CLAUDIO FANTINI
Si no fuera porque en la crisis global los escenarios políticos son tan volátiles como los mercados bursátiles, el pronunciamiento de Colin Powell debió ser el tiro de gracia sobre la candidatura de John McCain. Además, acaba de pronunciarse de igual modo el "Chicago Tribune", diario conservador fundado a mediados del siglo XIX que, desde Abraham Lincoln en adelante, apoyó a todo candidato republicano.
Powell había dado un golpe duro a los demócratas cuando, en el gobierno de Bill Clinton, abandonó su despacho del Pentágono y la discreta mansión roja que ocupan los comandantes en Fort Myer, justificando la renuncia en su rechazo al recorte del gasto militar y a la aceptación de homosexuales en el ejército. Ahora, el golpe demoledor lo han recibido los republicanos. En rigor, no tenía por qué serles leal el hombre al que marginaron y humillaron dentro de la administración Bush, hasta que finalmente lo expulsaron del gobierno. Como fuere, el hecho de que un republicano de semejante trayectoria haya hecho pública su preferencia por el candidato demócrata, se parece al empujón definitivo con que Obama blindará la diferencia sobre su contrincante.
A pesar de la pobreza de sus padres jamaiquinos, se convirtió en el único becado por la Casa Blanca sin haber pasado por West Point y el primer negro que alcanzó la máxima jefatura militar. Ahí enfrentó a la invasión iraquí a Kuwait, cuya familia real era aliada de EE.UU.
Powell planificó la operación conducida en el terreno por Norman Szchwarzkopf, que en poco tiempo y con mínimas bajas expulsó a los invasores y diezmó a la Guardia Republicana de Saddam Hussein. También fue el estratega de la operación que terminó con el dictador Manuel Noriega en una cárcel.
Alma, su esposa, lo convenció de no postularse en las elecciones presidenciales del 2000. Pero a renglón seguido, el mayor estratega de las dos victorias militares del gobierno de George Bush padre, se convirtió en el primer secretario de Estado que tuvo el gobierno de Bush hijo. La experiencia no fue grata ni buena. Desde un principio se notó que estaba solo y que lo marginaba el clan presidido por el vicepresidente Cheney y los número uno y dos del Pentágono, Rumsfeld y Wolfowitz.
Quizá se equivocó al actuar como el soldado que nunca contradice directivas. Quizá debió renunciar y dejar en claro que la invasión a Irak era una aventura temeraria y brutal. Él pensaba, igual que Brent Scowcroft, consejero de Bush padre, que la ocupación tenía más riesgos que ventajas. En todo caso, lo mejor para su imagen fue que Bush lo expulsara del gobierno.
Wesley Clark también apoya a Obama. Se trata del general que condujo la guerra de Kosovo, derribando a Milosevic sin que sus fuerzas sufrieran una sola baja. A eso se suma el explícito respaldo de Powell. Con esto sobra para derribar el único argumento de McCain que se mantenía en pie: su supuesta superioridad en temas de seguridad nacional. Al fin de cuentas, si los dos generales que lideraron los más contundentes triunfos militares desde la Segunda Guerra Mundial, consideran que Obama es mejor, tal consideración se parece a una lápida sobre la fórmula republicana.