La primera vez que sintió esa “atracción incontenible” por un objeto antiguo tenía alrededor de 22 años. Estaba en un remate junto a su hermano menor, con quien tenía un puesto en la feria de Tristán Narvaja de Montevideo. Era un mantón de manila, un pañuelo grande y cuadrado con una tradición milenaria de bordado en seda. “Una cosa deslumbrante”, recordó Walter Bouyssounade, que hoy tiene 78 años.
Vendió el pañuelo el mismo día que lo compró y desde entonces no se detuvo. Actualmente, trabaja junto a su esposa, Nora Abreut —cinco años menor que él—, en la Feria de los Artesanos de Punta del Este. En los últimos cincuenta años han obtenido y también vendido cientos de piezas de todo tipo; vasija, pinturas, muebles y armas de antaño, entre otros elementos, muchos únicos y raros.
El camino de dos coleccionistas
“A él le fascina y a mi me gusta y lo acompaño”, mencionó Abreut y agregó que una de las cosas más interesantes es cuando un objeto es tan curioso que las personas tienen que preguntar qué es: “Tenemos, por ejemplo, un rayador de pan que es como una caja y cuyos agujeros están hechos con clavos de metal. Es muy viejo y raro, y la gente no se imagina de qué se trata”.
Ambos son oriundos de Montevideo y viven en Punta del Este desde hace aproximadamente 30 años. Se conocieron por intermedio de una amiga, se casaron en octubre de 1975 y al poco tiempo Abreut dejó su trabajo de aquel momento para dedicarse al anticuario junto a su esposo y cuñados. Tuvieron varios locales comerciales en el balneario esteño; primero todos juntos y luego solo la pareja, porque los demás se desvincularon.
En el año 2006, la baja en las ventas y el aumento de los alquileres hizo que tuvieran que cerrar su anticuario, como le pasó —dijeron— a muchos otros en la misma época. Entonces, se quedaron solamente con un puesto en el Mercado de las Pulgas, en La Barra, un espacio al aire libre donde se vendían antigüedades, cuadros, vajilla, libros, objetos de decoración, curiosidades y piezas de segunda mano.
Pronto, sin embargo, el mercado cerró. Luego de idas y vueltas, los coleccionistas terminaron en la Feria de los Artesanos de la Plaza Artigas de Punta del Este. “No nos pareció bien a nosotros ni a los artesanos porque no pegaba mucho, pero el alcalde de aquel momento, Andrés Jafif, nos dijo que había que aceptarlo porque no había otro lugar. Y, de última, tenemos la parte artesanal de la restauración”, señaló Abreut.
Están allí desde 2015 y la experiencia ha sido “muy linda”. En temporada —desde el 15 de diciembre hasta que termina la Semana de Turismo— trabajan todos los días de 18 a 00 horas, y el resto del año están los fines de semana y feriados.
Objetos únicos, antiguos y con historia
Bouyssounade y Abreut son “bichos de museo”. Les apasiona la cultura y entienden que en cada objeto del pasado hay una técnica que es importante atesorar. “La mano de obra era espectacular; se trabajaba hasta la pieza más común”, resaltó Abreut. Una de las piezas más especiales que tienen a la venta es un ajedrez de 1980 creado por un orfebre uruguayo ya fallecido: “Es un diseño Bauhaus, hecho en plata y plata pavonada, único en su tipo”.
Casi todos los objetos que conservan son de origen europeo. Sin embargo, uno de los más antiguos —de hace aproximadamente 600 años— son estribos de los pueblos originarios, hechos en bronce. “Solo hemos visto dos de este tipo en estos 50 y pico años de trabajo”, destacó Abreut. También tienen cuchillería criolla e incluso calienta manos, dispositivo portátil que se usaba para generar calor.
A su vez, conservan una caja para pintor en madera que funciona “como los costureros antiguos, que se bajaban” y dentro tiene recipientes de cristal y porcelana. “Esa la tiene Walter guardada; la mira y la disfruta él. Son cosas difíciles de ponerle precio”, comentó su esposa.
No siempre saben cuál es la historia de cada objeto, pero a veces sí; por ejemplo, en el pasado tuvieron una tabaquera hecha a partir de cápsulas de cañón con inscripciones en plata y en cobre que hacen alusión al país y el año de procedencia: Núremberg, Alemania, 15 de noviembre de 1915.
Otro caso es el de una colección de 33 títeres de madera del Siglo XIX, proveniente de un teatro ambulante de Bérgamo, Italia, que llegó a Uruguay junto al migrante titiritero. En este caso, es algo que poseen en sociedad con los hermanos de Bouyssounade. “El yodo les producía una malformación a la altura del cuello; son tallas muy buenas, pero para algunos pueden no ser lindos”, detalló Abreut.
Famosos que pasaron por el anticuario
Tuvieron muchos clientes famosos; sobre todo argentinos, como la actriz y conductora Susana Giménez —no mucho porque a ella “le gusta más lo moderno”—, el actor Luis Brandoni y el artista plástico Nicolás García Uriburu. Recuerdan que la periodista y modelo Teté Coustarot se acercaba habitualmente ya que coleccionaba zapatitos de porcelana, y que el actor y humorista Antonio Gasalla iba con frecuencia a comprarles muebles.
Con Gasalla formaron una amistad: “Era una persona adorable. Venía muy calladito, vestido de oscuro. No le gustaba que lo vieran mucho”.
Tuvieron su época de ir a remates y hacer crecer el anticuario, mas hoy están en una etapa marcada por el desapego, con el foco puesto en vender lo que ya tienen y reducir, poco a poco, su antiquísimo patrimonio. “Nuestros hijos y nietos viven en Europa y nos han dicho que disfrutemos de esto nosotros y que nos deshagamos de todo porque a ellos no les interesa”, contó Abreut.
Bouyssounade finalizó: “Hemos vendido cosas que en otro momento hubiéramos querido mantener y otras que añoramos después de que las vendemos. Pero somos comerciantes y no podemos atesorar todo lo que nos gusta”.
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