La constancia se pierde al confundir acciones concretas con procesos complejos; en realidad, no fallamos por falta de voluntad para alcanzar nuestros sueños, sino por su exceso.
En cada comienzo de año ocurre un fenómeno curioso: nuestra percepción se renueva, a pesar de que la realidad cotidiana siga exactamente igual.
No es casual que el primero de enero sea un momento privilegiado —más que los lunes o incluso que los inicios de mes— para proponerse cambios o iniciar proyectos.
Un estudio de la Wharton School (Universidad de Pennsylvania, 2014) demostró que no se trata solo de una sensación: las búsquedas en Google de términos como gimnasio, dieta o inversión se disparan en fechas puntuales, con el mes de enero a la cabeza.
Todo indica que aquello que exige esfuerzo sostenido —como estudiar, entrenar o cambiar hábitos— nos resulta difícil de empezar en media res. Necesitamos una frontera simbólica que nos autorice a decir “ahora sí”.
Desde una lectura lacaniana, todo comienzo necesita un corte simbólico. El Año Nuevo no inaugura nada por sí mismo, pero introduce una diferencia: separa un antes y un después que el sujeto puede tomar como punto de apoyo para decidir algo.
Pero ¿por qué algunas fechas funcionan como comienzos y otras no? Los lunes, los primeros de mes, los cumpleaños o el Año Nuevo no son momentos arbitrarios, sino signos culturales compartidos que se reconocen como puntos de inicio. Algo similar ocurre con los números redondos —5, 10, 50, 100— que evocan cierre y totalidad. Nadie dice: “a partir del 17 empiezo mi nueva vida”.
Por su parte, la psicología de la Gestalt describe una tendencia básica que ocurre en la psiquis: la necesidad de completud. Nuestro cerebro tiende a completar lo incompleto; percibimos como círculo completo a una figura a la que le falta apenas un segmento. Las formas abiertas nos incomodan. En ese sentido, los comienzos “redondos” funcionan como formas completas: prometen cierre y reinicio, ordenan el tiempo y organizan lo que antes aparecía disperso.
Pero el problema casi nunca es empezar. Empezar es fácil. El verdadero problema es sostener. Y ahí es donde solemos equivocarnos: elegimos metas demasiado grandes, demasiado vagas, demasiado lejanas, o todo lo anterior a la vez.
“¿Cómo se come un elefante?: A mordiscos”, dice la popular frase. Es más fácil escribir seis páginas por día que proponerse “ser escritor”. La constancia se pierde al confundir acciones concretas con procesos complejos. No fallamos por falta de voluntad, sino por exceso. Tal vez la pregunta más útil no sea: “¿Qué voy a lograr este año?”, sino: “¿Qué voy a poder sostener sin odiar mi vida en el proceso?”. Entre un enero y el siguiente hay demasiado tiempo como para vivir solo de buenos propósitos.
Si necesitamos comienzos claros, conviene no elegir unidades excesivas. Un año entero es una forma imprecisa: cuesta medirlo, se diluye rápido y suele terminar en postergación. Por eso, en productividad y gestión de objetivos se trabaja desde hace tiempo con ciclos trimestrales: permiten ejecutar, evaluar y corregir sin esperar demasiado. En nuestro caso, no solo permiten medir resultados, sino también algo más inestable y decisivo: las ganas. Lo que un trimestre no logra sostener, difícilmente sobreviva doce meses.
Además, los ciclos cortos preparan mejor para lo imprevisto. Avanzar por tramos cerrados permite detectar desvíos a tiempo y ajustar sin dramatismo. Por lo tanto, en lugar de pensar objetivos para todo el año tal vez tenga más sentido imaginarlo como cuatro bloques; Q1, Q2, Q3 y Q4. No para fragmentar el tiempo, sino para darle forma: de esas formas redondas que nos gustan más a nosotros.
¡Buen comienzo de año!
*Psicoanalista y cofundador de RedPsi.