José Gervasio Artigas ya tenía estatuas, monumentos, avenidas y hasta un mamífero prehistórico emparentado con los carpinchos. “Ahora va a tener un dinosaurio”, bromeó el paleontólogo Matías Soto.
La ocurrencia terminó convirtiéndose en nombre científico. Cuando él y sus colegas Felipe Montenegro y Daniel Perea identificaron una nueva especie a partir de dos vértebras halladas cerca de la Meseta de Artigas, decidieron rendir homenaje al Protector de los Pueblos Libres.
Así nació Mesetasaurus protector, el nuevo dinosaurio uruguayo y el segundo descrito como una especie exclusiva del país.
Un gigante a partir de dos vértebras.
Mesetasaurus protector no era un depredador feroz ni un cazador digno de película. Pertenecía a los titanosaurios, el grupo de dinosaurios herbívoros de cuello largo que dominó los paisajes sudamericanos durante los últimos millones de años del Cretácico.
Según estiman los investigadores, Mesetasaurus protector habría alcanzado unos 10 metros de longitud y formaba parte de un linaje conocido como los aeolosaurinos, caracterizado por una peculiar disposición de las vértebras de la cola.
Como otros integrantes del grupo, caminaba sobre cuatro patas y utilizaba su largo cuello para alcanzar la vegetación ubicada a varios metros del suelo. En la reconstrucción realizada para el artículo científico, comparte ese paisaje con árboles de palta, una planta nativa de América cuya presencia en la región durante el Cretácico ya había sido documentada mediante el registro fósil.
Mesetasaurus protector también amplía el árbol genealógico de los gigantes uruguayos. Hasta ahora, el único saurópodo descrito para el país era Udelartitan celeste, presentado en 2024. Aunque ambos eran titanosaurios, pertenecían a linajes distintos, lo que sugiere que la diversidad de estos gigantes herbívoros en el actual territorio uruguayo era mayor de lo que se pensaba.
Pero lo más llamativo no es su tamaño, sino lo poco que se encontró de él. La descripción de la nueva especie se basa en apenas dos vértebras caudales descubiertas en la década de 1980 en las cercanías de la Meseta de Artigas, a pocos kilómetros de donde funcionó el Campamento de Purificación.
Durante cuatro décadas, ambas piezas siguieron caminos distintos. Una terminó en el liceo de Barros Blancos, en Canelones; la otra permaneció en manos de un particular. Recién en 2024 los paleontólogos supieron de la existencia de las dos y comenzaron a reconstruir el rompecabezas.
Cuando Soto vio una fotografía de una de ellas tuvo una sospecha inmediata. Pensó que podía pertenecer al mismo grupo de dinosaurios que otro titanosaurio identificado años atrás en Young: Aeolosaurus. Sin embargo, la sorpresa llegó cuando apareció la segunda pieza. Los fósiles se complementaban: cada uno conservaba detalles anatómicos ausentes en el otro y, juntos, revelaban características que no habían sido observadas en ninguna especie conocida.
No eran dos fósiles cualquiera. Según los autores, se encuentran entre las vértebras de saurópodos mejor preservadas halladas hasta ahora en Uruguay, una calidad de conservación excepcional para un país donde los restos de dinosaurios suelen aparecer fragmentados.
Describir una especie nueva a partir de dos vértebras puede sonar temerario. Los propios investigadores lo pensaron. “Fue uno de los grandes miedos que tuvimos”, reconoce Montenegro.
En países como Argentina, donde los yacimientos suelen entregar esqueletos mucho más completos, una propuesta así corre el riesgo de ser recibida con escepticismo.
Pero las piezas guardaban una combinación de características difícil de ignorar. Una de ellas presentaba una depresión ubicada en una posición poco habitual dentro de los aeolosaurinos, mientras que ambas compartían rasgos anatómicos que permitían ubicarlas dentro de ese grupo de titanosaurios. Ninguna especie conocida reunía exactamente ese conjunto de características.
La apuesta, finalmente, salió bien. Uno de los revisores de la investigación finalmente publicada en la revista Ameghiniana, por ejemplo, cuestionó la edad atribuida a las rocas donde aparecieron los fósiles. Esa observación llevó al equipo a ampliar el análisis y comparar la fauna de la Formación Guichón con la de decenas de depósitos cretácicos de Sudamérica y África.
Ese ejercicio permitió respaldar la hipótesis de que la Formación Guichón es bastante más joven de lo que se creía. Si esa reinterpretación es correcta, algunos animales que habitaban Uruguay –como el cocodrilo prehistórico Uruguaysuchus– sobrevivieron millones de años más de lo que indicaban las estimaciones anteriores.
Sacarle "el jugo" al fósil.
La escasez de fósiles relativamente completos obliga a los paleontólogos uruguayos a desarrollar una forma particular de trabajar. Cada detalle cuenta: la inclinación de una articulación, la posición de una cavidad o la forma de una superficie ósea pueden convertirse en la pista que permita identificar una especie desconocida.
“Hay colegas que dicen que los uruguayos le sacamos jugo a un ladrillo”, comentó Soto entre risas.
Para los investigadores, Mesetasaurus protector también demuestra el valor de quienes conservan fósiles en sus casas o escuelas y deciden ponerlos a disposición de la ciencia. “Hay materiales únicos que nunca podemos estudiar porque permanecen en colecciones privadas”, dijo Montenegro.
En este caso ocurrió lo contrario: dos vecinos y un liceo permitieron reconstruir una historia que había permanecido enterrada y guardada durante 80 millones de años.
Los científicos esperan que el hallazgo anime a otras personas a consultar antes de conservar o descartar un fósil. En un país donde los dinosaurios rara vez aparecen completos, una roca olvidada en una escuela o una vértebra guardada durante décadas pueden terminar reescribiendo una página de la historia natural del Uruguay.