Como si fuera a contramano de lo que parecen exigir los últimos meses del año, ese tiempo en que soltar responsabilidades y abrazar alguna relajación se impone sobre cualquier necesidad, Lali no para: acaba de terminar el rodaje de una película en el sur de Brasil, el 4 de diciembre estrenará un documental en Netflix, el 6 se presentará en la Rambla, en su show más grande en Uruguay hasta la fecha, y el 16 hará su quinto show en el estadio de Vélez en el año. Es la primera artista en lograr esa cosecha.
Como si fuera poco, en días editará el vinilo de No vayas a atender cuando el demonio llama, el disco que lanzó este año, llevó su sonido a un costado más rockero y le dio un empujón de popularidad que elevó su propuesta a otro nivel. La edición traerá dos canciones nuevas, de ahí que, en Spotify, el álbum haya sido rebautizado como No vayas a atender cuando el demonio llama I.
Y prepara, para el recital de la Rambla -quedan entradas en Redtickets-, un par de sorpresas, especialmente una que será exclusiva para esa noche y que la tiene “nerviosa, pero entusiasmadísima”. “Nos guardamos esta joyita para el 6. Y nos vamos a ir un poquito más a la mierda con la puesta”, confiesa.
Contenta “con la vida” y con todo lo hecho en los últimos meses -“la verdad es que fue un añazo”, reconoce-, y a días de llegar a Montevideo, Lali charló con El País. Este es un extracto de esa charla.
—En el último show que hiciste en Vélez este año reconociste tu necesidad de devolverle al público algo -el amor, la incondicionalidad, la confianza- de lo que te dan. Entraste en esta industria siendo apenas una niña. ¿En qué momento entendiste que había un otro al que tenías que tener muy presente?
—La tele tiene esta fantasía del juego, pero hacías un programa de televisión y no entendías cuánta gente lo miraba. Te hablaban de ratings y no tenías la más puta idea de qué era. Creo que tomé real conciencia a los 14, 15, porque ni siquiera fue en Floricienta, que sin embargo hicimos Estadio Vélez, cosas rarísimas, pero no era muy consciente de semejante hito. Creo que en Casi Ángeles, enfrentándote a públicos todo el tiempo, ahí entendí. Cuando hacíamos 250 mil funciones en el Gran Rex decís: “Es muchísima gente que mira este programa, que le gusta, que nos quiere venir a ver, que vive esta fantasía”. Entonces, ya entré en la adultez comprendiendo ese ida y vuelta con las masas de gente. Lo que me pasa ahora es que, por ser mi propia productora, no subestimo ni en pedo. Sin una factoría como la de Cris (Morena) detrás, uno entiende mejor todo y cada logro vale por mil.
—¿Cómo se resignificó, desde el lugar de productora, esa idea de comunidad, del espacio generado en los recitales como un lugar al que la gente va a ser feliz? ¿Cómo te vinculás con eso día a día?
—Me vinculo casi terapéuticamente porque creo que al final los recitales son aquello que de verdad no se compara con nada. No hay experiencia tecnológica que pueda compararse con lo que sentís en un espacio de concierto. Yo lo vivo como un refugio. Veo y creo entender que la gente que me viene a ver también: hay como una catarsis que hacen, que hacemos nosotros en ese aquí y ahora incomparable que es un recital. Me parece que ahí pasa algo bastante más conectado con el estar vivo que con los porqués. Yo veo lo que les pasa, veo los pogos que se arman, veo gente llorando, que no entiendo ni sabré nunca por qué llora, qué está llorando cuando llora, qué siente. Creo que se genera una comunión en la que todos somos uno y eso sigue siendo incomparable. Por eso son tan importantes los recitales, por eso me importa tanto hacerlos como los hago.
—Hablamos de lo colectivo, pero un disco como No vayas a atender cuando el demonio llama nace de un lugar individual: del deseo o la necesidad de decir estas cosas, tener este sonido y saltar al vacío. Y hay algo en el personaje Lali que se ve de afuera que está muy ligado a la seguridad, ir para adelante. En este camino, ¿cuál fue tu momento de mayor incertidumbre?
