Una mirada sesgada en la crisis

CLAUDIO FANTINI

Quien con monstruos lucha, debe cuidar de convertirse también en un monstruo", escribió Nietzsche, advirtiendo que cuando alguien mira "largamente un abismo, el abismo también está mirando" su interior.

Eso es lo que han vuelto a temer los israelíes pacifistas, minoría ignorada cada vez que su país se aventura en los campos de batalla. Miradas nítidas y generosas, como las del músico Daniel Baremboim y el escritor Amos Oz, temen que Israel se mimetice con sus enemigos fundamentalistas. Saben que cada vez que el Estado Hebreo reacciona con fuerza devastadora contra lo que considera una amenaza existencial, se asoma largamente al abismo que también se asoma adentro de Israel.

Aquellos israelíes que temen más a los ataques propios que a los del enemigo, tienen en claro que mientras Israel no cese de expandir asentamientos en Cisjordania, fraccionar comunidades con un muro serpenteante y bloquear el nacimiento de un país viable para los palestinos, hasta sus acciones defensivas resultarán criminales. En otras palabras: hasta que no haya una negociación definitiva con concesiones israelíes importantes para que, de una vez por todas, la vida de los palestinos deje de ser un suplicio, cada acto de Israel en defensa propia constituirá un asesinato.

Los palestinos son víctimas de la insensibilidad militar israelí, pero también de la brutal estrategia de Hamas. Los fundamentalistas de Gaza pasaron de la inmolación individual a la inmolación en masa con el objetivo de satanizar al enemigo. De otro modo no se entiende que en toda la franja no haya alarmas ni refugios para proteger a los civiles. No se puede vislumbrar la totalidad del conflicto sin leer el revés de las cifras. Si han muerto más niños palestinos que judíos, no es sólo por el abrumador poder de fuego israelí, sino también porque los niños judíos están protegidos en refugios. Es imposible entender que en el tercer día de bombardeos aéreos, el jefe de Ezzedim al Kassem, o sea, el más alto líder militar de Hamas, haya estado en su casa junto a su esposa y sus ocho hijos. No era un imbécil, sino alguien que esperaba ese misil que lo destrozó junto a su familia, para que la masacre estallara contra la imagen de Israel.

Las protestas y voces de repudio en todo el mundo debieran también aborrecer esa macabra estrategia de Hamas. Pero normalmente los que repudian a Israel, jamás abren la boca contra el exterminio de las tribus cristianas y animistas en Sudán, ni contra la limpieza étnica de Darfur. No hay protestas cada vez que un pashtún paquistaní se detona en un mercado chiíta de Peshawar o Rawalpindi. Tampoco denuncian la amputación de libertades y derechos que sufren las mujeres en regímenes ultraislamistas.

Por cierto, la izquierda europea que ganó la calle, no denunció, de paso, el corte criminal de gas que Rusia aplica a Ucrania en pleno invierno. Guarda un silencio similar al que hizo cuando los tanques rusos entraron a sangre y fuego en Georgia. En rigor, es un estupor al que activan las brutalidades, pero sólo cuando las cometen israelíes o norteamericanos.

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