A 15 años de su fallecimiento, la música de Amy Winehouse sigue vigente. Los Rolling Stones, por ejemplo, versionaron “You Know I’m No Good”, uno de los hits de la artista, en su nuevo álbum Foreign Tongues.
Dos discos de estudio y ocho años de carrera bastaron para que la artista británica se gane el paso a la eternidad. Su estilo compositivo, producto de la mezcla entre ironía, humor y una inocencia rota, se combinó junto a un soul y jazz que provenían de otra época. Winehouse, que se crió escuchando a Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan y Ray Charles, tenía claro que quería seguir esos pasos. Agregó el ska, el hip-hop y un poco de R&B como complementos contemporáneos que le permitieron jugar y darle vuelo a un estilo musical propio.
Su voz era contralto de rango amplio con el que le daba nuevas vidas a sus canciones en el vivo. Sobre el escenario y con actitud despreocupada, la inglesa hacía pasar su virtuosidad por cosa fácil, como si se tratara de un trámite.
Winehouse se convirtió en una artista masiva que mantuvo el espíritu de una independiente, desde la transparencia con los asuntos de su vida privada hasta la autenticidad para elegir qué música quería hacer. Eso la convirtió en un fenómeno fascinante, también para los tabloides británicos. Ella nunca tuvo hambre por la fama y el reconocimiento.
Con 18 años lanzó Frank, su disco debut. Un trabajo de una madurez inusual para una artista de su edad, con letras sarcásticas, reflexivas y un homenaje a “Lullaby of Birdland”, de Ella Fitzgerald, en “October Song”.
Luego de Frank, desapareció por unos años del ojo público y volvió en 2006 con su consagración: Back to Black, un álbum atravesado por el dolor luego de su ruptura con Blake Fielder-Civil, su exesposo.
La honestidad en sus letras nace de un vaivén entre la melancolía, el amor no correspondido, el subsecuente rencor y rabia. Por momentos, usa el humor y por otros la crueldad de quien sabe que fue abandonada. Alterna entre los reproches a él y los que se hace a ella misma y explora la soledad y todas las formas tóxicas de hacerle frente, en una oda al proceso de duelo amoroso.
Con Mark Ronson y Salaam Remi, su gran colaborador, en la producción, logró un trabajo pulido y alabado por la crítica.
Todo en su figura era propio de otra época. El género musical, los vestidos pin-up, el peinado colmena y su banda vestida de traje y fedoras.
Con 25 años, ya tenía dos álbumes, una identidad artística definida y un Grammy a Artista Revelación. Tenía el mundo a sus pies, pero no lo que quería: amar y ser amada.
Cumplió, eso sí, el sueño de colaborar con Tony Bennett. La canción “Body and Soul” se lanzó póstumamente, en setiembre de 2011, el día de su cumpleaños. Originalmente de Billie Holiday fue de una dulzura y delicadeza que pareció un oasis de calma en medio de la tempestad personal que atravesaba la artista.
El viejo crooner la definió como un alma vieja que sabía cuál iba a ser su trágico destino.
En una época en la que el Club de los 27 —el de aquellos artistas fallecidos a esa edad— parecía haberse cerrado, Winehouse volvió a a abrir esa puerta. Un 23 de julio de 2011, murió por una intoxicación etílica accidental. Esto alimentó a su legado de una manera retorcida.
El mundo había asistido en primera fila a una debacle imposible de ignorar. La prensa se alimentaba de cada traspié. “Rehab”, el hit que la convirtió en un éxito mundial, mutó en un recurso fácil para la burla y la parodia. La prensa británica trató sus adicciones con nula empatía.
Winehouse inspiró a una generación de artistas que acuñaron aspectos de su composición y estilo musical. Adele y Lana del Rey, por ejemplo, reconocieron el impacto que tuvo en su música.
Su éxito, además, abrió un espacio para que las discográficas volvieran a apostar por voces femeninas alejadas del pop dominante de comienzos de los 2000. El fenómeno fue tan grande como para considerarla impulsora de la “segunda invasión británica” del soul.
Desde su muerte, el público tuvo varias oportunidades para repasar su vida y obra. Lioness: Hidden Treasures, su álbum póstumo y el documental Amy, de 2015, que permitió entender qué ocurría detrás de los escenarios. No quedan bien ni su padre, ni su exesposo, y mucho menos la industria musical, que parecía más interesada en sostener el fenómeno que en detener la maquinaria para que ella pudiera recuperarse.
En 2024 —pleno apogeo de las biopics— Back to Black llegó a los cines y pasó sin pena ni gloria por caer en uno de los grandes errores que suele cometerse en el género: caricaturizar al protagonista y usar como fuente lo que decía la prensa y creía la opinión pública.
La razón por la que seguir hablando de ella es que fue una bella rareza, que creció a pesar de las tendencias y las fórmulas que parecían funcionar. Esa alma vieja, cuyo talento innegable se alineó a sus ganas de hacer música sobre cualquier otra cosa.
Más allá del tiempo, la mejor forma de entender a Amy Winehouse sigue siendo su arte. Aunque nunca haya pedido que la entendieran, sino que sintieran lo que estaba intentando hacer.