Hace apenas una década, Juampi González construía sus espectáculos alrededor de situaciones que cualquiera podía reconocer: la convivencia con sus padres, los tropiezos de la soltería, las primeras experiencias de vivir solo o esos pequeños momentos incómodos que terminan convirtiéndose en materia prima para el humor. Esa mirada cotidiana, sumada a personajes que se hicieron virales como Alessandra Teapoya y su crecimiento en las redes sociales, lo convirtió en uno de los nombres más populares del género en Argentina, y en un visitante habitual de Montevideo.
Con el tiempo fue cambiando su forma de escribir. A punto de cumplir 40 años, González sintió que había preguntas que ya no podía responder únicamente desde la anécdota. Empezó a mirar hacia adentro y a cuestionarse algunos de los mandatos con los que creció: la idea de que antes de determinada edad hay que tener una pareja estable, hijos, una casa propia o una carrera resuelta. Ese proceso personal terminó convirtiéndose en Oveja negra, su cuarto unipersonal, que presentará este viernes en el Teatro Stella. Quedan pocas entradas por Redtickets.
Más que un espectáculo sobre la soltería o el paso del tiempo, Oveja negra nació de una pregunta más incómoda: cuánto de la vida que perseguimos responde a un deseo propio y cuánto a un mandato.
Lejos de abandonar el humor, el comediante utiliza esas inquietudes como punto de partida para un espectáculo que alterna la risa con la reflexión. Habla del vértigo de llegar a los 40 sin haber marcado esos casilleros que durante tanto tiempo parecieron obligatorios y de sentirse distinto, incluso cuando tiene claro que muchos de los espectadores atraviesan exactamente las mismas dudas.
La transformación no es solo temática. Después de varios espectáculos con una puesta más teatral, donde se apoyaba de videos y personajes, González vuelve a presentarse solo, con micrófono en mano, apostando a la palabra, la improvisación y la cercanía con el público.
“Quería volver a las bases”, resume el comediante.
En charla con El País, el humorista habló sobre ese cambio, la presión de llegar a los 40 con la vida resuelta, el peso de las expectativas sociales y cómo convive con las exigencias que marcan hoy las redes sociales.
—En tus primeros espectáculos el humor estaba muy apoyado en las anécdotas cotidianas. ¿Hoy sentís que escribís más desde un lugar introspectivo?
—Sí, mezclo un poco las dos cosas. Este espectáculo habla de una etapa más profunda de mi vida. Cuando uno empieza a hacer stand up suele escribir sobre temas muy universales, para que todos puedan sentirse identificados, y no cosas tan personales. Con el tiempo también empezás a encontrar otros temas para contar. Oveja negra mezcla esas dos facetas: sigue habiendo muchas situaciones cotidianas, porque el stand up trata de eso, de lo que le pasa a uno, pero también aparecen cuestiones más introspectivas.
—En esto de cambiar, ¿se modificó en algo la forma de hacer el espectáculo?
—Sí. Una de las búsquedas era volver un poco a las bases, al stand up más clásico. De hecho, vuelvo a hacer el show con el micrófono en la mano después de mucho tiempo de usar vincha y tener una propuesta más “teatral”, por decirlo de alguna manera.
—En este tiempo en los escenarios, ¿hubo algo que te costó decidir contar porque era demasiado personal?
—Sí, porque hay algunos temas que son más delicados. El espectáculo pone en discusión cosas como la pareja o las relaciones y ahí se genera un momento de tensión en la sala, que a mí también me gusta. Juego con eso porque quiero que todos se animen a cuestionarse los mandatos.
—El espectáculo parece hablar de una generación que creció creyendo que antes de los 40 había que tener pareja, hijos, casa, auto...
—Sí, cuestionamos muchos de esos mandatos. Yo rompí varios cuando dejé la carrera de Ingeniería para dedicarme al arte. Y poder llevar esos temas al escenario está bueno porque, aunque la gente se ríe y la pasa bien, también está bueno que haya algo que toque alguna fibra. Además hablo mucho de las redes sociales y de los tiempos en los que vivimos.
—Aprovecho eso porque fuiste de los primeros que explotó con sus personajes en las redes sociales. Hoy el algoritmo cambia todo el tiempo. ¿Cómo se sobrevive a esa velocidad?
—No hay ninguna fórmula. Más allá de lo que funcione por la coyuntura, hay que hacer lo que a uno le gusta y lo que siente. Si vivís persiguiendo al algoritmo terminás abandonándote a vos mismo. Eso tiene fecha de vencimiento: llega un momento en que te cansás o dejás de disfrutarlo.
—¿No sentís la obligación de subir contenido aunque no tengas nada para decir?
—Todas esas preguntas me las hago. Pero prefiero hacer algo que realmente me represente antes que publicar por publicar.
—Llevás más de una década viniendo a hacer stand up. ¿Qué aprendiste sobre hacer reír que el Juampi de 2016 todavía no entendía?
—Aprendí que los momentos bajos también forman parte del oficio. Cuando empezás no lo entendés, pero con los años descubrís que los altibajos también te hacen crecer.
—El título Oveja negra tiene algo de reivindicativo. ¿En qué momento de tu vida sentiste que eras la oveja negra?
—Desde chico sentía que hacía las cosas al revés que los demás. Siempre tuve esa sensación de ir por otro camino.
—Si el público sale del teatro recordando una sola idea, además de haberse reído, ¿cuál te gustaría que fuera?
—Que se hagan preguntas. Si pasa eso, para mí la misión está cumplida. Se trata de preguntarte si esa vida que sentías que tenías que cumplir era realmente la que querías.