Aquel sábado 18 de setiembre de 1971, en la esquina de Andes y Mercedes, alguien creyó que había empezado a llover. Eran las 17.05 y, en el Estudio Auditorio del Sodre, el director Hugo López ensayaba con músicos y bailarines Un ballo in maschera, de Verdi, que se había estrenado la noche anterior, cuando un ruido extraño empezó a sentirse en el edificio. Después llegaron los gritos de los cuidadores de la Escuela de Ópera. Enseguida, el fuego.
Diez minutos más tarde, según reconstruyó El País al día siguiente, el techo del teatro cayó con estrépito. Antes de las 17.30, la sala y el escenario estaban consumidos. A las 18.00, el incendio alcanzaba su punto culminante y, a las 19.00, la Policía acordonaba los alrededores ante el temor de un derrumbe. La crónica resumió la escena en un título: "El fuego comenzó a las 17.05 y en diez minutos la esquina de Andes y Mercedes era un horno".
Hoy se cumplen 55 años de aquel incendio, una de las mayores tragedias de la cultura uruguaya. En minutos desapareció la sala que durante cuatro décadas había sido casa de la Orquesta Sinfónica, la ópera y el ballet. El fuego arrasó sala, escenario, vestuario, escenografías e instrumentos. Y abrió un vacío que demoraría décadas en cerrarse.
Aquellas fotos en blanco y negro parecen haber fijado el tono de esa jornada. Algunas, digitalizadas ahora en el archivo de El País, muestran bomberos con mangueras, la fachada que todavía anuncia “Temporada de ópera y ballet” y papeles lanzados a la calle para salvarlos. Dos días después, el diario publicó otra toma hecha “desde la azotea de un edificio”: desde arriba, el teatro era un hueco rodeado por galerías destruidas. El epígrafe de otra imagen fue seco, casi un latigazo: “Cuando todo se considera perdido”.
La edición del domingo 19 reconstruye aquellas horas casi minuto a minuto. Los bomberos llegaron en menos de diez minutos. El edificio tenía fachada nueva, pero adentro conservaba una enorme estructura de madera. Hubo problemas con el agua: las mangueras tuvieron que extenderse varias cuadras y una llegó hasta 18 de Julio. El incendio se había originado por un cortocircuito.
La esquina se volvió imposible de ordenar. Bomberos, policías, músicos, periodistas y curiosos se mezclaban frente al edificio; cada uno parecía tener algo que salvar. “Uno pide prioridad por el material musical, otro ruega que se salve lo relacionado con la radio, otros pierden la cabeza por las películas”, relató un bombero a El País. “Hasta el boletero pidió que le salvaran los boletos. Y no es exageración”, agregó. Otro resumió el desconcierto: “No hay forma de detener a esta gente”. La tapa informaba también de otro episodio trágico: “Un muerto. No oyeron la sirena del autobomba”.
Adentro, sin embargo, el caos logró organizarse. Funcionarios y músicos improvisaron una cadena humana para rescatar el archivo musical y las partituras. Era mucho más que papel: muchas obras de autores uruguayos no tenían copias. Hugo López, que minutos antes ensayaba para una función que ya no se realizaría, participó del rescate.
Las nuevas imágenes ponen cuerpo a ese relato. En una, hojas y partituras vuelan hacia la calle mientras hombres de saco y corbata, policías y bomberos tratan de atraparlas. En otra, un piano de cola aparece sepultado entre vigas, hierros y escombros; el teclado todavía se distingue bajo la madera quemada. Otra fotografía muestra rollos y cintas cinematográficas calcinados.
Con el paso de las horas empezó a conocerse la dimensión real de las pérdidas. El archivo musical y numerosos instrumentos se salvaron, pero quedaron destruidos vestuarios, escenografías, piezas que estaban en el escenario y material cinematográfico. López explicó después que en aquellas partituras rescatadas había 40 años de anotaciones.
