Desde Buenos Aires
En los alrededores del Estadio Ferro, en el corazón de Caballito, la fiesta empezó hace rato. Es sábado 1° de noviembre, el sol ya cayó y el calor porteño anticipa el verano. Un parlante en un puesto improvisado de chorizos musicaliza la espera con canciones de A contraluz; grupos de amigos levantan banderas con el logo de la banda y los nombres de sus barrios. Para cualquier desprevenido, basta ver las remeras del público para entender que en un rato tocará La Vela Puerca.
Algunas estampan frases (“Hoy me siento que puedo hacer todo”); otras exhiben fechas de la gira por los 30 años. Conviven diseños de 2008, 2011, los Luna Park de 2013 y En el limbo, de 2021. Ese mosaico funciona como un archivo ambulante que resume, a su manera, cómo la banda juega de local en este lado del Río de la Plata.
“¡Apurate que se agotan!”, grita, ya en el campo, un hombre con megáfono. Señala un puesto de merchandising que ofrece un combo de remera con afiche. Al acervo en movimiento se suman cientos de camisetas negras que contrastan con el verde que llena la cancha y que seguirán trazando la historia. Como insiste La Vela al anunciar esta gira, “la historia sigue y la fiesta también”.
El show de esta noche, para 25 mil personas, tiene un peso simbólico que excede los festejos por los 30 años. Fue en esta misma cuna del Club Ferro Carril Oeste donde, en 2007, presentaron El impulso. El álbum, paradójicamente, sintetizaba la importancia de esa fecha: según contó Sebastián Teysera a La Nación, ese fue “el primer estadio de la historia para La Vela, no solo en Argentina”. Varias canciones de aquella noche quedaron registradas en Normalmente anormal, el DVD de 2009.
A las 21.20 el campo ya está repleto y la expectativa domina el ambiente. En los edificios pegados al estadio, la gente se asoma a los balcones. Apenas se apagan las luces, el público lanza el estribillo de “El Viejo”, como si supiera lo que se viene. Entonces, los uruguayos salen a escena, listos para el festejo.
Cuando los vientos disparan el imbatible riff del clásico de De bichos y flores, el efecto es inmediato: brazos en alto, un grito unánime y el pogo inaugural. Teysera sonríe, dispara un “¡Y dice!” y cede los primeros versos al público. La energía es magnética y la respuesta argentina, instantánea.
El show, de dos horas y media y 33 canciones, despega con una tríada contundente: “El Viejo”, “El profeta” y “Sobre la sien”. La complicidad entre los músicos es inmediata y potencia el arranque. Todos salen a sudar la camiseta con entrega absoluta. Sebastián “Cebolla” Cebreiro recorre el escenario, alentando y subrayando cada mensaje; Teysera se planta en el centro y marca cada frase con las manos y la cabeza.
Abajo, en las primeras filas, hay una competencia tácita por ver quién salta más alto. La cerveza se vuelca con los empujones; desconocidos comparten el coro como si se conocieran hace años. Las banderas que antes se veían afuera ahora flamean alto. Más atrás, grupos de amigos, parejas, familias y hasta abuelos y nietos cantan las canciones. Montado en el travesaño de uno de los arcos, un joven sin remera revolea su camiseta como si dirigiera el pogo, aunque nadie lo esté mirando.
El festejo es compartido y La Vela invita a varios colegas. Emiliano Brancciari, de NTVG, aporta uno de los momentos de la noche en “Va a escampar”. Germán Daffunchio, de Las Pelotas, suma delicadeza a “Para no verme más” y Santullo dispara un rapeo frenético en “La sin razón”. También se suman Barbi Recanati —quien abrió el recital y comparte con Teysera una gran versión de “Tormenta”—, Arquero, Horacio Batra y Diego “Bochi” Bozzalla.
Entre los colaboradores históricos aparecen Manolo Ferreiro, que canta en “Común cangrejo” y toca el redoblante en “Colabore”, Andrés Bentancourt con su gaita en “Los reyes de los buzones” y “Por la ciudad”, y el actor Pablo Tate, que une segmentos con recitados. Uno de los tantos puntos altos es “Zafar”, con Juanchi Baleirón de Los Pericos como voz invitada y el violista Gian Di Piramo, encargado del solo de la grabación original.
