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Blanca Luz Brum: la poeta uruguaya que fue comunista, amante de Perón y apoyó la dictadura de Pinochet

Nació en Pan de Azúcar, vivió en Montevideo, Chile, México, Estados Unidos y Argentina, publicó libros y dirigió revistas pero su obra no se recuerda ni se estudia.

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Blanca Luz Brum, poetamp
Blanca Luz Brum, poeta.
Foto: Archivo El País

"Algo de leyenda tengo y no puedo evitarlo. Una leyenda que unos distorsionan y otros mejoran, según sea la antipatía o simpatía que me tengan”. Es 1984, Blanca Luz Brum —poeta, periodista, pintora, uruguaya y chilena, huérfana, esposa de cinco, madre de cuatro y amante de tantos, socialista, comunista, marxista, peronista, demócrata cristiana, pinochetista— tiene 79 años y está en Santiago de Chile para exponer 22 obras en una muestra que denomina “Mensajes de una vida”. Son pinturas de la isla Robinson Crusoe, a 600 kilómetros de Chile, donde vive, sola, desde hace al menos 30 años. Alguien le hace una entrevista para el diario chileno Las últimas noticias y ella habla de eso, de ser leyenda. Después dice: “Mi pintura es la de un poeta y la poesía es lo más importante de mí. Como dijo un escritor alemán, he querido habitar poéticamente la tierra. Y sé que para eso hay que pagar un alto precio”. Ante la pregunta del periodista sobre cuál fue su precio, Blanca responde: “La incomprensión, que es el precio más cruel”.

¿Quién era usted? ¿Cuántas mujeres vivieron en su cuerpo? ¿Por qué se escurrió de la historia?

Blanca Luz nació en 1905 en Pan de Azúcar. Su padre abandonó la casa a los pocos meses de su nacimiento. Su madre murió cuando ella tenía dos o tres años. Blanca creció en la familia de su tía Filipa. Fue una de sus primas la que le enseñó a leer y a escribir. Hizo hasta tercero de escuela, pero la escritura y la lectura eran un lugar de refugio.

Con 17 años se fue a Montevideo para estudiar en un convento. Las monjas la obligaron a tirar los libros que se había llevado de la biblioteca de su abuelo.

Fue en esos primeros años en la capital cuando Blanca empezó a integrarse en los círculos culturales y literarios de la época. También fue ahí cuando, tal vez, empezó, ella misma, a construir una leyenda sobre su propia historia.

En el libro Blanca Luz Brum, una vida sin fronteras, su autor, Alberto Piñeyro, cita las palabras que la escritora española radicada en Uruguay, Mercedes Pinto, escribió en la revista la primera vez que la vio: “Inquietante, febril, estremecida por un vivir interno e intensísimo ha llegado hasta mí esta criatura turbándome la vida (…) Así llegó hasta mí esta novel poetisa trayendo hasta mi alma, que es paladín de todo lo ideal, un cargamento de rosados sueños; un destello privilegiado en el cerebro; un tesoro de virtudes en el alma; un manojo de nervios en tensión en el cuerpo; y un cuaderno de versos en la mano. […] Es una criatura extraordinaria esta niña”.

En 1925 publicó su primer libro, Las llaves ardientes. Tenía 23 poemas que dividió así: pasión, madre, mi corazón y el campo.

Poco tiempo después, un poeta peruano, Juan Parra del Riego, llegó a Montevideo, la conoció y se enamoró de ella sin ni siquiera saber su nombre. Le escribió una carta, la sacó del convento y se casaron ese mismo año. Tuvieron a su único hijo y al tiempo, el poeta falleció. Blanca se fue con el niño a Perú, a conocer a la familia de su esposo muerto.

En Lima publicó libros, recitó poemas, editó revistas -estuvo al frente de Amauta, una de las primeras publicaciones en la que las mujeres podían expresar sus ideas políticas- y volvió a enamorarse, esta vez del escritor Alfredo Miró Quesada, con quien también se casó.

Blanca fue, además de una criatura extraordinaria, una mujer expulsada. Después de la publicación de un número de Amauta donde la uruguaya cuestionaba y criticaba fuertemente el imperialismo americano, el gobierno allanó la casa de las personas vinculadas a la publicación y le pidió a Blanca que se fuera del país.

Vivió entre Buenos Aires y Montevideo, donde militó activamente por el Partido Comunista, no solo a través de su poesía sino también desde la página cultural del diario Justicia, perteneciente al partido.

Se divorció y se enamoró otra vez. Todos, siempre, se enamoraban de Blanca. Tenía algo, en la forma de su cuerpo, en la sensualidad y amargura de su voz, en la manera de su rostro fino y afilado, en la fuerza de sus ideas, en la pasión con la que vivía. Tenía algo, y un día, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros vino a Uruguay y le pidió que se fuera con él a México. Blanca se fue.

Muchos años más tarde, en la entrevista con el diario Las últimas noticias de Chile, que fue, también, una de sus últimas entrevistas, dijo que Siqueiros fue el gran amor de su vida. Se casaron, tuvieron un hijo que murió en el nacimiento y se divorciaron. Las cartas que Blanca le escribió están compiladas en un libro, editado en México con el nombre de Niño perdido y en Uruguay como Un documento humano.

Vivió en Chile, donde volvió a casarse, esta vez con el ingeniero Jorge Augusto Beéche Caldera, diez años mayor que ella. Participó de la actividad literaria, intelectual y política, publicó libros de poemas y textos en diarios y revistas. Y también allí, en 1939, se cuestionó por primera vez su ideología política.

En el libro sobre su vida, Alberto Piñeyro explicó: “Dos acontecimientos hicieron tambalear el ideal comunista de Blanca Luz. Primero el pacto germano-ruso del 23 de agosto de 1939 y luego la invasión de Finlandia por la Unión Soviética que comenzó el 30 de noviembre del mismo año”.

En una carta a uno de sus amigos, Blanca escribió: “¿Qué significa lo de Finlandia? Mi vida entera ha sido consagrada más o menos íntegra (en algunos largos períodos de mi vida) al comunismo, porque he creído y creo que el comunismo es la única doctrina digna del hombre en la tierra. ¿Pero es aquello acaso comunismo? Estoy, como es lógico estarlo en contra de los Imperialismos, del ruso y del inglés. Yo nunca había dudado de Stalin, hoy sí”.

Tras un nuevo divorcio, Blanca vivió entre Chile, Montevideo y Buenos Aires. Allí trabajó en el equipo de prensa de Juan Domingo Perón con quien, dicen, tuvo un romance en secreto. De hecho, abandonó Argentina tras una llamada de Eva en la que le dijo que tenía 48 horas para irse del país.

Instalada definitivamente en Chile, se casó por quinta vez con Carlos Brunson González, y tuvo otro hijo que falleció en un accidente de tránsito a los 30 años.

Tras dar su apoyo público a la dictadura de Augusto Pinochet, que fue quien finalmente le otorgó la ciudadanía chilena, Blanca se fue a una isla a 600 kilómetros de Chile a hacer el duelo por la muerte de su hijo. Allí vivió completamente sola y pintó los cuadros que expuso en 1984 en Santiago, un año antes de morirse, cuando dijo aquello de ser leyenda, cuando habló de la incomprensión.

A Blanca Luz no se la estudia ni se la recuerda ni se la celebra. Sin embargo, las pocas personas que han analizado su vida dicen que su figura atravesó la historia de América Latina del siglo XX, que sus aparentes contradicciones se encuentran en la pasión por las ideas, en la búsqueda incesante de sentido, en las utopías que fueron al mismo tiempo libertad y condena.

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