Redacción El País
Dormir bien no depende solo de la cantidad de horas, sino también del entorno que rodea ese momento de pausa. El dormitorio, pensado como un espacio de refugio y desconexión, puede convertirse sin quererlo en un lugar que estimula más de lo que calma. En ese escenario, el color de las paredes juega un rol clave, aunque muchas veces pase desapercibido.
Durante años, el blanco fue la elección dominante para pintar habitaciones. Se lo asocia con la idea de limpieza, amplitud y neutralidad visual. Sin embargo, cuando se utiliza de manera absoluta, puede generar el efecto contrario: ambientes fríos, poco personales y alejados de la sensación de abrigo que el cuerpo necesita al final del día.
Esa es una de las observaciones que plantea el arquitecto y diseñador español Pedro Lirola, quien advierte que el blanco puro no siempre es la mejor opción para un espacio destinado al descanso. Desde su experiencia profesional, sostiene que el color influye directamente en la percepción del ambiente y, en consecuencia, en la calidad del sueño.
Lejos de promover cambios drásticos o decoraciones recargadas, Lirola propone un enfoque más sensible: revisar la paleta cromática desde la armonía. El objetivo no es llenar el dormitorio de estímulos visuales, sino crear una atmósfera que transmita calidez, recogimiento y equilibrio.
Para quienes sienten inseguridad al abandonar los tonos claros, el especialista sugiere una combinación amable y progresiva. El beige cálido, acompañado de blanco roto y madera clara, permite conservar luminosidad sin caer en la frialdad. Paredes suaves, textiles neutros y materiales naturales construyen una elegancia serena que no invade el descanso.
Otra alternativa apunta a un estilo más contemporáneo. El gris perla combinado con azul petróleo y pequeños detalles dorados logra un ambiente sofisticado sin perder calma. Según Lirola, la clave está en dosificar: paredes suaves como base y acentos profundos que aporten carácter sin alterar la tranquilidad del espacio.
La tercera propuesta se inspira en lo natural. El verde oliva, acompañado por tonos arena y blanco roto, remite a paisajes orgánicos y transmite estabilidad visual. Aunque se trate de un color más intenso, bien integrado puede generar bienestar y una sensación de conexión con la naturaleza, sobre todo cuando se acompaña de elementos decorativos simples.
Estas combinaciones, aclara el arquitecto, no responden a modas pasajeras. El foco está puesto en cómo se siente el cuerpo dentro del espacio. Para Lirola, el dormitorio no debería funcionar como una vitrina, sino como un refugio cotidiano.
El color como aliado del descanso
La psicología del color respalda esta mirada. Estudios coinciden en que ciertas tonalidades influyen en el sistema nervioso y pueden favorecer un estado de relajación. Los tonos suaves y apagados ayudan a disminuir el ritmo cardíaco y crean un clima más propicio para dormir.
Dentro de ese grupo se destacan los azules claros, asociados con la calma y la estabilidad emocional; los verdes suaves, como el salvia o la menta, que evocan la naturaleza y aportan frescura visual; y los tonos tierra, como beiges y arenas, que generan una sensación de abrigo. Incluso el gris, cuando es cálido y cuenta con buena iluminación, puede funcionar como un fondo sereno que no cansa la vista.
Más allá del color elegido, los especialistas recomiendan priorizar acabados mate o satinados para evitar reflejos, y acompañar el ambiente con iluminación cálida y tenue, un factor clave para favorecer la producción de melatonina y facilitar el descanso.
En un contexto donde dormir bien se ha vuelto cada vez más difícil, repensar el dormitorio adquiere una nueva dimensión. Dejar atrás el blanco intenso en favor de tonos más amables no es solo una decisión estética: es una forma concreta de cuidar el cuerpo y la mente desde el espacio más íntimo del hogar.
En base a El Tiempo/GDA