GUILLERMO ZAPIOLA
Un documental sobre el famoso caso que obligó al cineasta Roman Polanski a exiliarse de los Estados Unidos ha llegado a pantallas norteamericanas tras recibir varios elogios y algún premio en el festival de Sundance. Se aguardan polémicas.
Roman Polanski: Wanted & Desire, dirigido por Marina Zenovich, se estrenó mundialmente en Sundance (donde recibió el premio a mejor montaje) el pasado mes de enero, y desde el 31 de marzo está conociendo una difusión limitada en salas de Manhattan (Nueva York) y Pasadena (California), con la fundamental intención de calificar para una eventual candidatura a los próximos Oscar.
La exhibición norteamericana mayoritaria se hará empero a través de la cadena televisiva HBO, mientras que para la distribución mundial, la realizadora ha llegado a un acuerdo con The Weinstein Company.
El film recorre (se dice que con espíritu crítico) la trayectoria del cineasta polaco desde el momento en que debió huir de los Estados Unidos hace treinta años, escapando a una denuncia por corrupción de menores por haber tenido relaciones sexuales con una chica de trece años. La orden de detención está aún vigente, y por eso Polanski no pudo recoger personalmente el Oscar que se le otorgó en 2003 por la dirección de El pianista. Hubiera terminado en un calabozo.
El documental arranca con una entrevista a Polanski en la que el cineasta admite una afición por las mujeres jóvenes, compartida por cierto por muchos de sus congéneres. La directora Zenovich explora a continuación la experiencia vital del cineasta desde su llegada a Hollywood a finales de la década del sesenta, el éxito obtenido con películas como El bebé de Rosemary y Chinatown y el traumático episodio de la muerte de su embarazada esposa Sharon Tate a manos de los integrantes del clan Manson en 1969.
Luego, Zenovich se centra en el caso de la menor presuntamente violada, y para ello recoge los testimonios del abogado de Polanski, la víctima, los policías encargados del caso, otros cineastas, y los periodistas que siguieron de cerca el asunto. Del conjunto se desprende la impresión de que pudo haber irregularidades en el manejo del caso por parte de las autoridades norteamericanas intervinientes, y que Polanski tuvo acaso razones válidas para abandonar el país, convencido de que no sería sometido a un juicio justo.
Varios de los declarantes (incluidos fiscales y víctima) afirman que el juez estaba cometiendo una injusticia al intentar castigar severamente a Polanski, cuando la mayoría de los involucrados creía que merecía una libertad condicional. El propio juez tenía varias novias veinteañeras a quienes duplicaba en edad, y el fiscal fue elegido por ser el único que no había tenido relaciones con una menor de edad.
Zenovich ha declarado a la prensa que el caso Polanski fue "uno de los primeros ejemplos de periodistas cazando gente para una historia en un tabloide". La cineasta agrega que los periodistas ensuciaron toda la historia.
La realizadora ha dicho igualmente que duda que la opinión que la gente tiene de Polanski cambie luego de ver la película, "Estados Unidos es muy puritano y la gente no puede superar las acusaciones", sostiene. "Creo que hay una gran mayoría de personas que incluso escuchando esta historia no les importará porque no pueden apartarse de las acusaciones que han oído".
En Estados Unidos, asegura Zenovich, Polanski era visto con sospecha y desprecio, como "un extranjero con maneras perversas". Sin embargo en Europa es reverenciado. "Es un choque cultural", dice.
Una trayectoria con varios exilios
Antes de que llegaran su fama y su tragedia norteamericanas, Roman Polanski fue un integrante de la generación de jóvenes disidentes que renovaron el rostro del cine polaco al filo de los años sesenta. Había nacido en París, pero su familia volvió a Polonia cuando Roman era muy pequeño; casi toda perdió la vida durante el genocidio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En los años cincuenta Roman hizo varios cortos (el más famoso es el muy surrealista Dos hombres y un armario, 1958) y saltó al largo con El cuchillo bajo el agua (1962). Luego vinieron el exilio en Occidente, varios films exitosos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, el asesinato de Sharon Tate y el incidente que lo devolvió a Europa, nuevamente como exiliado. Tuvo que hacer El pianista (2002) para que finalmente se supiera, explícitamente, quiénes eran los monstruos y los vecinos amenazantes que habían poblado con frecuencia su cine anterior.