La pasión que despierta el básquetbol en el litoral es impresionante. En la víspera, el tema casi excluyente de conversación de los habitantes de Salto giró en torno al inicio de las finales de la Liga Uruguaya. Se entremezcla la enconada rivalidad de Salto y Paysandú y el orgullo de haberle asestado un duro golpe a la centralización de este deporte.
No sólo se integraron con mucha energía ratificando que son dos plazas muy fuertes, de las cuales se retroalimentó continuamente en el tiempo el básquetbol capitalino, sino que también se palpa el regocijo de haber eliminado y dejado sin fiesta a los montevideanos, que por primera vez se ven resignados a ver la definición del título en vivo, pero por televisión.
EXTRAÑOS. Paysandú se trasladó al departamento vecino en la tarde del miércoles. El plantel vivió con suma tranquilidad la antesala de la primera final. Se concentró en uno de los sitios termales de la zona. El silencio se transformó en infierno cuando se dirigieron al estadio "Arnoldo Bernasconi", una suerte de "Bombonera", aunque los jugadores dijeron no sentir tanto la presión del público que los acosó constantemente con gritos y cánticos peyorativos. La diferencia la sintieron en los tableros y en las referencias adentro de la cancha, al haber poco espacio entre el rectángulo y las tribunas. En ese sentido sí que se sintieron como extraños.
RIESGO. Cuatrocientos hinchas sanduceros se dieron cita en el escenario. Ocuparon la octava parte del aforo que tiene el recinto. Se ubicaron detrás del banco de suplentes de Paysandú y el cordón humano y férreo de policías hizo de muralla en la estrecha frontera que hubo con la parcialidad local. El riesgo de enfrentamientos estuvo latente, pero la seguridad fue buena.
SORPRESA. El hotel El Dorado de esta ciudad se transformó en la noche del miércoles y la madruga de ayer en un lugar sagrado. Pese que una docena de jóvenes con mucho vigor y vitalidad para canalizar estaban concentrados allí con vistas al partido.
Los jugadores de Salto Uruguay no son ni santos ni perfectos, pero lo cierto —de acuerdo a lo que nos contó con énfasis el personal del lugar de alojamiento—, son virtuosos y sumamente profesionales. Les sorprendió no escuchar ningún ruido.
SIN ALIENTO. Los jueces siempre que arbitran en Salto se alojan en el hotel El Dorado. Tomaron conocimiento de la designación para arbitrar anoche recién a la hora 19 del miércoles. Debieron reservar en forma urgente los pasajes. Viajaron a medianoche. Llegaron al hotel a la hora 6 y 30 de la mañana Alvaro Trías, Héctor Uslenghi y Sergio Cirio, acusaron el impacto de no poder irse a dormir de inmediato. No había lugar disponible. La nominación fue tardía. Ergo: pagaron tributo a no tener reservas para ese momento.
ANGELITOS. Gracias a la diligente actuación de la recepcionista, a las 8 y 30 horas ya tenían la habitación disponible.
Los jueces perdieron 150 minutos de sueño, tan imprescindibles para su tarea en la cancha, que requiere mucha concentración. Mientras los árbitros bostezaban en el lobby del hotel los jugadores que iban a ser controlados por ellos en la noche a partir de la hora 20.45, dormían como angelitos y seguramente soñaban con un triunfo y arbitraje perfecto. Anoche se dilucidaba si el asunto iba a afectar o no.
TENISTA. "Estás mal. Te golpeaste la cabeza", le dijo el árbitro Alvaro Trías a su compañero Sergio Cirio cuando éste, a las 7 y 30 de la mañana, le contó que a esa hora generalmente ya estaba con la raqueta moviéndose en el Círculo de Tenis del Prado, agregándole: "Vos preferís ir manso a pescar. Respetame, a mí me gusta jugar al tenis".