Hay estrenos que tienen un peso especial. Para Leonardo Lorenzo, ¿Estás ahí? es uno de esos casos. La comedia de Javier Daulte, que protagoniza junto a Karina Molinaro desde este jueves y hasta el domingo, siempre a las 20.30 en el Auditorio Nacional Adela Reta (entradas en Tickantel), comenzó mucho antes de los ensayos. Nació cuando ambos, pareja desde hace poco más de un año, decidieron que querían compartir escenario y emprendieron la búsqueda de una obra para hacerlo realidad.
Lo que empezó como un proyecto personal terminó convirtiéndose en una producción ambiciosa. Además de una escenografía compleja y una puesta que incorpora recursos de magia y efectos teatrales, la obra plantea un desafío poco habitual: construir la presencia de un personaje que nunca aparece en escena.
La historia sigue a Fran y Ana, una pareja que se muda a vivir junta y descubre que en la casa hay una presencia inesperada. Ese fantasma nunca se ve, pero condiciona cada escena. Tanto Lorenzo como Molinaro deben convencer al público de que ese tercer personaje existe, interactuando con alguien invisible durante toda la función.
Para Lorenzo, además, el estreno llega en un momento de plena actividad. Mientras continúa al frente del magazine de Canal 5, regresa a un escenario con una obra que lo obliga a explorar nuevos recursos actorales y que, al mismo tiempo, tiene un fuerte componente personal. “Esta es una obra que nace del amor”, resume durante la charla con El País, convencido de que el proyecto excede lo artístico y representa también un sueño compartido con su pareja.
Con más de tres décadas de trayectoria como actor, comunicador y una de las caras más reconocidas de la televisión uruguaya, Lorenzo habla de la comedia, el trabajo del actor y hasta de Una forma de bailar, película que marcó el inicio del cine uruguayo contemporáneo.
—¿Qué tiene de diferente ¿Estás ahí? respecto a otras comedias que has hecho en este último tiempo?
—El gran desafío es ese tercer personaje que nadie ve. Nunca te enseñan a actuar con alguien invisible. Siempre construís una escena reaccionando a otro actor; acá ese compañero no está. Tenemos que imaginar sus movimientos, sus gestos y hasta sus emociones para que el espectador también pueda imaginarlos. Es un trabajo muy exigente.
—¿Qué fue lo más difícil de construir?
—Creo que justamente el actuar con alguien que no está. Pero además sentimos que este proyecto merecía ir un paso más allá. No queríamos conformarnos solamente con resolver ese desafío desde la actuación. Por eso trabajamos con un mago e incorporamos distintos efectos teatrales. No son efectos especiales tecnológicos; son recursos teatrales. Creo que eso hace que la experiencia sea todavía más sorprendente.
—Mucha gente te identifica primero con la televisión gracias a muchos años en la pantalla. ¿Todavía te sorprende que “descubran” tu faceta como actor de teatro?
—Me causa mucha gracia. La televisión tiene una presencia muy fuerte y es lógico que mucha gente me relacione con eso. A veces alguien ve una obra y me dice: “No sabía que actuabas”. Nunca me molestó eso; al contrario, lo tomo con humor.
—¿Sentís que la televisión tapó al actor?
—No creo. Son trabajos complementarios. No me jubilaría ni de la televisión, ni de la radio, ni del teatro. Cada uno alimenta al otro. La televisión acerca gente al teatro y el teatro también enriquece lo que uno hace frente a una cámara. Siempre los viví como mundos que se potencian, no que se contraponen.
—Al también ser pareja fuera del escenario, al menos los nervios previos al estreno se comparten.
—Sí, hay nervios, pero son distintos a los de cualquier estreno. Porque esta es una obra que nace del amor. Nace de una pareja (Karina y yo), que decidió que además de vivir juntos, también queríamos hacer teatro juntos. Así que se vive con intensidad y bastante estrés, pero es un estrés que nosotros mismos elegimos.
—Como ustedes, la obra habla de una pareja que empieza a convivir. ¿Encontraron algún punto de contacto con lo que están viviendo?
—Sí, claro. Nosotros también estamos viviendo ese momento de empezar la convivencia. Después la historia toma un camino distinto porque aparece una presencia sobrenatural, pero esa carga afectiva inevitablemente viaja con nosotros al escenario. Los personajes no tienen nada que ver con nosotros y la situación tampoco, pero sabemos que cuando estemos en el camarín o se abra el telón vamos a recordar todo el recorrido que hicimos para llegar hasta acá.
—Te cambio de tema porque fuiste el protagonista de Una forma de bailar, una película que muchos consideran un punto de partida para el cine uruguayo contemporáneo. ¿Qué recordás de aquel momento?
—Creo que apareció en el momento justo. Veníamos de una enorme expectativa con El dirigible, una película que el público no terminó de comprender. Una forma de bailar era una historia mucho más cercana, donde la gente podía verse reflejada. Era una película pequeña, con muchos actores que recién empezábamos, pero logró conectar con el público. Yo siento que fue un mojón para el cine uruguayo. Ayudó a romper el prejuicio de que una película uruguaya era buena o mala simplemente por haber sido hecha acá. La gente empezó a juzgarla por la historia que contaba. Además, mucha gente que participó en esa película, delante y detrás de cámara (como Pablo Stoll, Guillermo Casanova y Aldo Garay, entre otros), terminó siendo protagonista del crecimiento que tuvo el cine uruguayo en los años siguientes.
—Después de más de treinta años de carrera, ¿qué sigue haciéndote disfrutar de empezar un personaje desde cero?
—Pasa que justamente ese es el oficio del actor. Las funciones son una parte del trabajo, pero el verdadero disfrute empieza mucho antes que se levante el telón. Empieza cuando recibís un texto que está escrito en una hoja de papel y tenés que transformarlo en una voz, una manera de caminar, una mirada, un ritmo. Porque hay que crear algo que antes no existía. Por eso, por ejemplo, cuando hice Un dios salvaje, decidí no ver la película. No quería incorporar, aunque fuera inconscientemente, cosas que otro actor había construido. Lo que me entusiasma es descubrir el personaje por mis propios medios, equivocarme, frustrarme, volver a empezar y finalmente encontrar algo propio. Todavía hoy, después de tantos años, cuando escucho el murmullo del público antes de salir a escena siento la misma emoción que al principio. Sé lo difícil que es llenar una sala y, sin embargo, cuando se abre el telón todo vuelve a empezar desde cero. Esa sensación de empezar otra vez sigue siendo una de las cosas que más disfruto de este oficio.