—Todo el tiempo. Esa seguridad que se puede ver es alguien tirándose a la pileta y tratando de mostrar qué intuición tuvo y por qué está haciendo lo que está haciendo. A veces es una cuestión coyuntural: sacás un disco y puede no entenderse y no es culpa de nadie. Y a veces hay discos que tienen un porqué en su contexto, y creo que lo que pasó con este álbum es que tuve un montón de incertidumbres y miedos en el proceso; sin embargo, cuando decidí intuitiva y artísticamente sacarlo, acompañó un sentir colectivo -o de ciertas partes de lo colectivo-, entonces fue muy bien recibido. Pudo no haber pasado. Eso es algo que no se puede medir. Sobre todo si no sos una persona que hace Excels de pros y contras.
Pero esto que decías de que fue un disco medio individual, te diría que cero. Yo hice este disco con una conciencia colectiva: colectiva de mi propio núcleo, con mis amigos, en un sentir común de que, para nuestra industria argentina, estaría bueno un disco pop de esta manera, con estas intenciones, con estas guitarras. Te diría que fue el disco más colectivo que hice, y pensando en la idea de un estadio lleno. Yo dudo de mí misma todo el tiempo. Pero sigo bastante las intuiciones, y creo que eso me va salvando de que el miedo me paralice. Antes de sacar “Fanático”, las incertidumbres eran miles, y a mí la intuición me dijo: tiene que ser la primera canción. Me banqué esa decisión y con el diario del lunes te puedo decir: ¡aguante! Mostrarse seguro o estar contento y seguro con lo que estás haciendo no implica sí o sí una seguridad ciega. Creo que la inseguridad es parte del motor que te hace animarte a algo.
—Dos días antes del show en Uruguay se estrenará en Netflix tu documental, La que le gana al tiempo. ¿Qué es para vos ganarle el tiempo?
—Varias cosas. La obvia sería la vinculada a la historia: son muchos años haciendo cosas y buscando reinventarte, no quedándote con aquello que parece algo ganado (sensación que siempre es mentirosa). Es estar en plena búsqueda, que creo que siempre fui así. Disco a disco noto esas ganas de estar encontrando algo nuevo en mí, para mostrar algo diferente. Y en esa lógica no existe el tiempo. Supongo que la búsqueda es constante hasta que uno se muera, o por lo menos me gustaría que mi vida sea así: no estar estática en una idea de mí misma.
Por otro lado, tiene que ver con el paso del tiempo que solo se nos castiga a nosotras. Yo no veo a la gente preocupada por si Duki tiene una arruga, y sin embargo con las mujeres sí. Y a mí, que ya pasé los 30, me gusta jugar con eso de que crezco y me siento cada vez mejor. Hay mujeres tremendas que admiro, grandes, que han vivido mucho, y las veo y digo: yo quiero ser eso. También es un statement. La que le gana al tiempo es: a mí no me van a venir a decir si ya soy grande, chica o mediana para determinadas cosas. Y por otro lado la canción donde está esa frase, “33”, es básicamente eso: crecer. ¿Y qué implica crecer? ¿Qué cosas están buenísimas de crecer y qué cosas tal vez no? Pero al final lo que importa es sentirse vivo en este presente. Si bien fue una decisión de Netflix, me gustó. Me vi reflejada en esa intención de título.
—En el avance del documental decís que, aunque de alguna forma sí, ya no sos la misma. ¿Cómo es entonces la Lali que cierra 2025?
—Graciosamente es muy diferente a la que está en este documental. Creo que la que cierra este año está más calma en un montón de aspectos, y también mucho más amable, ¿sabes? Mucho más amable conmigo. A la Lali que veo en el documental, si bien está en un modo bien pensante de lo que quiere hacer y decir, la veo más alterada por poder explicarse. Y yo, no sé si por lo vivido o qué, no necesito explicarme. Creo que lo puedo hacer a través de una canción o de lo que charlo ahora con vos, pero con otra calma. Y eso es un poco crecer. Estoy en un modo más amoroso, entonces cierro este año donde se ha hecho tanto y hemos dejado el cuerpo y el alma, mucho más agradecida conmigo, con todo lo realizado, que obviamente me transforma. Y me gusta la que cierra el año, la que me siento ahora.
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