Voluntarios de la Iglesia Católica organizan actividades para los adolescentes del INISA

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HISTORIAS

La Pastoral Penitenciaria juvenil visita una vez por semana dos centros del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente con juegos o espacios de charla que son muy bien recibidos.

"¿Por qué madrugás los sábados?”, le preguntó un compañero en el Colegio y Liceo San Isidro de Las Piedras en el que trabaja. “Voy a un grupo de La Pastoral de la Iglesia Católica con el que acompañamos a los adolescentes del INISA”, respondió Florencia Buongiorno (28 años).

Hace cuatro años que la joven se sumó a estos voluntarios que semana tras semana dedican unas horas de su tiempo a recorrer los módulos de dos centros del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (INISA) con propuestas para distraer a los internos y motivarlos a salir adelante.

“Lo central es el encuentro”, destaca Florencia al referirse a ese rato en el que su compañía puede ir desde prestarles la oreja para lo que les quieran contar, hasta realizar juegos o simplemente sentarse en ronda para cantar acompañados de la guitarra de Gonzalo, otro voluntario.

“Tenemos un cancionero con ellos que incluye las canciones que después nos ayudan a rezar. Pero en el primer momento las canciones las eligen los chiquilines”, cuenta por su parte Carla Lima, coordinadora de la Pastoral. “Conocimos canciones que no sabíamos que existían, pero que son muy profundamente religiosas, que las viven de otra manera”, agrega a las risas.

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Carla Lima y Florencia Buongiorno son dos de las voluntarias del grupo de los sábados. 

Juegos, charlas y música forman parte de la primera parte del encuentro. “La idea es llevarles cosas distintas y que sea un tiempo en que puedan salir de esa realidad en la que están todos los días. Que por ese ratito, a través de un juego, una charla o una palabra, puedan distraerse un poco, sentirse escuchados”, destaca Florencia en diálogo con El País.

Aclara que nunca se les pregunta nada. “Sabemos hasta donde ellos nos quieren contar, nunca preguntamos por qué están ahí. La idea es que se dé hasta donde ellos quieran, sin forzar nada”, dice.

Lo mismo ocurre cuando aparece el tema religioso, que lo introducen en la segunda parte del encuentro y que es lógico que esté teniendo en cuenta que llegan en representación de la Iglesia Católica.

“Nuestra posición es respetarnos entre todos. El que tenga ganas de poner en manos de Dios alguna intención, compartir algo, es sumamente rico, y el que no, se respeta. Hemos tenido chiquilines que dicen ‘yo no creo’, pero aun así se suman a la ronda a escuchar, a estar juntos, a agradecer por algo, que a veces no tiene que ver con lo religioso, sino que es algo del día o de su vida”, señala la voluntaria.

Carla agrega que incluso han recibido inquietudes de otras religiones, sobre todo religiones afro. “Hay alguna religiosidad transmitida por ciertos íconos. Por ejemplo, tienen tatuado el Rosario o la Virgen con el niño en el pecho. Hay rasgos de distinto tipo, por lo general transmitidos por una mujer de la familia”, indica haciendo referencia también al fuerte vínculo que estos jóvenes tienen con sus madres o con sus abuelas.

Obviamente aparecen planteos como “si Dios existe, ¿por qué pasan estas cosas?”. Las mayores resistencias las sufrieron al principio, cuando recién empezaban a ir y la experiencia era poca.

“Nos enfrentaban y nos decían ‘¿ustedes nos van a conseguir trabajo?’. Desde ese punto de vista social, sí encontramos enfrentamiento, gente que se nos puso de punta y con razón”, comenta.

Carla explica que siempre dicen que son de la Iglesia Católica y que lo que buscan al estar allí es encontrarse con ese amigo de la vida cotidiana que está pasando por un momento bastante complicado. “Lo primero es que somos todos hermanos. Nosotros nos agarramos de esa velita encendida que es que hay algo especial en cada uno. Vamos a avivar el calorcito”, acota.

En tanto Florencia, desde su formación salesiana, busca promover la alegría. “Lo que decía Don Bosco es que todos tenemos algo bueno y que nuestra tarea es verlo, descubrirlo y, por mínimo que sea, hacérselos ver. Si son buenos en algo, destacárselo porque a veces ellos ahí dentro están en una bola negativa, así sea porque el día está feo y no pueden salir al patio”, remarca.