Cuando los bomberos autorizaron el ingreso, los músicos fueron a buscar sus instrumentos. El País habló de un “reencuentro emocionante”. El violinista Nelson Govea comprobó que su instrumento, de 1780, seguía intacto. Un músico revisó su viola: lo compró por 1.500 dólares, explicó, pero su verdadero valor era imposible de calcular. El pianista Luis Batlle Ibáñez lo resumió así: “Para nosotros es nuestra vida”.
Las escenas más fuertes también estaban afuera. Jorge Faget Figari, presidente del Sodre, se enteró del incendio porque lo llamó un mozo del bar de la esquina. Cuando llegó, el fuego envolvía el teatro. El País escribió que “se llevó las manos a la cara y lloró inconteniblemente” y que durante esas horas “lució como un sonámbulo”. Varias veces se acercó a las puertas bloqueadas por los bomberos y llegó a entrar acompañado por la policía.
Antes de ser Estudio Auditorio, aquel edificio había sido el Teatro Urquiza, inaugurado en 1905. El Sodre tomó posesión del recinto y lo abrió como sala en 1931. Por allí habían pasado figuras como Enrico Caruso y, ya bajo la órbita del organismo, algunas de las grandes batutas, cantantes y concertistas de su tiempo. Durante décadas, aquella esquina concentró ópera, ballet, conciertos, radio y archivos. El País tituló uno de sus recuadros “Esquina con 70 años de música”.
Aun con el edificio humeando, la discusión sobre el futuro empezó enseguida. El domingo 19, mientras los bomberos seguían removiendo escombros y buscando focos de fuego, el Poder Ejecutivo estudiaba dónde funcionaría provisoriamente el Sodre. Se habló del subsuelo de la Biblioteca Nacional, del Solís y de la Sala Verdi. Los cuerpos estables tendrían que repartirse. Esa misma noche se creó un comité nacional de apoyo. A las 22.00, según la crónica, el incendio “languidecía”.
El lunes 20, Faget Figari decía a El País que “nada de lo perdido es insustituible”. Eso sí: la temporada de ópera, que acababa de estrenar su segundo título, estaba perdida. El gobierno prometía apoyo y el Parlamento buscaba recursos. Dos días después del desastre, la palabra que se repetía era reconstrucción.
Parecía hablar de un futuro cercano. No lo fue.
El incendio abrió una provisionalidad que marcaría al Sodre durante casi cuatro décadas. La institución siguió funcionando, pero sin su sala mayor. La Orquesta Sinfónica, el Ballet, el Coro y los demás cuerpos repartieron su actividad entre distintos escenarios. El antiguo Cine Eliseo, luego Sala José Brunet y hoy Auditorio Nelly Goitiño, fue uno de sus principales refugios. La esquina de Andes y Mercedes quedó en espera.
La reconstrucción atravesó gobiernos y demoras. El golpe de Estado de 1973 relegó el proyecto. Con el regreso de la democracia, en 1985, la ministra Adela Reta volvió a impulsarlo mediante un concurso internacional. Las obras empezaron en 1989 y avanzaron a ritmos distintos durante años.
Recién en noviembre de 2009, 38 años después del incendio, el nuevo Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta quedó inaugurado. La esquina era la misma, pero casi todo había cambiado. Donde estuvieron el Teatro Urquiza y el Estudio Auditorio se levantaba un complejo que devolvía a los cuerpos artísticos una sede propia y convertía otra vez a esa esquina en epicentro cultural.
Hay un objeto que une ambos edificios. Entre junio y agosto de 1939, Erich Kleiber dirigió a la Ossodre en las nueve sinfonías de Beethoven, un ciclo que se volvió tradición. Una placa de bronce recuerda aquellas jornadas y celebra “la magistral interpretación” de aquel ciclo.
Sobrevivió al incendio de 1971 y hoy está junto a la entrada de la Sala Hugo Balzo. Cualquiera que pase por allí puede verla. Es una pieza del viejo Estudio Auditorio, un testigo silencioso que atravesó el fuego y llegó hasta el Sodre de hoy.
Vea más imágenes inéditas del 18 de setiembre de 1971, rescatadas por el equipo de archivo fotográfico de El País
Equipo de archivo de fotografía de El País: María Artus y Fabián Centurión