Redacción El País
La imagen de Ibai Llanos está asociada casi exclusivamente a las pantallas. Sin embargo, el giro más importante de su vida no ocurrió frente a una cámara, sino lejos del streaming y en un terreno mucho más íntimo: el de la salud. En menos de un año, el creador de contenido español logró una transformación física que llamó la atención del público, al perder cerca de 75 kilos.
Lejos de atajos o promesas rápidas, el cambio tuvo un origen concreto y urgente. A mediados de 2024, Ibai comprendió que su estado físico había dejado de ser una cuestión estética para convertirse en un riesgo vital. Así lo relató recientemente en el pódcast The Wild Project, conducido por Jordi Wild, donde habló con franqueza sobre el proceso que le permitió cambiar el rumbo. “Podría haber muerto”, afirmó, al recordar el momento en que tomó conciencia de la gravedad de su situación.
Antes de iniciar el proceso, el streamer llegó a pesar entre 165 y 167 kilos. Más allá de la cifra, las consecuencias médicas ya eran evidentes. Ibai padecía apneas del sueño severas y necesitaba dormir conectado a un respirador para descansar.
“Por la noche podía tener unas 40 apneas”, contó. En más de una oportunidad, incluso, se quitaba la máscara mientras dormía sin notarlo. La advertencia de su endocrina fue contundente: si no hacía cambios en el plazo de uno o dos años, su salud entraría en una zona crítica y la cirugía podía volverse inevitable.
Contra lo que muchos podrían imaginar, el inicio no estuvo marcado por rutinas intensas ni por largas horas de gimnasio. El primer paso fue caminar. Todos los días. Sin excepciones. Ibai empezó a recorrer las calles de Sant Cugat, en España, a su propio ritmo y al aire libre.
“Lo que más me ayudó fue caminar”, explicó durante la entrevista. En los primeros meses alcanzaba entre 6.000 y 7.000 pasos diarios. Una cifra modesta para algunos, pero suficiente para poner en marcha el cambio. “Para mí fue lo que me cambió la vida”, aseguró.
Al comienzo, admitió, subestimaba el impacto de ese ejercicio. Con el paso de las semanas, sin embargo, empezó a notar las diferencias: sudaba más, se fatigaba menos y su cuerpo respondía. La constancia terminó siendo más decisiva que cualquier plan extremo.
Con el correr del tiempo, las caminatas se complementaron con cambios en la alimentación. Sin caer en dietas rígidas ni en el conteo obsesivo de calorías, Ibai optó por lo que definió como “comer limpio”. En su día a día comenzaron a predominar alimentos como pescado, carne, verduras, huevos y fibra.
El foco estuvo puesto en nutrirse mejor y en sostener hábitos posibles a largo plazo. A esto se sumaron entrenamientos de fuerza varias veces por semana, con el objetivo de reducir grasa sin perder masa muscular.
El proceso también implicó una revisión emocional. Ibai habló abiertamente sobre la ansiedad y la relación con la comida como vía de escape, y reconoció que durante años las recomendaciones de su entorno le generaban rechazo.
Hoy, con una imagen muy distinta, se convirtió en un referente inesperado. No por promover cuerpos ideales, sino por mostrar que los cambios profundos suelen comenzar con decisiones pequeñas, repetidas día tras día. Como él mismo subraya, el verdadero motor nunca fue el espejo, sino la salud.
En base a El Tiempo/GDA
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