Uno de los grandes actores argentinos, Julio Chávez vuelve a Montevideo, un lugar en el que ha dicho, siempre ha recibido respeto y cariño. Esta vez viene con La ballena, la obra de Samuel D. Hunter que el mundo conoció por la versión cinematográfica de 2022 que le dio un Oscar a Brendan Frasier.
Ahora -con dirección de Ricky Pashkus y elenco en el que también están Laura Oliva, Octavio Murillo, Manuela Yantorno y Emilia Mazer- es Chávez quien se pone en el traje de Charlie, un profesor de literatura con obesidad mórbida que quiere reconstruir el vínculo perdido con su hija adolescente. Aislado en su casa, su única compañía ocasional es una amiga y un muchacho con quien tiene debates religiosos.
Estará el lunes 20 a las 21.00, en la sala Eduardo Fabini, la principal, del Auditorio Nacional Adela Reta. Las entradas, en Tickantel, van de 1.500 a 4.500 pesos.
Estrenada en el Paseo La Plaza de la porteña calle Corrientes en mayo del año pasado ue saludada por la crítica haciendo énfasis en el trabajo de Chávez dentro de un traje que le da el aspecto del protagonista. El actor, sin embargo, le contó a El País que no es para tanto y que su intención es presentar a Charlie como un personaje más allá de su obesidad. Dijo, además, que no vio la película.
La última vez que Chávez -quien en persona es muy simpático y de charla expansiva e interesante- estuvo en Uruguay fue en noviembre de 2022 en El Galpón con Yo soy mi propia mujer de Doug Wright. Era uno de los papeles clásicos de un actor con un carrera destacada y elogiada en cine, televisión y teatro, ese primer amor sobre el que siempre está reflexionando. Sobre ese oficio, La ballena y cómo era de estudiante, El País volvió a charlar con Chávez.
—¿Es muy intenso personificar a Charlie en La ballena?
—Se ve más intenso de lo que es. O, por lo menos, yo no experimento intensidad. Cuando empecé a familiarizarme con el traje y con el peso, que tampoco es terrible, entendí que, más que resistirme o establecer una especie de divorcio entre esa cosa y mi ser, tenía que atravesarlo, estar ahí adentro. Tiene sus dificultades. Si voy a un teatro que tiene escaleras, se complica. Y tengo que estar muy atento con el tema del baño: dejo de tomar líquidos cuatro horas antes para no tener ganas de ir cuando ya tengo puesto el traje, porque ahí no hay manera. Entonces decidí usar pañales. Si en algún momento siento que me hago pis, no será lo más grato del mundo, pero los bebés usan pañales y los viejitos también. Y viven.
—¿Esa incomodidad la integra al personaje?
-No podría hacer la obra sin el traje. Las acciones que hago, la relación con los objetos, son un casamiento entre la acción, el traje y mi persona. Es hermoso hacer teatro. Te disfrazás y, de golpe, el traje te da otro ritmo, otra manera de moverte. No soy un actor que tenga mucha mística con la dificultad. O, por lo menos, no me gusta ponerla en escena.
—¿Desde dónde toma un personaje así? No es necesariamente desde que es un obeso.
—Eso es lo que menos pienso porque para eso está el traje. Estoy más ocupado en todo lo que no tiene de obeso, en los aspectos de Charlie que son absolutamente humanos. Por eso no pienso, cuando estoy en escena, en estar haciendo la vida de un obeso. Entiendo que lo es y me ocupo de relatar ciertas cuestiones en su movimiento, en sus cosas. Pero lo que más me agradezco de esta experiencia es la construcción de la humanidad de Charlie y no haberme quedado en la estación de “Soy un obeso, soy un obeso”. Incluso le pedí a la dirección, y por suerte lo atendieron, que no quería comer tanto como se pedía en la obra: me resultaba un acto de exhibicionismo desagradable. Es claro que, si está así, es porque morfa como un animal. Obvio. Pero todo el tiempo poner eso ahí para mostrar lo enfermo que está, la adicción que tiene.
—La película es distinta...
—No la quise ver pero entiendo, por lo que me dicen, que no establece empatía con el personaje, sino con algo que tiene que ver con que es un diferente. Por eso, cuando se me decía que en las redes se estaba hablando de la inclusión, yo contestaba que estaba haciendo un trabajo de inclusión al incluir a Charlie en el problema de la humanidad. Es como si una persona con obesidad mórbida no tuviera problemas con la religión, por ejemplo. La intención, y creo que es lo que logramos, es que el espectador empatice con Charlie, que se olvide de su gordura, que lo entienda.
—No generar lástima.
—No me gusta la lástima en la construcción de los personajes.
