El aroma del solomillo a la mostaza invade el estudio de Canal 10. Hasta hace unos minutos allí se hacía La mañana en casa, pero ahora el espacio tiene otro ritmo. Cuatro cámaras rodean la cocina, una voz en off acompaña cada bloque y unas quince personas -entre productores, técnicos y curiosos convocados por el olor que sale de las hornallas- esperan que termine el programa para probar el plato del día.
Mientras la receta avanza, el chef y somelier Jesús Graña no deja de moverse. En la pausa consulta con los camarógrafos para encontrar el mejor plano del emplatado, repasa los avisos comerciales del siguiente bloque y sigue cocinando. Las hornallas permanecen encendidas durante los cortes y, desde el control, otro equipo de personas trabaja para que el programa que regresó a Canal 10, salga al aire.
La música marca el regreso del programa. Graña retoma la receta, improvisa una anécdota sobre la mostaza, bromea con Chucho, la voz en off del canal, mientras una productora cambia los carteles con los textos de los PNT. Todo ocurre al mismo tiempo y, sin embargo, el cocinero nunca pierde el hilo de la preparación ni la charla con la audiencia.
Es un escenario que parece natural porque hay años de oficio. Hace una década, Graña pisó por primera vez Canal 10 para hablar de su experiencia como chef privado, en La mañana en casa. Entonces, María Inés Obaldía le preguntó si alguna vez imaginaba cocinar en esa misma cocina. “Sería un honor y un sueño”, respondió. Diez años después, ese sueño se convirtió en En su salsa, que conduce en vivo de lunes a viernes al mediodía. Entre tanto pasó por VTV y dio sus primeros pasos en Canal 10.
El regreso del ciclo nació del empresario Alfredo Villalba que quería desarrollar un ciclo de cocina con Graña al frente. El proyecto tomó forma en coproducción con Canal 10, que reflotó el nombre En su salsa, utilizado años atrás por Sergio Puglia, quien fue el primer invitado de esta nueva etapa. La propuesta combina cocina y charla con invitados, una fórmula que, según Patricia Lafuente, productora comercial del programa, encuentra en Graña a su conductor ideal. “Jesús se merecía un programa propio. Tiene carisma, explica muy bien y hace que cualquiera sienta que puede cocinar”, resume.
Con el último aplauso del equipo y el estudio todavía perfumado por el solomillo recién terminado (y varios técnicos ya prontos para probar), Graña se sienta para conversar con El País. Aún conserva la emoción del estreno y, cada vez que intenta explicar cómo llegó hasta ahí, vuelve una y otra vez a la misma idea: los sueños, dice, llegan cuando tienen que llegar.
—Recién terminó el programa y todavía se te nota emocionado. ¿Ya caíste en que el sueño se hizo realidad?
—Todavía no (risas). Hace diez años vine por primera vez a este canal, hoy estoy conduciendo un programa y todavía hay momentos en que pienso: “¿Será verdad que esto me está pasando?”. Ayer, mientras me bañaba, me preguntaba justamente eso, si al otro día me iba a despertar para hacer otro programa en vivo o si todo había sido un sueño.
—Has mencionado a Fito Galli como una persona fundamental en esta carrera.
—Es uno de mis padrinos en la televisión, como Claudia Fernández y muchos amigos de otros canales. Fito me enseñó muchísimo. Por ejemplo, nunca olvidarse de disfrutar lo que se está viviendo. El otro día me escribió: “¿Viste que todo llega cuando tiene que llegar?”.
—Antes de dedicarte a la gastronomía tenías un cargo importante en una empresa.
—Sí. Administraba una empresa enorme, tenía 2.800 personas a cargo y ganaba muy bien. Pero no era lo mío, y renuncié sin saber bien qué iba a hacer después.
—¿No sentiste miedo?
—Muchísimo. Pero fueron mis amigos los que me rescataron. Uno me abrió las puertas de su restaurante y otro me pidió que fuera a cocinarle los domingos. Ahí nació Food & Friends y empecé a cocinar en casas de familia.
—¿Ese fue el verdadero comienzo del Jesús Graña que hoy conoce la gente?
—Sí. Yo iba a la feria, compraba las verduras, recorría los puestos, elegía los quesos y después iba a cocinar. Quería demostrar que se podía comer rico sin gastar una fortuna. Por eso sigo yendo a las ferias. El domingo fui a comprar las verduras para el programa y los feriantes me decían: “Seguís viniendo igual”. Claro que sigo yendo. Ahí está mi historia.
—¿Qué buscás transmitir cuando cocinás en televisión?
—Que cocinar no sea algo inaccesible. Mi madre fue maestra y siempre me decía que explicar bien es tan importante como saber. Me gusta que quien está del otro lado sienta que puede hacer esa receta en su casa. Pero además: quiero acompañar. Hay mucha gente que almuerza sola. Si durante media hora lográs cambiarle el ánimo a alguien, hiciste la diferencia.
—Eso explica por qué el programa tiene tanto espacio para que puedas conversar mientras cocinás.
—Exacto. La cocina es una excusa para hablar de la vida. Por eso vamos a tener invitados. Mientras cocinamos aparecen historias, recuerdos, anécdotas. Me interesa mucho más eso que simplemente enseñar a hacer una receta.
—También hablás de tu esposa, Flor.
—Sí, porque este sueño es de los dos. Ella sostuvo todo durante años. Las carteleras de los PNT las hizo en casa, anoche noche cuando nuestra hija se durmió. No existiría el Jesús que aparece en televisión si no hubiera una Flor atrás bancando todas, las buenas y las malas.
—¿Qué sentís cuando la gente te dice que este programa parecía estar esperándote?
—Muchísimo agradecimiento. Yo soy un gran consumidor de televisión uruguaya. Toda la vida soñé con estar en este lugar, en esta cocina. Veía todo, noticieros, programas, estudiaba cómo hablaban los conductores. Nunca sentí que esto fuera inalcanzable, pero sí sabía que había que trabajar muchísimo para llegar.