El espectáculo, un impecable repaso por su historia —con protagonismo para los primeros tres discos y presencia de todos los álbumes salvo Destilar—, se completa con oportunos recursos escénicos: pirotecnia, serpentinas plateadas, visuales que en “Vuelan palos” recorren afiches de toda su trayectoria y hasta burbujas que toman el escenario.
Este es un espectáculo ideal para recorrer su camino, y si lo de Ferro anticipa lo que se verá el 13 de diciembre en la Rambla del Club de Golf, entonces se está ante uno de los shows más potentes del 2025. Quedan entradas en venta en Redtickets.
La postal definitiva llega justo al cierre. Teysera queda solo con su guitarra para “José sabía”, y el canto del público se impone como un coro unificado que completa el círculo.
“Hace 18 años, acá mismo, fue la primera vez que toqué solito esta canción”, dice, antes de llevar su voz al límite a medida que crece la letra. El final, como el arranque con “El Viejo”, lo cede al público: se retira lentamente mientras la gente corea una de las frases más memorables del grupo (“Cuando todo parece jodido es cuando hay que poner”) y se abraza con sus compañeros al costado del escenario.
Un rato más tarde, y ya en los camarines, los abrazos se multiplican. La banda celebra junto a amigos, familiares e invitados su enésima conquista en suelo argentino. En diálogo con El País, el baterista Pepe Canedo se entusiasma al hablar de “la energía y la vibración” que percibe cada vez que toca con el grupo. Pero, sobre todo, de la alegría compartida. “Me emociona la amistad con cada uno de mis compañeros y la familia que se armó”, asegura. “Y eso se proyecta con la otra gran familia, que es la que está abajo. Es un fiestón”.
Al igual que Canedo, el bajista Nicolás “Mandril” Lieutier celebra esa unión intacta luego de 30 años. “Es un motivo de orgullo”, dice con una sonrisa. “Somos los mismos desde que empezamos, salvo uno que se nos fue para el cielo (el baterista Lucas De Azevedo), y haber logrado el cariño de la gente con una banda formada por amigos es un valorazo”.
El reloj roza la una de la mañana y el bajista está sentado en un sillón rojo del camarín. La algarabía y las felicitaciones dominan ese contenedor convertido en vestuario, pero cuando habla de la banda se abstrae de todo. Por unos instantes no hay nadie más. Habla con calma, saborea cada reflexión. “Tenemos ganas de seguir unos cuantos años más y no queremos cambiar a nadie, ni de la banda ni del staff”, asegura. “Y que eso funcione —porque podés tener todo eso y morirte de hambre— es lo que más rescato. El valor musical y artístico es importantísimo… pero viene después de todo eso”.
Afuera, en el pasillo que da a la zona de camarines, los guitarristas Rafael Di Bello y Santiago Butler —que completan el músculo rítmico de La Vela— refuerzan las ideas de Canedo y Lieutier sin saber lo que ellos ya hablaron con El País. Ese sentimiento de comunidad que el público siente con la banda es el mismo que define a los músicos. Y lo llevan tan adentro que no necesitan ponerse de acuerdo para destacarlo. “El eje es nuestra amistad”, dice Butler. “Además, siempre estuvimos rodeados de amigos que terminaron trabajando con nosotros”.
Di Bello toma la posta. “Esa fue siempre una forma de ser de la banda, y esta celebración no es solo para nosotros, sino para toda la gente que nos rodea. Porque, en parte, somos lo que somos gracias a ellos”, dice. Su compañero completa la idea: “Obviamente están las canciones, pero justamente hablan de eso”.
Con el recital de Montevideo ya en el horizonte, Butler insiste en una idea clave: “La máquina sigue funcionando, y hay canciones por grabar y shows por hacer”. Entonces mira a Di Bello: “Lo mejor está por venir”.
La sonrisa es mutua.
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