Hay, a grandes rasgos, dos tipos de músico: el que se pierde hablando sobre su propia obra como si en eso —en las composiciones— se jugara la vida, y el que prefiere perderse en todo lo demás. Louta es del último grupo.
O más bien Jaime James, el hombre inquieto que está detrás de uno de los proyectos pop más refrescantes que ha dado la música argentina en los últimos años, pero que no es —solo— su proyecto artístico.
Cuando se le pregunta por Un instante, su nuevo disco de estudio, puede contestar algo como “No sé, esa proyección… Si la describo, la limito”, reírse, decir conceptos como “alegría”, “felicidad”, “ganas de hacer”. Terminar la respuesta en segundos.
Sin embargo, cuando se le pregunta por el baile, se abre un jardín por el que podría merodear horas, como si hubiera algo en lo esencial, pero también en las expresiones abstractas, que le indica que ahí está lo verdaderamente fascinante del mundo.
Jaime James —cantante, compositor, productor argentino, 31 años, visionario, creador de la fiesta Bresh, cinéfilo y potencial actor, un rubro en el que debutó como Gastón Costemalle en La sociedad de la nieve, de J.A. Bayona— le dedica, consciente o inconscientemente, su nuevo disco al baile, a bailar como un gesto que incluso puede ganarle a la muerte. Alguna variante de esa palabra aparece prácticamente en todas las canciones, planteando formas de vincularse con el resto, formas de estar con uno mismo, formas de vivir.
“El baile es una vida, la vida es baile también”, dice en su canción “LO MEJOR DE LO MEJOR”. Ese es su mantra.
“Creo que el baile funciona perfectamente para poner en primer plano lo particulares que son las cosas de este mundo y cómo vivimos los seres humanos, que es el tema que a mí me interesa”, dice en videollamada con El País desde algún rincón de Miami, justo antes de volar al Río de la Plata y de volver a Uruguay para tocar, mañana, en el Festival Buena Vibra del Velódromo.
“Es como decir: qué loco el tenedor, ¿no?, el clásico comentario de alguien que está en un estado donde todo le parece flashero. Ir para adentro de esas reflexiones me parece espectacular. La vida todo el tiempo está llena de cosas que, si las aislás de nuestra manera de comportarnos y de ser, son muy tiernas y graciosas. Nos vemos y nos saludamos agarrando el cuerpito del otro en un abrazo y eso es totalmente normal. O pegamos las mejillas saludarnos con un beso. Ni hablar de la tecnología, del viajar, del cielo, de cómo dibujamos el sol”.
Cita el libro Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut. Dice que cuando vas desarmando lo que te rodea, lo más obvio del mundo, como, por ejemplo, las banderas —su forma, sus colores, su contenido— todo se empieza a volver “un delirio”. Cree que el pop en general se ha dedicado a eso, a desentrañar y alumbrar los símbolos, los términos, los retratos, las formas, pero también a darlos vuelta. Y, de alguna forma, por allí ubica a su música.
Se lleva bien con la etiqueta de “pop alternativo”. Reconoce que sus temas —los más conocidos son “Quereme”, con Wos, y “Ayer te vi”, junto a Zoe Gotusso— tienen forma de canción, estribillos, estructuras pop, pero te acercás un poco y hay “un pibe que parece raro”.
Su disco Un instante está hecho de mezclas fascinantemente exóticas (en “Kusturica” chocan de frente la batucada brasileña, el pasodoble y lo gitano; en “Mente” se alinean cumbia, salsa, psicodelia y hasta pinceladas de jazz), que albergan una colaboración con su amigo Bizarrap y, quizás, las letras más serias de Louta.
(Jaime se refiere a “las letras de Louta”. Cuando se le pregunta por qué, dice: “Louta es un proyecto y yo soy el director. También soy el protagonista, pero mañana podría no serlo. Y en este momento el escritor soy yo, pero podrían estar coescritas con alguien. Entonces creo que es más respetuoso o correcto decir ‘las letras de Louta’ que decir ‘mis letras’”.)
En alguna entrevista reciente se preguntó: ¿qué somos primero, baile o persona? Ahora, dice a El País: “Bailar pone en primer plano lo falto de significado que es todo. Lo pone en evidencia. Entonces, el baile es espectacular porque resalta la forma, una forma rara, tan rara como es vivir en este mundo, como es una taza, como es una silla, como es una nube”.
Él mismo creó una fiesta para bailar aunque no está tan convencido de que esa, hoy, sea la función de la Bresh, un evento nacido en Buenos Aires y que ha ido copando rincones del mundo, Uruguay incluido, y al que va hasta el mismísimo Lionel Messi.
“En los últimos años hubo reuniones importantes donde yo tuve que explicar de qué se trataba la Bresh, pero también de qué se podría llegar a tratar. Y pensaba que quizás en el futuro la Bresh podría ser un lugar para bailar, incluso trascendiendo la nocturnidad y la salida de boliche. Uno podría ir específicamente a b-a-i-l-a-r, si es que en algún momento se descubre que el ser humano tiene la necesidad de hacerlo. ‘Che, boludo, hace dos meses que no bailo’, eso podría reflexionar alguien”.
El show de Louta está lleno de bailarines. Mañana vendrá con ellos y sus músicos a cerrar el festival Buena Vibra, y promete romperlo con “una locura organizada”.
Se ríe cuando recuerda la actuación salvaje en otro festival en Montevideo, La Nueva Generación 2019, donde minutos antes de salir a escena cambió los planes y terminó a los saltos entre un cover de Gustavo Pena y sus propias canciones.
En estudio (está terminando de montar el suyo propio), su mecanismo es distinto. Tiene un proceso compositivo ceratiano, basado en la cacería de sonidos. “Soy creativo en el momento que hay que serlo”, dice. “Después siento que todo el tiempo uno está pensando en cosas como si tuviese muchas preguntas y temas que le interesan, y lo que le va pasando en la vida, lo que va viendo, lo mete en esos cajones que uno se armó”.
No transita el aburrimiento porque aburrirse, piensa, es creer que no va a pasar nada. Y eso jamás le ocurre. “Creo que son las preguntas que uno le quiera hacer a la sociedad, a uno mismo, las que te van marcando el rumbo. Por eso es importante que exista una idea sobre cómo está bueno vivir”, dice.
Para Jaime —para Louta también— está bueno vivir bailando.
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