solo hay una idea única de lo que es ser feliz, sino que, además, pareciera ser un deber ser: “Si uno no alcanza la felicidad le falta algo en términos de realización personal”.

A su vez, esta idea única y normativa de la felicidad tiene que ver con las posesiones materiales. “Se supone que cuánto más tenés, más feliz sos, pero ese tener, en una existencia finita, tiene límites”, sostuvo. Y añadió: “Uno puede tener un montón de cosas, pero la vida no se tiene. En todo caso, la vida nos tiene a nosotros y un día se va, tengamos lo que tengamos en términos materiales”.

De hecho, cuando uno repiensa su relación con la muerte, es probable que “muchas de estas formas instituidas empiecen a hacerse agua”, dijo.

Otras narrativas para repensar nuestros vínculos.

Barruti ha trabajado de cerca con varios pueblos nativos y conocido múltiples relatos que atraviesan sus culturas. Si bien no existe una única narración para todos los pueblos indígenas —las historias varían de pueblo en pueblo e incluso de familia en familia—, en todos los casos sostienen “un apego con la tierra” y entienden que “los animales y las plantas son personas, como nosotros”.

Además, la periodista señaló: “Enfrentan la muerte de una manera mucho más directa y genuina, mientras nuestra cultura niega la muerte como posibilidad de una manera tremenda”.

Asimismo, destacó la manera en la que se vinculan con el entorno. “En la selva, nosotros vemos una especie de paredón verde, pero ellos ven una cantidad de plantas, cada una con su nombre específico, huellas que marcan quién pasó recientemente, ojos de otros animales que uno no ve, es alucinante”, contó.

Encontrarse con otras culturas le muestra “todo lo que perdimos”, no solo con respecto a lo que nos rodea, sino también en cuanto a nosotros mismos. “Lo único que sabemos sobre nuestros cuerpos son qué pastillas podemos tomar para acallar sus manifestaciones. Ese vínculo es absolutamente letal y perverso porque somos nuestros cuerpos, es decir, no existimos por fuera de ellos”, aseguró.

Finalmente, resaltó la vitalidad de los niños en los pueblos indígenas y afirmó: “En Occidente tenemos niños tristes, adormecidos, en una cultura que no los necesita exploradores ni expansivos. Pensamos que conocemos el mundo a través de la mente, sentados en una silla y recibiendo información, pero nuestra experiencia de vida se aprende con el cuerpo”.

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