En tal sentido señala que todos los sábados, días en los que van, son diferentes. Perfectamente puede ocurrir que lleguen con una propuesta pensada, pero una vez en el centro todo cambie de acuerdo al humor y las demandas de los adolescentes. Destaca la muy buena disposición de los funcionarios del INISA, que también se pliegan a las actividades.

A fin de año, como saben que en enero no habrá visitas semanales, organizan actividades especiales teniendo en cuenta que las fiestas son momentos muy movilizantes para los chicos y que las van a vivir encerrados. Planifican juegos, escriben intenciones y las ponen en el fuego o las elevan con globos, dicen fuerte una oración y tienen invitados. “Hasta tomamos un heladito, algo que parece tan simple y es tan importante para ellos”, destaca Carla.

Pero lo importante sigue siendo esa presencia semanal que se ha vuelto muy esperada. “Nos reciben siempre con alegría, piden para salir al patio cuando estamos o nos despiden con un ‘te espero el sábado que viene’”, rescata Florencia. Si ella no puede volver lo hará alguno de sus compañeros, pero en siete días esa dinámica tan particular se repetirá.

Una ayuda que puede seguir fuera de los centros

Para ser voluntario lo único que se necesita es compartir las ideas de la Iglesia Católica. Por lo general se busca que sean personas mayores de 25 años para mantener una cierta distancia con la edad de los adolescentes de los centros que se visitan, jóvenes que tienen entre 15 y 18 años. “A veces llegan a los 19 años porque les falta poco para cumplir su condena y se deja que lo hagan allí”, explica Carla Lima.

“También se busca que los voluntarios tengan una edad como para poder enfrentar ciertas realidades que a veces a alguien más chico lo pueden afectar, aunque igual te afecta”, acota Florencia, quien además de trabajar en el Colegio y Liceo San Isidro de Las Piedras lo hace en un centro juvenil y es estudiante de Educación Social.

“Yo me sumé en 2019. Conocía a Francisco, que participaba en el grupo del CIAM, y me encantó la propuesta, así que me puse a disposición para sumarme cuando se necesitara. Al año siguiente me comuniqué con el sacerdote Leo Burone, estuvimos conversando y me incorporé”, cuenta. Desde entonces está yendo todos los sábados, siempre que puede.

“En 2020 se interrumpió por pandemia por dos o tres meses. Entonces nos ingeniamos para mandarles videos con juegos y desafíos o les preparamos semanarios con actividades, como palabras cruzadas”, cuenta. Pasado ese tiempo regresaron, primero en grupos más reducidos y con el tiempo con más gente, siempre usando tapabocas por precaución.

Las voluntarias también relatan que el vínculo con los adolescentes puede seguir cuando ya están fuera de los centros, sobre todo a través de una red territorial de comunidades parroquiales.

“Mañana, si ellos quieren, pueden acercarse a esos espacios y de hecho han venido a pedir ayuda para armar un currículum o para sacar un permiso del menor para poder trabajar”, señala Carla. Igual aclara que, por lo general, hay un período enseguida de que salen de los centros en que no quieren saber nada con lo que vivieron allí.

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La idea es ampliar las visitas a más centros

La Pastoral Penitenciaria del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (INISA) comenzó a funcionar por iniciativa de la ex directora Gabriela Fulco. “Fue un pedido que le hizo al cardenal Daniel Sturla reiteradas veces hasta que nos pudimos constituir como un grupo que pudiera ir y sostenerlo”, cuenta Carla Lima, su coordinadora.

La solicitud llegó tras la muy buena experiencia que se tenía con la Pastoral Penitenciaria de la Iglesia Católica en cárceles de adultos, algo que ya lleva muchos años.

La Pastoral para el INISAfunciona desde hace siete años y por el momento se concentra en dos centros: CIAM y el Centro de Pre Egreso. Al primero van los sábados y al segundo los jueves.

El sacerdote Leo Burone es quien coordina los grupos, que pueden ir desde dos hasta diez integrantes, todo depende de la disponibilidad de tiempo de los voluntarios. La idea es poder sumar más interesados y así ampliar la cantidad de centros visitados, pudiendo incorporar al centro femenino o volver al Centro Desafío (para menores de 15 años) al que iban antes de la pandemia y cuyas visitas debieron interrumpir por falta de voluntarios.

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