Criar sin apuro, ¿por qué frenar el ritmo diario es clave para el desarrollo emocional de los niños?

En un mundo que corre, la infancia necesita pausas. Cómo el apuro cotidiano impacta en el vínculo, el disfrute y el desarrollo emocional de niños y adultos.

Familia
Pareja de padres y sus hijos juegan al aire libre.
Foto: Freepik.

Hay una escena que se repite en muchas casas, en diversos momentos del día. Un niño intenta atarse los cordones con torpeza. Una niña duda frente al placard antes de elegir qué ponerse. Un pequeño se queda mirando cómo cae el agua en la pileta, los niños se toman su tiempo para tomar el desayuno cuando es hora de ir a estudiar. Y un adulto —cansado, con la cabeza llena de preocupación por cumplir con lo esperado, mirando el reloj— dice casi sin darse cuenta: “Dale, apurate.

En esa frase hay cansancio. Hay exigencias. Hay una vida adulta que corre, que es exigida. Pero también hay algo que se escapa, algo que no siempre se registra en el momento, aunque deje huella, el tiempo de crecer y ver crecer.

Criar hoy es hacerlo en un mundo que no espera. Un mundo que valora la rapidez, la productividad, la respuesta inmediata. Un mundo que empuja a llenar los días —y cada vez más, también los fines de semana— de compromisos, actividades y obligaciones. En ese contexto, muchas veces sin advertirlo, empezamos a criar desde el apuro. Apuramos las mañanas, las comidas, el vestir, los trayectos. Apuramos la salida al jardín, la vuelta de la escuela, la hora del baño. Apuramos incluso aquello que, en otro tiempo, era pausa. Y en ese movimiento sostenido, casi imperceptible, a veces terminamos apurando la infancia.

El apuro no siempre se presenta como urgencia explícita. A veces se cuela de manera más silenciosa: en el celular apoyado sobre la mesa mientras el niño habla, en el mensaje que se responde mientras se escucha a medias, en la multitarea constante que convierte el tiempo compartido en tiempo fragmentado. El cuerpo está, pero la atención se reparte.

El día a día se organiza entonces como una carrera. No porque los padres y madres lo deseen, sino porque pueden poco. Porque trabajan mucho. Porque llegan cansados. Porque sienten que no alcanzan. Porque la agenda se arma como una cadena de pendientes que no deja demasiado margen para detenerse. Y es así que lo que antes se concentraba de lunes a viernes hoy se desborda. La agenda no se detiene el sábado. El domingo ya no siempre funciona como refugio. Hay actividades, cumpleaños, compromisos sociales, tareas que “quedaron para el finde”. El tiempo se ocupa, se administra, se programa. El espacio para simplemente estar —sin objetivos, sin resultados, sin apuro— se vuelve cada vez más escaso.

Una escena mínima alcanza para ilustrarlo: es domingo por la mañana, la semana ya fue agotadora, y mientras el niño juega en el piso, el adulto responde mensajes, adelanta correos, organiza lo que viene. Piensa en que compras hacer para comenzar la semana. No hay enojo. No hay conflicto. Hay convivencia. Pero también hay una oportunidad que pasa desapercibida, pasa de largo.

En ese escenario, la crianza corre el riesgo de transformarse en gestión. Que coma, que llegue, que cumpla, que avance, que no falte, que no quede afuera de alguna actividad. Todo correctamente hecho, pero muchas veces vivido sin respiro. Y junto con eso aparece una ilusión persistente: la de creer que la infancia se adapta. Que los niños se acomodan. Que “no pasa nada”.

Madre e hija cocinando
Madre e hija cocinando
Foto: Freepik

Sin embargo, algo pasa. Porque los niños no viven el tiempo como los adultos. No lo fragmentan ni lo calculan. No lo piensan en términos de rendimiento. Para ellos, el tiempo es experiencia: algo que se vive mientras sucede. Un niño refiere con agobio: todos los días tengo algo, quiero tiempo para ir a la plaza, quiero estar afuera, quiero jugar cómo yo quiero..

Cuando los apuramos, no solo les pedimos que se muevan más rápido. Les pedimos —sin decirlo— que dejen algo atrás: su modo de explorar, de detenerse, de sorprenderse. Les pedimos que se adapten a un ritmo que no es el suyo. Y aunque muchas veces lo logran, esa adaptación no es neutra. Con el tiempo, muchos lo aprenden. Aprenden a apurarse solos. Aprenden a anticipar el apuro del adulto. Aprenden a hacer rápido para no incomodar. Aprenden a no interrumpir. Aprenden a esperar. Y en ese aprendizaje, a veces, se va apagando el disfrute, la curiosidad, la posibilidad de encontrarse, de quedarse un rato más donde algo interesa.

No resulta extraño entonces escuchar a padres decir: “No disfruta nada”, “Siempre está inquieto”, “Nunca se queda en una cosa”. Tal vez porque pocas veces tuvo permiso —real, sostenido— para quedarse, para detenerse y estar.

Pero no solo los niños pierden algo cuando todo se acelera. Los adultos también. El apuro constante no solo limita el tiempo de calidad con los hijos; también empobrece la experiencia de ser padres y madres. Porque conocer a un hijo no es solo acompañar su crecimiento, sino descubrirlo. Y ese descubrimiento requiere tiempo sin prisa. Tiempo para mirar, para escuchar, para sorprenderse, para conocer y descubrir a nuestros niños en su singularidad.

Cuando todo está cronometrado, ese proceso se posterga. El vínculo se vuelve funcional: eficaz, organizado, correcto. Pero pierde espesor. Se vuelve más difícil registrar quién es ese niño hoy, qué le interesa, qué lo conmueve, qué lo inquieta y que estrategias despliega o necesita para responder a los diversos desafíos.

Muchos adultos cuando los niños crecen y dejan de ser niños, sienten una forma difusa de nostalgia sin saber bien de qué. Tal vez sea de esos momentos que no llegaron a vivirse. De esas conversaciones que quedaron para después. De una infancia que pasó mientras el mundo pedía correr.

Acompañar la crianza no es solo enseñar a avanzar. También es aprender a detenerse. Y detenerse no implica grandes gestos ni cambios radicales. A veces empieza por revisar un gesto: guardar el celular unos minutos, sostener la mirada, no interrumpir una historia aunque ya se conozca el final, escuchar sin corregir.

padre e hijo, día del padre

Implica también elegir un momento. No todos. Uno. Un rato del día o de la semana en el que no haya que cumplir nada. Y, en ocasiones, implica renunciar a algo: a una tarea menos urgente, a un mensaje que puede esperar, a una actividad más en la agenda.

Los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos disponibles. Adultos que, aun en medio del cansancio, puedan decirse a sí mismos: “Este momento también importa”.

La infancia no es una antesala. No es un tiempo de preparación, no es un trámite que haya que atravesar rápido para llegar a lo importante. Es una etapa vital, singular, fundante, irrepetible. Los niños no recordarán cuántas actividades hicieron ni cuán llenas estaban sus agendas. Recordarán climas. Tonos. La sensación de haber sido esperados, mirados, escuchados..

Tal vez no podamos cambiar el ritmo del mundo. Pero sí podemos, en pequeños gestos, ofrecer otro ritmo en casa. Un ritmo que no siempre apure. Un ritmo que, de vez en cuando, permita simplemente ser y estar, sin expectativas, sin objetivos, simplemente siendo..

Porque criar no es solo preparar para el futuro. También es cuidar el presente, y el presente de un niño, y de quienes lo acompañan en su desarrollo es un tiempo que merece ser vivido en tiempo presente.

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