Llevamos un par de años repitiendo el mismo temor en cada charla de sobremesa. La inteligencia artificial nos va a dejar en la calle. El miedo siempre recae, con especial peso, sobre los más jóvenes. Si un algoritmo de OpenAI ya puede escribir código básico, redactar informes y cruzar bases de datos en segundos, nos preguntamos qué sentido tendría contratar a un recién graduado universitario para que haga el trabajo manual de la oficina.
El diagnóstico parecía perfecto, pero resulta que podríamos estar mirando al culpable equivocado.
El mito de la automatización y las cifras reales del desempleo
En uno de sus informes enfocado en el mercado laboral pospandemia, la Reserva Federal de Nueva York cruzó un sinfín de datos sobre el desempleo juvenil y descubrió algo casi irónico. La falta de trabajo en los profesionales que recién salen de la universidad efectivamente subió. Pero cuando los economistas buscaron la huella de la Inteligencia Artificial generativa, no la encontraron. Lo que encontraron fue el rastro de Zoom, de Slack y de las pantuflas debajo del escritorio.
Cerca del 64% de la destrucción o el estancamiento de las oportunidades para los más jóvenes podría explicarse por la consolidación del teletrabajo. Esta cifra deja de sorprender cuando analizamos las barreras prácticas que enfrentan las empresas hoy en día.
Por qué el trabajo a distancia rompe la capacitación tradicional
Antes de la disrupción del home office, uno llegaba el primer día a la oficina, se sentaba al lado de alguien con más experiencia y aprendía por pura ósmosis. Escuchabas cómo tu compañero resolvía un problema por teléfono, hacías esa pregunta rápida asomando la cabeza por encima del monitor, te empapabas de la cultura del lugar yendo a buscar un café. Esa es la famosa mentoría silenciosa, el engranaje que suele hacer funcionar la inserción y el empleo joven.
Hoy, en las empresas que operan totalmente en la nube, ese engranaje parece estar roto. Interrumpir a un jefe para sacarse una duda implica invadir su calendario con una videollamada de quince minutos o dejar un mensaje en un chat que puede quedar ignorado durante horas. Para los gerentes de Recursos Humanos, entrenar a un perfil junior a través de una pantalla se ha vuelto un proceso tan denso y lento que muchas veces prefieren tomar el atajo. Terminan contratando a alguien que ya tenga experiencia, alguien que no necesite que le expliquen las cosas dos veces y que pueda trabajar de forma autónoma.
El peligro de los hackeos y los falsos programadores remotos
A esta fricción de aprendizaje se suma un factor que parece salido de una película de espionaje y que genera pánico real en los departamentos de sistemas. Darle acceso remoto a la infraestructura de una empresa a alguien que solo conocés por internet abrió una caja de Pandora. Investigadores de ciberseguridad como Mauro Eldritch destaparon un esquema fascinante y aterrador al descubrir cómo grupos de hackers se están infiltrando en empresas occidentales haciéndose pasar por ingenieros reales para conseguir empleo remoto.
El método que Eldritch y su equipo investigaron es brillante por su nivel de engaño. Los atacantes roban identidades y currículums para quedarse con los puestos. Y cuando el engaño directo no alcanza, contactan a programadores junior reales y les ofrecen un trato insólito. El joven solo tiene que poner la cara en las videollamadas diarias de la empresa. Mientras tanto, los verdaderos atacantes se conectan de forma remota a la computadora corporativa que el junior recibió en su casa, realizando el trabajo de programación pero aprovechando para llevarse información sensible o fondos.
El joven cobra un recorte del salario solo por sonreír en la cámara y la empresa le entrega, sin saberlo, las llaves de sus servidores a un sindicato criminal. Ante amenazas informáticas de este nivel, las compañías estarían prefiriendo ir a lo seguro. Limitan las contrataciones a distancia de perfiles desconocidos y confían sus accesos a profesionales experimentados o referidos del mercado local.
La realidad del sector informático uruguayo
En Uruguay no estamos mirando este fenómeno por televisión, lo tenemos adentro de casa. El último Monitor Laboral de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI) ya nos alertó de lo que ellos llaman un cierre silencioso de las puertas de entrada al mercado tecnológico en Uruguay. Nuestras empresas de software, que compiten y exportan al primer mundo, estarían cada vez más reacias a contratar a jóvenes sin trayectoria. Buscan perfiles experimentados para no lidiar con el dolor de cabeza que implicaría capacitar a ciegas y exponer sus redes a posibles farsantes.
Y acá es donde se da el choque generacional más grande de la última década. Los jóvenes, con muchísima lógica porque el mundo cambió, llegan a sus primeras entrevistas exigiendo trabajo remoto o esquemas híbridos muy flexibles. No quieren la presencialidad total y están en su derecho. Pero el mercado les estaría devolviendo un portazo en la cara, reservando el premio de trabajar desde casa solo para aquellos que ya pagaron derecho de piso y demostraron realmente quiénes son.
La encrucijada de la presencialidad frente a la flexibilidad
Nos enfrentamos a un problema enorme a mediano plazo. Si las empresas uruguayas no asumen el costo logístico de formar a los perfiles iniciales, en cinco años nos podríamos quedar sin talento calificado en tecnología para seguir creciendo.
Quizás sea hora de que dejemos de ver la presencialidad como una herramienta anticuada para controlar a qué hora llega el empleado. Podríamos empezar a rescatar la oficina física por lo que realmente vale, siendo probablemente la mejor escuela y el entorno más seguro para el que recién arranca su primer empleo. Hoy, el universitario uruguayo que busca su primera oportunidad no está necesariamente compitiendo contra un robot súper inteligente. Estaría compitiendo contra la silla vacía al lado de un jefe que ya no va a la oficina, y contra la paranoia de que el desarrollador al otro lado de la pantalla ni siquiera sea quien dice ser.