El virólogo uruguayo Gonzalo Moratorio falleció este jueves 5 de noviembre a los 44 años, tras padecer un tumor cerebral que le fue diagnosticado en mayo de 2025. Docente e investigador de la Universidad de la República y del Instituto Pasteur, había jugado un rol fundamental durante la pandemia de covid-19 al coliderar con la científica Pilar Moreno el desarrollo de test nacionales para diagnosticar el virus SARS-CoV-2, un pilar clave para la estrategia epidemiológica del país.
Mucho antes de convertirse en una de las caras de la ciencia uruguaya durante la pandemia, Moratorio había construido una carrera científica alrededor de una pregunta que seguiría guiando buena parte de su trabajo: cómo evolucionan los virus. Su especialidad era la evolución experimental de los virus de ARN, un campo que busca comprender cómo estos microorganismos generan y toleran mutaciones, cómo esas variaciones modifican sus características y de qué manera esos mecanismos pueden aprovecharse para desarrollar nuevas estrategias de prevención y tratamiento.
Estudios y reconocimiento internacional
Su labor trascendió fronteras en diciembre de 2020, cuando la revista Nature lo incluyó entre las diez personas que habían tenido un papel destacado en los acontecimientos científicos del año; fue el único latinoamericano de aquella selección. El reconocimiento destacó su aporte local frente al coronavirus a través de la creación de test de bajo costo.
Más allá de las páginas de Nature, su nombre quedó inmortalizado en una placa del Espacio de los Soles, sobre la Peatonal Sarandí —el paseo que rinde homenaje a los uruguayos ilustres—, tras una resolución aprobada por la Junta Departamental de Montevideo en octubre de 2021. Asimismo, en mayo pasado la Cámara de Representantes lo nombró Héroe Contemporáneo del Bicentenario por consolidarse como un referente internacional de la ciencia uruguaya.
Como integrante del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), que funcionó durante los años más duros de la pandemia durante la administración de Luis Lacalle Pou, su participación fue clave para la gestión de riesgos y el asesoramiento en la toma de decisiones políticas.
Mucho antes de la irrupción del covid-19, la trayectoria académica de Moratorio ya mostraba un firme ascenso. Tras completar una licenciatura en Ciencias Biológicas (2001-2005) y una maestría en Biología Celular y Molecular (2006-2008) en la Facultad de Ciencias, profundizó su formación con un segundo máster en el mismo campo, cursado conjuntamente entre la Universidad de la República y el Institut Pasteur de Montevideo (2009-2012).
Su proyección internacional dio un salto definitivo cuando se desempeñó como investigador posdoctoral en Virología Molecular en el Institut Pasteur de París (2012-2018). De regreso en Uruguay, asumió la dirección del Laboratorio de Evolución Experimental de Virus del Institut Pasteur de Montevideo, poco antes de que la crisis sanitaria exigiera su protagonismo científico.
Desde ese laboratorio, Moratorio buscó desarrollar una agenda que iba mucho más allá del SARS-CoV-2. Una de sus principales líneas estudiaba cómo restringir el potencial evolutivo de arbovirus emergentes mediante biología sintética y evolución experimental, con especial interés en virus como dengue, zika, chikungunya, fiebre amarilla y Mayaro. También exploraba el uso de virus modificados genéticamente como potenciales agentes contra el cáncer.
La relevancia de Moratorio se mantuvo intacta tras la pandemia. En 2024, fue seleccionado para brindar un discurso en el prestigioso programa Yale World Fellows de la Universidad de Yale, Estados Unidos, donde se destacó que sus investigaciones aportaron contribuciones fundamentales a la evolución viral y la virología aplicada.
Cuál fue la enfermedad que le diagnosticaron
La vida del científico dio un giro drástico el 22 de mayo de 2025, fecha en la que le detectaron un astrocitoma grado 4 en el lóbulo parietal izquierdo, un glioblastoma IDH-salvaje catalogado como altamente agresivo por la Organización Mundial de la Salud.
Su batalla judicial cobró notoriedad pública en abril, cuando inició un recurso de amparo para costear medicamentos de alto costo, el cual resultó favorable en ambas instancias. En aquellas audiencias se lo pudo ver presente, apoyado en un andador y acompañado por su hermano Santiago, abogado de profesión.
“Quiero agradecer muchísimo a la gente, que me manifiesta en cada lugar apoyo, cariño, amor, por sobre todas las cosas. Alguna cosita capaz que hice mejor de lo que pensaba”, expresó a la salida de los tribunales.
Gracias a una masiva campaña solidaria que recaudó un millón de dólares, en julio viajó a la Clínica Mayo (Estados Unidos) para evaluar una terapia experimental con células CAR-T, un tratamiento que finalmente no pudo concretarse.
Durante todo el proceso —que incluyó múltiples intervenciones quirúrgicas e inmunoterapias en Uruguay, Brasil y Estados Unidos—, el científico mantuvo un estrecho vínculo con la opinión pública a través de las redes sociales, las que usaba regularmente desde la pandemia que lo hizo conocido de forma masiva.
Su historia científica había comenzado mucho antes de que su nombre se volviera familiar para millones de uruguayos. Cuando tenía 12 años, después de ver la película Epidemia, quedó fascinado por el mundo de los virus. Décadas después, aquella curiosidad inicial se había convertido en una carrera dedicada a comprender cómo evolucionan, cómo se adaptan y cómo la ciencia puede anticiparse a ellos. También a defender una idea que repitió durante los años de pandemia: que, frente a los grandes desafíos, había que pensar con ciencia.