—¿Le cuesta salirse de los papeles?
—No. Entiendo qué significa entrar en el personaje y también abandonarlo, pero no le hallo nada extraordinario. A veces me da un poco de envidia cuando escucho colegas que dicen que, después de la función, les cuesta salir del personaje. A mí no me cuesta nada. Se terminó el espectáculo y se terminó. No tengo nostalgia. Y eso que le pongo todo mi afecto, pero no es un afecto que me deje pegado. Se termina la obra y listo. Hasta te diría que no me acuerdo de las letras de las obras que dejé de hacer. Estoy seguro de que, si empiezo a leer el libro, vuelve, pero si me preguntan cómo era una escena determinada, no me acuerdo.
—¿Cómo funciona la memoria para un actor? ¿Se es más memorioso cuando joven?
—No te creas. Eso que te decía tiene algo bueno: vacío la memoria y siempre queda lugar para otra cosa. Igual nunca pongo mi memoria en juego. No hay una sola función en la que no repase toda la letra de la obra. No confío. Prefiero prepararme. Y a veces me digo: “Pero la hiciste ayer, Julio”. Sí, ya sé, pero la vuelvo a pasar. No padezco aún problemas de memoria, pero no me confío. Por eso voy cuatro horas y media antes de cada función.
—¡Es un montón!
—Aprendí el oficio así. Si yo no me ocupara de esta manera, no le encontraría el gusto a ser actor. No lo sería. Me gusta tomarme el trabajo que el oficio me pide. Es una manera de entender el oficio.
—Siempre habla del oficio, nunca del arte.
—Bueno, si usamos la palabra arte en su sentido original, que es hacer, entonces sí. Pero incorporemos a los cocineros y a tantos otros. Pero si hablamos de lo que hoy entendemos por arte, qué sé yo. Podría ser, por ahí, algo que posibilite un hecho artístico, pero a veces no aparece como resultado del esfuerzo. No sé. Jamás fui invitado a la mesa del arte sin tener que pagar. Y no sé si he comido en esa mesa. Siempre me tocó ocuparme.
—Por un lado, habla del teatro como algo completamente natural y, por otro, casi lo sacraliza. ¿Cómo conviven esas dos cosas?
—Claro. Un sacerdote no entra todos los días a la iglesia diciendo: “¡La iglesia!”. Entra, limpia, barre, hace su vida. Pero sabe que ese es el lugar donde ejercita su fe. Para mí es así.
—Es docente. ¿Qué diferencia ve entre usted como estudiante y las nuevas generaciones?
—Hay menos fe en creer que hay una mística, un gusto por pensar en el futuro. A mí me enseñaron diciéndome: “Andá al teatro, andá a verlo a Miguel Ligero, andá a verlo a Osvaldo Terranova, porque vas a ver lo que el oficio te va a regalar con los años”. Si hoy le planteás eso a un joven, no entiende y, en general, no tiene esa mirada un poco romántica o naif del valor de los maestros. Vas a despertar más fe con alguien al que le decís: “Con esto vas a lograr rápidamente algo”. Yo estoy formado más bien para que, con el tiempo, si te ocupás, vas a obtener algo. Hoy es “plantá el árbol y a la noche te va a dar membrillos”. Yo ni sabía de verdad que quería ser actor y ya leía los libros con una cierta fascinación y como queriendo pertenecer a eso de lo que hablaban. Y tenía mucha fe. Y siempre quise agradar a mis maestros: trabajaba para que me pongan sobresaliente. Estoy formado de esa manera y aunque hoy quizás lo pueda poner en duda, para mí fue un estímulo.
—Esa idea de los maestros y las nuevas generaciones está presente en el Charlie de La ballena.
—Charlie es un hombre preocupado por la dificultad que tienen los jóvenes de ser personales en un momento donde aparentemente hay tanta libertad. Tanta libertad y lo difícil que es tener una mirada propia acerca de algo, trascender lo común, lo lógicamente social, lo convencional, lo aprobado, lo legitimado, y atreverte a decir cómo es para vos. En ese sentido tuve grandes maestros y, por otro lado, he tenido también algo de mi naturaleza: no soy una persona muy social, no soy de manada. No me siento obligado a pertenecer y eso, en un sentido, trae sus contras o dificultades, pero tiene sus ventajas en el arte.
—¿Y todavía siente que le quedan cosas por descubrir?
—La ballena me dio el descubrimiento de que sigo completamente enamorado del laboratorio. No hago productos de taquito. Me gusta el oficio y los problemas, las particularidades y las posibilidades que ofrece. Y también sus dificultades. Porque muchas veces no acertás. Me emociona más el que corre todo el partido y no hace un gol que Maradona o Messi.