Tatiana Scherz Brener
La serigrafía ha formado parte de la vida de Luis Scotti desde siempre. Su padre era serigrafista y tenía su propio taller, así que Luis pasó su infancia y adolescencia en aquel lugar: “Vivía en penitencia porque me portaba muy mal”, cuenta en diálogo con Domingo, y se ríe. Ahora, con 64 años recién cumplidos, recuerda su trayectoria como artista.
– ¿Cómo es el trabajo de un serigrafista?
– Tenés que ver la obra al revés de cómo la gente la ve, empezando desde el color de más atrás. Hay que ir jugando con una separación de colores en la que cada color es una forma, cada forma es una pantalla y eso es una impresión. Y los colores tienen que ir todos atados, relacionándose y dialogando.
– Muchos procesos se han modernizado. ¿Eso ha influido en la dinámica de trabajo?
– Aparecieron muchísimos sistemas nuevos de impresión. Pero ahí está la discusión de qué es obra gráfica y qué es una reproducción normal como se puede hacer en una imprenta. He estado en España, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, y siempre queda esa discusión. Yo elijo la serigrafía clásica, la que es obra gráfica, porque no es un trabajo solamente técnico sino que hay mucha interpretación de la obra y necesitás ponerte en la situación del artista. No se trata de pensar como uno; para eso hago mi propia obra. Cuando estoy haciendo la reproducción de otro estoy al servicio de su imagen, entonces hay que mantener ese diálogo con la obra. Diálogo mudo, pero diálogo al fin.
– ¿Qué lo llevó a dedicarse al arte?
– De chico nunca me había metido tanto en el arte como para decir ‘quiero ser artista’. A los 23 años me fui a España para trabajar en un taller de serigrafía al que le decían ‘el taller de los milagros’ porque hacíamos todos los trabajos complicados que nadie quería hacer en Madrid. Un día cayó el pintor argentino Jorge Abot diciendo que quería una reproducción de un cuadro suyo. Mi jefe me dijo: ‘Si te animás, hacelo’. Salió la primera edición y a partir de ahí me contrató la Galería Estiarte. Hasta entonces había hecho serigrafía comercial, pero en la galería empecé con serigrafía de obra gráfica. Y después me quedé metido en el mundo del arte. Iba al Museo del Prado cuatro o cinco veces por semana. Tengo controlado por seguridad más de mil horas en ese museo.
– ¿Por qué se había ido a España?
– Mi padre había muerto y me quedé con el taller. Me iba bien, pero estaba asfixiado. Era muy joven y quería más. Tenía que haber algo más. Me fui a Italia y cuando estaba allí me contrataron desde España para empezar a hacer camisetas del Mundial del 82. Me terminé quedando 12 años. Luego me fui a Inglaterra y estuve trabajando en un bar. Me llamaron de un taller de serigrafía, pero dije que no. Años después, pensando en cómo pude haber rechazado eso, entendí que si me quedaba no volvía más a Uruguay, y yo quería volver.
– ¿Por qué?
– Se te hace enorme el país cuando te vas. Lo idolatrás. Después de volver de Europa me quedé siete años en Uruguay, y luego fui a exponer a Estados Unidos. Iba por dos meses y me terminé quedando ocho años en Washington y Nueva York. Luego, regresé a Uruguay otra vez.
– ¿Qué hizo en Estados Unidos?
– Trabajé en el Museo de Arte de las Américas haciendo enmarcado y restauración. Por eso me quedé: la restauración es un trabajo fascinante. Después me abrí y empecé a pintar mi propia obra. También seguí haciendo ediciones de serigrafía de otros artistas y fundé la empresa de camisetas Luis Scotti Diseños. Hice la exposición We are people, con imágenes festivas de gente pobre de Latinoamérica, y expuse la serie El amor de Scotti, con obras que hablan del amor.
– ¿Por qué se inclinó por esos temas?
– Donde trabajaba, la gente hablaba de una versión más ‘oficial’ o ‘turística’ de Latinoamérica y actué en respuesta diciendo que hay otra Latinoamérica, que es la que a mí me interesa. En cuanto al amor, surgió a partir de un poema de Miguel Hernández: ‘Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida’. De la vida no sé nada, de la muerte no me interesa hablar, entonces me quedé con el amor.
– ¿Qué materiales utiliza en sus obras?
Hoy en día uso de todo. En la última obra que hice usé piel de cebolla, collage, impresión de serigrafía, café. Me voy moviendo. Ahora estoy empezando a trabajar sobre seda como soporte, pero me encuentro en la parte de investigación en la que hacés cualquier cosa y probás los materiales para saber hasta dónde resisten.
– ¿Por qué continúa aplicando la serigrafía?
Una estampa tiene contundencia. Una imagen impresa no tiene dudas. Cuando estoy pintando, tengo que imprimir algo para adueñarme de la obra.
– ¿Cuál de sus obras le es más especial?
– Tengo varias que si tuviera dinero no las vendería. Hay una de unos 40 centímetros por un metro y poco que la trabajé, la destruí, después la volví a hacer, la tuve arrinconada maltratándola, y un buen día, no sé por qué, la saqué y la trabajé en serio. La veo y me cuestiono todo el tiempo. Me pasa con otros artistas. A veces miro Las Meninas de Velázquez y pienso: ‘¿Cómo pensaría este tipo cuando hacía esta obra maravillosa?’ Lo mismo pasa con uno, con la diferencia de que uno sabe cómo eran sus circunstancias y en qué estaba pensando. Pero esta obra me genera una cosa muy misteriosa conmigo mismo. No hay un hecho que la marque. Es más espiritual, más abarcativa de mi forma de pensar.
– ¿Cómo influyó el arte en su forma de ser?
– Para cualquier persona, tener los zapatos lustrados puede ser la prioridad número ocho, pero cuando sos artista es la prioridad número 2.800. Sos un outsider, lo que te importa es tu obra, tus colores, tus manchas, cómo te relacionás con las cosas, incluso las más simples, como el cambio en el color de una hoja de un árbol. Y eso después desemboca en una obra de una manera rara; uno no sabe cómo. El arte es como un virus: se te mete adentro y no te lo sacás. Yo pintaba y no sabía por qué, pero un día estaba en Washington DC y un poeta salvadoreño, Otonel Guevara, escribió algo para mi obra. Lo que puso me explicó por qué pintaba. Me vio, me desnudó, me abrió.
En aquel texto, las palabras del poeta terminaban así: “Scotti no pinta solamente: nos toma del cuello y nos coloca a fuerza frente a un espejo incómodo y liberador”.
Docencia y otros planes.
Scotti no solo expuso sus obras en Europa, América y Asia, sino que también trabajó como docente. “Apunto a que cualquiera que venga a aprender conmigo no se vaya con un fracaso”, sostuvo. En este sentido, comentó: “Hay mucha gente que dice ‘no sirvo para esto’, pero termina plasmando una imagen y habiendo hecho un viaje con ella”. Para él, eso es algo “muy satisfactorio”: “Me hace pensar que a veces valgo la pena, que sirvo para algo”.
Actualmente está editando una serie de la artista uruguaya Natalia Rodríguez y dedicándose a Luis Scotti Diseños. “En las camisetas uso imágenes de obras mías y no hay una remera igual a otra. Eso genera que sea algo muy personal”, afirmó. Y añadió que quiere empezar con una serie de camisetas de poetas: “Por ejemplo, jugando con la cara de Miguel Hernández y un poema suyo”.
Además, tiene pensado hacer una exposición de toda su editorial de obra gráfica, “que serían unas 70 ediciones”.