En una esquina de Miraflores, en Lima, está la cebichería que convirtió al plato más emblemático del Perú en una verdadera celebración.
En la puerta de La Mar nunca deja de haber gente. Más que un restaurante, se parece a una de esas fiestas en las que, incluso desde afuera, ya se percibe la energía de lo que sucede adentro. Mientras esperan su turno, los comensales escuchan la música que sale del salón, el bullicio de conversaciones felices, el sonido de platos y copas chocando.
Desde temprano, por una barra repleta circulan tragos y vinos que acompañan una propuesta donde todo gira alrededor de la frescura del producto y el respeto por el mar. La espera vale la pena. Una vez que se atraviesa la puerta, la sensación es la prometida: la de entrar a una verdadera fiesta.
En la celebración hay música, fuego, ajíes, cítricos y una cocina que exhibe con orgullo todo lo que el Pacífico tiene para ofrecer. Conocí el lugar un mediodía de sábado, que felizmente coincidió con la presencia de su gran impulsor: Gastón Acurio. Sentado en la punta de nuestra mesa, junto a su socio y amigo Pepe Cárpena, conversó con los comensales mientras, cada tanto, algún cliente se le acercó a pedirle una foto, una firma o simplemente iba saludarlo. Todo pasaba fácil, suave, alegre, como una extensión de esa idea de encuentro colectivo que define a la cocina peruana.
Mucho más que cebiche.
La historia de La Mar está ligada a la revolución gastronómica peruana impulsada por Acurio, uno de los grandes responsables de posicionar al país en el mapa culinario mundial e inspirar a una nueva generación de cocineros. Su restaurante nació en Miraflores en el año 2005 con la intención de celebrar la tradicional cebichería peruana y, al mismo tiempo, mostrar la enorme diversidad cultural y gastronómica del país.
A lo largo de los años, los premios y reconocimientos fueron variados. En 2025, por ejemplo, ocupó el puesto 26 en Latin America’s 50 Best Restaurants, reafirmándose una vez más como una referencia de la cocina peruana contemporánea. Actualmente también tienen locales en ciudades como Buenos Aires, Bogotá, Madrid o Dubai, entre otros.
Japón, China, España, Italia y las tradiciones andinas conviven en una cocina donde el producto peruano es el verdadero protagonista. El ambiente acompaña esa idea: descontracturado y al mismo tiempo sofisticado, atravesado por una selección musical tropical creada por el propio Acurio (durante ese mediodía incluso sonó la uruguaya “Mayonesa”, mezclada entre canciones de distintas partes del mundo), que termina de darle identidad a un lugar donde todo parece darse naturalmente.
La cocina, liderada por Anthony Vásquez Díaz, tiene como pilares los cebiches, tiraditos, causas y anticuchos, además de una fuerte presencia de pescados y mariscos frescos provenientes de pesca sostenible. Ingredientes fundamentales de la despensa peruana, como el ají amarillo, el choclo, la quinua y el huacatay, aparecen constantemente en platos que reflejan la diversidad de ecosistemas y sabores del país.
Anthony explica que esa conexión con el producto fresco y la temporalidad tiene historia: “En las primeras cevicheras del Perú se hacían los platos con lo que el pescador había sacado ese día del mar”, cuenta. A partir de esa lógica nacieron no solo los cebiches, sino también guisados y otras preparaciones tradicionales. En La Mar esa idea sigue presente y también se trabaja teniendo en cuenta la estacionalidad de cada ingrediente. “Con las distintas corrientes y según la época del año comienzan a aparecer distintas especies que vienen de diversas partes del país”, agrega.
Una experiencia colectiva.
La experiencia en la mesa es parte central de esta gran fiesta. Probamos distintos tipos de cebiches, desde versiones clásicas hasta otras amazónicas y andinas, además de platos con erizos, centolla y distintas especies de pescados y mariscos. Los colores, las texturas y la variedad de ingredientes reflejan la riqueza peruana y dejan en evidencia el respeto con el que la cocina trabaja cada producto.
Esa diversidad también refleja algo muy propio de la identidad limeña. “Si tú le preguntas a un limeño de dónde es, te dirá que es de Lima pero que su padre es de tal lugar y su madre de tal otro, su tío de otro. Entonces es por eso que cuando los limeños comen en sus casas lo hacen con sazones de distintas partes”, cuenta Anthony. A eso se suman las influencias japonesas y chinas que terminaron marcando profundamente a la cocina peruana y que hoy se traducen en restaurantes como La Mar.
Más allá de la abundancia y de los sabores intensos, algo que resalta es cómo cada plato parece ideado para hacer destacar un ingrediente. Hay técnica, creatividad y complejidad, pero siempre al servicio del producto.
La energía del restaurante también construye esa sensación de fiesta. No solo por la música o el movimiento constante del salón, sino por cómo conviven cocina, servicio y mesa. Los mozos se mueven en una danza permanente entre platos, tragos y recomendaciones, pero sin perder nunca la cercanía. Así como cuando alguien recibe amigos en su casa y quiere que la pasen bien.
Anthony dice que eso de “La Mar es una fiesta” comenzó como eslogan el año pasado, aunque esa energía estuvo presente desde siempre en la cebichería. “Este es un lugar en el que la gente se relaja, se tranquiliza, un sitio que es democrático porque no hay una forma, no hay un estilo, no hay una ceremonia para estar acá…”, explica. Como jefe de cocina, ver esa fiesta le genera una gran emoción. Y aunque detrás haya horas de organización, control de mercadería y muchas manos trabajando en detalles de cocina y salón, asegura que “una vez que se abren las puertas empieza la verdadera fiesta”
La Mar es un lugar para entender Perú desde el océano, sentir la cocina como una experiencia colectiva y acercarse al cebiche para vivir desde adentro una parte de esa identidad cultural. Un rincón de Lima para compartir, aprender y celebrar. Porque, al final, esta vida es un ratito y qué mejor que disfrutarla como lo que es: una fiesta.
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