Autopercibirse animal: ¿identidad, síntoma o espectáculo? Los furry y therian desde una perspectiva clínica

Personas disfrazadas de animales y otras que dicen identificarse como tales se ven cada vez más en redes sociales; hasta qué punto puede ser patológico y qué dice esto sobre la sociedad.

Autopercibirse animal
Autopercibirse animal
Imagen: Canva

Hay un fenómeno que, sin ser del todo nuevo, explota en redes sociales y portales de noticias: personas que se auto perciben animales y, en consecuencia, actúan como ellos. Algunos se definen como furry, otros como therian. Como suele suceder, el debate está polarizado.

Para algunos, es una forma legítima de identidad; para otros, un delirio encubierto. Y para muchos, se trata de un motivo más para indignarse desde el sillón. La pregunta que aparece es más del orden clínico que moral: ¿Estamos ante una expresión dentro de los márgenes de la salud mental o frente a algo que debería preocuparnos?

Es conveniente, ante tanto ruido, comenzar por una distinción básica: los furry se disfrazan de animales por juego, estética o pertenencia a una subcultura y, en sentido estricto, en este grupo no hay una afirmación identitaria. Los therian, en cambio, dicen identificarse como animales. En una nota reciente, ante la pregunta de si usaría una pipeta antipulgas, una joven therian respondió que “a tanto no llegaría”. Ese “tanto” dice más que cualquier diagnóstico apresurado. Marca un límite que nos indica que el criterio de realidad no está perdido.

No todo lo que es considerado raro es patológico. La extrañeza nunca fue, ni debería ser, un criterio de diagnóstico. Para que algo sea considerado clínicamente problemático debe haber, al menos, sufrimiento significativo, deterioro en la vida cotidiana o pérdida del juicio de realidad. En psicopatología no se diagnostica por el contenido simbólico de lo que alguien dice, es decir, por el qué se afirma, sino por el cómo. ¿Hay certeza absoluta o hay duda? ¿Puede convivir con la contradicción? ¿Puede trabajar, estudiar, vincularse? ¿Sufre por eso?

Un psicótico en su delirio no dice “me siento como un zorro”: está convencido de que es un zorro. No hay metáfora ni distancia. En los relatos therian, al menos en la mayoría de los que circulan de forma pública, esa distancia sí está presente. Por eso, confundir automáticamente este fenómeno con una psicosis no solo es incorrecto, sino clínicamente torpe.

Ahora bien, que no se patologice de entrada no significa que no pueda haber patología. La prudencia clínica no es relativismo, sino escucha. No olvidemos que la historia de la salud mental estuvo llena de diagnósticos que hoy resultan vergonzosos: la homosexualidad, la histeria femenina o ciertas formas de disidencia. Y no, no se trata de corrección política, sino de guardarnos la rotuladora en el bolsillo, aunque sea por un rato más.

A veces, una identificación -por más extraña que pueda resultarnos- cumple una función defensiva, un modo de poner en palabras o en actos lo que angustia. No todo andamiaje es lindo, pero sostiene la casa. Ciertos aspectos de la psiquis deberían tener, como en los museos, un cartel con letra mayúscula y roja que diga “prohibido tocar: solo personal autorizado”.

Autopercibirse animal
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En otra entrevista, un joven therian dijo: “La gente tiene miedo a las diferencias”. Puede ser. Pero vale dar vuelta la pregunta: ¿Y si a veces lo que asusta no es lo distinto, sino lo propio cuando no tiene nombre? Visto así, no se trataría de ser distinto, sino justamente de ser parte.

En ese punto, el animal elegido importa poco. Zorro, lobo, pingüino o gato son detalles. Lo central sería poder decir: ‘Soy parte de la comunidad therian’.

Ese nombre no solo marca una diferencia, también crea pertenencia. Da un lugar, ordena, nos saca de la foto individual y nos pone en una grupal. Y eso, en una época atravesada por la soledad y la fragmentación, no es un hecho menor.

Por último, como no todo puede entrar en la misma bolsa, es necesario marcar un límite. Los debates actuales sobre identidad son fruto de luchas largas y costosas, especialmente aquellas vinculadas a la diversidad sexual y al género. Intentar incluir sin más la autopercepción animal dentro de esa misma categoría no amplía derechos: los confunde. No todo vale todo. No todo es lo mismo. Y poner límites conceptuales no es discriminar, es pensar.

Quizás, en vez de apresurarnos a buscar una definición sobre si es sano o enfermo autopercibirse animal, convenga hacer algo más incómodo: escuchar para entender qué nos dice este fenómeno sobre el malestar contemporáneo; sobre la necesidad de pertenecer y el modo en que se construyen identidades.

Porque a veces el síntoma no está en la rareza que se muestra, sino en el mundo que necesita nombrarla de inmediato para no preguntarse nada más.

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