Se preestrena hoy en Cinemateca 18, y entrará la semana próxima en el circuito comercial el documental "Siete instantes", evocación de experiencias de "presos políticos" (sobre todo presas) de la uruguaya radicada en México, Diana Cardozo.
Siete instantes recoge los testimonios de varias mujeres y algunos hombres (los más notorios: Julio Marenales, Samuel Blixen) que integraron el MLN-Tupamaros durante el período que desembocó en los "años de plomo". Su directora Cardozo vive en México desde hace veinte años, y en ese país ha desarrollado la mayor parte de su carrera cinematográfica. Estudió Ciencias Sociales en la Ucudal (Uruguay) y cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica de México. En el medio hizo periodismo (fundamentalmente sobre política internacional) en diversos medios, entre ellos el argentino Página 12. Siete instantes es su primer largometraje, luego de haber hecho varios cortos (Fronterizos, 1999; Solo una sombra, 2000; Once, 2003; La luna de Antonio, 2003; Treinta años no es nada, 2008).
La directora, que estuvo en Montevideo el año pasado para una presentación de su film, y ha vuelto ahora para su lanzamiento comercial, ha dicho que no se trata de "una historia de tupas". Podría agregarse con alivio que tampoco se trata del equivalente cinematográfico de lo que Hebert Gatto ha denominado sagazmente "la literatura de las virtudes" de la guerrilla, ese material hagiográfico que suele inundar las librerías y del que acaso La leyenda de Yesse Macchi sea, ya desde el título, un ejemplo paradigmático.
Más seriamente, lo que el film propone es una serie de "historias de vida", retratos dramáticos de personajes que en determinado momento enfrentaron opciones drásticas y hoy las admiten, no sin desgarramientos, no sin ambigüedades, delante de la cámara: irse o quedarse, hablar o no (y si era "no", seguir siendo torturado/a), matar o no. El film debe ser uno de los primeros, sino el primero, donde algunos de los participantes hablan de cosas como la delación, la relación con quienes tenían secuestrados o el asesinato del peón Pascasio Báez, que tuvo la desgracia de estar en el lugar y el momento equivocados y fue muerto a sangre fría, por ejemplo. "Quise evitar las simplificaciones, la leyenda, la victimización", ha dicho la cineasta.
Cuando se le pregunta si esa idea central estaba ya en el comienzo del proyecto, la respuesta es afirmativa. "Sabía lo que quería". Pero hay cosas que surgen solas en el momento del rodaje: durante una de las entrevistas se abre intempestivamente una puerta (la hija de trece años que llega), y el gesto de terror y alarma, producto de un pasado de clandestinidad, que aparece en el rostro de la interrogada de turno, no es "a propósito". La realidad inmediata vence a toda preparación, y un solo plano cinematográfico resulta más revelador que mil palabras.
El otro riesgo del que Cardozo era consciente, trató de evitarlo y casi siempre lo logró, es el de hacer una mera película de "cabezas parlantes": no sólo hay gente que habla en su film. También hay bastante cine, un dato que reafirma el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, quien ha señalado igualmente que la presencia mayoritaria de mujeres en el film no se debió a "un intento deliberado de dar voz a las mujeres tupamaras", sino que fue el resultado de una opción de organización de los materiales, una vez que Cardozo advirtió que los relatos de las mujeres no tenían el tono de "autojustificación", más común en los testimonios masculinos, y eran más directos y (en palabras de la directora) más "auténticos".