Un muerto por página

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Mercedes Estramil

Si de combinar crímenes y serpientes se trata, hay que leer el comienzo de un cuento notable de Truman Capote publicado en Música para camaleones (1980). "Féretros tallados a mano" era una especie de epígono a la gran novela-periodismo de Capote (A sangre fría, 1965), si bien contenía varias diferencias con aquella. Contaba la historia de varios crímenes seriales cuya particularidad era que a las víctimas les llegaba antes un pequeño ataúd tallado a mano: todas estaban relacionadas con un curso de agua fluvial y un poderoso terrateniente, y el detective asignado al caso intentaba en vano demostrar la culpabilidad de este. El relato recogía la narración de los hechos, entrevistas con el detective (amigo de Capote), con testigos e implicados, cartas, conversaciones telefónicas, etc.; y el resultado era un texto de alcance universal sobre la maldad humana y los designios divinos. En el primer crimen narrado, una pareja moría atacada por serpientes en su propio auto, y esa muerte espeluznante tensaba el hilo a todo lo que seguía.

Seguramente el escritor centroamericano Horacio Castellanos Moya leyó ese cuento antes de escribir la segunda de sus hasta hoy diez novelas, Baile con serpientes (1996), que reedita Tusquets ahora que su autor ha sido "descubierto" como un gran valor de la actual literatura latinoamericana. Acá las serpientes tienen nombre (Valentina, Carmela, Beti y Loli; casi parece un cuarteto almodovariano), hablan, hacen el amor, esnifan cocaína, bailan y por supuesto, matan. Todo narrado con un humorístico grado de absurdo, en un registro tan fluido y fantasioso que corre el riesgo de anular su mejor perfil: el retrato de una sociedad claustrofóbica, asustada y culposa.

EL APÁTRIDA. Castellanos Moya nació en Honduras en 1957, pero vivió infancia y adolescencia en El Salvador, luego peregrinó por varios países y hoy dicta clases en Iowa, Estados Unidos. Viene de una familia donde la lucha política estuvo presente (su bisabuelo y su tío fueron fusilados, su abuelo fue presidente de un partido nacionalista salvadoreño y sobrevivió a varios atentados), pero él no tomó ese camino. Reconoce sin pesar que a las puertas de la guerra civil salvadoreña, cuando las dos opciones eran plegarse a la lucha revolucionaria o largarse, escogió esta última. En 1978, Castellanos Moya era un joven poeta purista que defendía la calidad a secas de la poesía y "odiaba" la literatura de emergencia de autores como Benedetti, por ejemplo, para quien reserva conceptos bastante duros en Breves palabras impúdicas, una recopilación de ensayos publicada en 2010.

En 1979 se fue a estudiar a Toronto y si bien regresó en alguna oportunidad, el período grueso de la guerra lo pasó afuera, en Costa Rica y México, trabajando en agencias de prensa y periódicos. En 1988 publicó su primera novela, La diáspora, que determinó dos rasgos a seguir en su producción: la preocupación por el grado creciente de violencia en la sociedad latinoamericana, y su propia alineación como autor en esa legión incomprendida e incorrecta de los apátridas, los misántropos, los desencantados que hacen literatura desde una furiosa extranjería: Louis Ferdinand Céline, Thomas Bernhard, Fernando Vallejo. Declara que su patria es la memoria y se une al pensamiento del filósofo Émile Cioran: "Para mí, escribir es vengarme. Vengarme del mundo, de mí. Más o menos todo lo que escribí fue producto de una venganza. Por consiguiente, un alivio".

Muy en consonancia con esa cita publicó en 1997 la que quizá sea su mejor novela y la que le valió una amenaza de muerte y la extensión de su voluntario exilio. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador fue escrita en un mes y es el absorbente monólogo que realiza Edgardo Vega, un salvadoreño que vive en Canadá y debe volver al país al entierro de su madre, no tanto por devoción filial como para cobrar una herencia. Diatriba y catarsis, la voz de Edgardo se dirige a "Moya", ex compañerito de estudios que no dice palabra, y va haciendo un recuento de lo que parece ser "el peor país del mundo", empezando por su gente (violenta, hipócrita, interesada, sucia), sus comidas típicas, su prensa, su música, sus espacios públicos, sus burdeles. A poco de comenzado el relato -en un registro que recuerda al del colombiano Vallejo- se entiende que cada cosa que el narrador mencione va a ser para destruirla con una adjetivación sarcástica y repetitiva, colocándose en un sitial de juez implacable e intocable. La vez en que pierde los estribos es justamente cuando no encuentra su pasaporte canadiense, el papel que lo desliga en teoría de lo que en el fondo es: un salvadoreño más, reñido con su identidad. Tan reñido que adopta -ironía final- el nombre de un escritor austríaco peleado con la civilizada y europea Austria: Thomas Bernhard (cuyo estilo de puntuación, encadenamiento y repetición Castellanos Moya homenajea en esta novela).

EL ENCANTADOR. Como suele ocurrir, cuando una editorial de peso puso los ojos en él, Castellanos Moya dejó de ser un oscuro escritor latinoamericano para pasar a formar parte de los que pintando su aldea pintan el mundo. No era así cuando publicó Baile con serpientes, novela menor pero con todos los ingredientes para ser consumida con voracidad, la misma con que fue escrita, de modo compulsivo, entre setiembre y octubre de 1995.

La historia empieza cuando Eduardo Sosa, un sociólogo desempleado y hospedado con su hermana y cuñado, advierte que un Chevrolet amarillo estacionado enfrente no sale del lugar. La curiosidad y el ocio lo llevan a descubrir que en el auto vive un mendigo llamado Jacinto Bustillo, con una vida buena que decayó por razones sentimentales. No se sabe por qué -quizá por curiosidad y ocio- Eduardo Sosa mata y suplanta al individuo, descubre que éste vivía con cuatro serpientes, las adopta como suyas, y se lanza a una aventura delictiva que tiene por objeto acabar con los que desgraciaron a Bustillo, pero de paso liquida a unos cuantos más que se meten en el camino: ricos, sirvientes, policías, patoteros, gente que va de shopping. El conteo da más o menos un muerto por página, que es la media de Castellanos Moya en varias de sus novelas, y reza bien con la estadística latinoamericana de la violencia.

Dividida en cuatro partes, Baile con serpientes está narrada en la primera persona de Sosa en la primera y la última, y apuntalado su discurso por las secciones intermedias, en tercera persona, que siguen las investigaciones del caso a cargo de un subcomisionado de policía y una periodista inquisidora. Todo cierra, excepto la relación de Sosa/Bustillo con las serpientes, punto en el que el relato se sumerge en lo fantástico, para llevarnos a la reflexión de siempre: la realidad supera a la ficción y no es menos increíble que cuatro serpientes hablen a que una sociedad entera se masacre en una guerra civil o en la lucha delincuencial diaria. En esta novela, Castellanos Moya se lo toma para el disfrute, ridiculizando al aparato gubernamental burocrático que tiembla ante el ataque de los ofidios, y a una prensa preocupada -lógicamente- por dar la "primicia". De fondo, hay una noción muy shakespeariana: está hablando de fuerzas incontrolables, manejadas por locos o idiotas, que transmiten el sinsentido de la vida, justificando acaso la inmersión en los placeres fugaces e inmediatos, incluso si sólo se los puede gozar con "serpientes".

BAILE CON SERPIENTES, de Horacio Castellanos Moya. Tusquets, 2012. Barcelona, 169 págs. Distribuye Urano.

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