En setiembre de 2019 integró uno de los conciertos más delicados que pasaron por el Antel Arena. Aquella noche, Zeca Veloso debutó ante el público uruguayo como integrante de Ofertório, el espectáculo en el que Caetano Veloso compartía escenario con sus hijos Moreno, Tom y él. Con lentes, bigote y mota, ocupaba una de las cuatro sillas alineadas en un recital que, incluso dentro de un estadio, tenía algo de domingo familiar: sonrisas cómplices, miradas cruzadas y armonías de un mismo timbre, esa afinidad que solo da la sangre.
La escenografía era mínima, como el gesto. En esa economía, Caetano revisitaba clásicos como “Alegria, Alegria” y “Oração ao Tempo” a cuatro voces. En diálogo con El País, resumía la experiencia con una frase precisa: “Cuando unimos voces es como una iluminación mística”. Quienes estuvieron pueden confirmarlo; quienes no, pueden acercarse a ese clima en el disco Ofertório (Ao vivo), un registro de aquella gira.
Aquella noche el público uruguayo descubrió a Zeca en “Todo homem”. Sentado frente a un Fender Rhodes, lanzó un falsete de una fragilidad tangible, como si cada nota pudiera quebrarse en el aire. No había exhibición: había entrega. Una manera de encarnar lo que su padre definió, en su entrevista con este diario, como “vulnerable belleza”.
La canción —con 30 millones de escuchas en Spotify— terminó de confirmar su alcance cuando, en 2023, Coldplay lo invitó a él y a sus hermanos a interpretarla durante su show en Río. Fue un reconocimiento internacional para una pieza que nació desde la intimidad.
Hoy, casi siete años después de aquella visita inaugural a Montevideo, Zeca Veloso —de 33 años— es otro. Ya no hay rastros del bigote, los lentes ni la mota. Cuando atiende la videollamada, con remera blanca y gorro celeste, su imagen remite al estilo que su padre inmortalizó en tapas de discos de principios de los ochenta, como Cores, Nomes y Outras Palavras. Lo que permanece intacto es la voz. Esa forma de cantar como si en cada frase se entregara sin reservas.
El motivo de esta entrevista es Boas Novas, su debut solista, un trabajo que expone con claridad el mapa de sus intereses musicales. Se rodea de delicadas orquestaciones en “Tua voz”, “Boas novas” y “A carta”, entrega una fiesta de pagode en “O Sal Desse Chão” y abraza el minimalismo en “Talvez menor”. A su vez, revive el espíritu de Ofertório con “Salvador”, donde canta junto a su padre y hermanos una canción sobre un guerrero medieval herido que no claudica. Más que una metáfora, funciona como una declaración de principios.
Antes de sumergirse en Boas Novas, un álbum atravesado por su espiritualidad, El País le consulta sobre su experiencia montevideana. Zeca, con la misma honestidad con la que canta, no disimula. “Te voy a decir la verdad: fueron tantos shows, repetíamos siempre el mismo espectáculo, que no recuerdo algo específico de aquel concierto”, admite. “Todos esos shows de esa etapa fueron muy lindos, pero ya pasó bastante tiempo… Sí sé que fue algo muy especial”.
Está a punto de salir de gira y, por ahora, Uruguay no figura en la agenda (“no está en los planes formales, pero sí en los deseos”). Pero eso no impide que hable sobre su disco, una carta de presentación que consolida su lugar en la música brasileña contemporánea.
—El título de tu debut, Boas Novas, suena a celebración de esta etapa. ¿Qué significa haber publicado este disco tras años de trabajo?
—Significa mucha cosa, ¿sabés? Es un momento muy importante de mi vida y de mi carrera. Empecé a componer las canciones en 2018, durante las giras de Ofertório. Pude empezar a grabarlo en 2022 y lanzarlo ahora. Para mí es un nacimiento, un renacimiento. Tiene mucho que ver con el título y con la canción que le da nombre, que habla de eso. Este proceso atravesó mi vida personal, mental y espiritual. Es un momento muy importante en muchos sentidos.
—Percibí a “Salvador”, que abre el disco, como una declaración de principios: de ese guerrero que no se rinde a pesar de estar herido. ¿Cómo surgió?
—Tiene eso que estás diciendo y me gusta que pueda leerse así. Pero hay algo que siempre intento aclarar, porque es la manera más honesta que encuentro de hablar de esta canción: no vino de algo consciente. No pensé en hacer una canción que dijera todo eso, con ese guerrero. Fui recibiendo la letra. Iba apareciendo y yo entendía qué se estaba dibujando a medida que la escribía. Hice primero la música y después la letra, en siete días. Cada jornada trabajaba un poco y sentía que cada parte era para uno de ellos: para mi padre, para Moreno, para Tom. Fui descubriendo la canción más que construyéndola de manera deliberada. Es de las que más orgullo me da, tal vez la que más feliz me hace haber hecho. Y es también la que menos entiendo, porque parte de una experiencia que considero espiritual por la forma en que apareció. Tiene sentido que sea la que abre el disco.
—En canciones como “Talvez menor”, “Tua voz” y la propia “Boas novas” aparece una dimensión espiritual marcada. ¿Sentís que la música es el territorio donde esa búsqueda se vuelve más nítida?
—Sí, porque la música, desde cierto momento de mi vida, casi siempre sucede desde un lugar espiritual. Las canciones que me tomo en serio, las que considero verdaderamente parte de mi trabajo, son las que vienen de ese lugar. Para mí son una misma cosa. Obviamente puedo tocar de manera más espontánea, pero siento que ese no es mi trabajo verdadero. Mi trabajo nace de esa experiencia.
—“Tua voz” es una de las piezas más íntimas del disco. ¿Cómo nació esa canción?
—Surgió, si no me equivoco, una mañana en casa. Estaba en mi cuarto y me vino una melodía ya con la letra incluida (canta: “Dice que es posible volver y nacer otra vez como quien no vivió”). Esa primera parte apareció así. La otra nació en un vuelo, de regreso de alguna gira, tal vez por América Latina. Estaba viendo Blancanieves y hay una escena con animales en el bosque, con un dibujo medio psicodélico. Esa imagen me disparó el resto. La canción habla mucho de una búsqueda, tal vez de Dios. La segunda parte la escribí uno o dos años después; es distinta. Ahí aparece la idea de una conexión con la voz. Para mí es, antes que nada, la voz de Dios, pero también puede ser la de alguien amado, una presencia con la que uno tiene un vínculo profundo. Todo lo bello que puede haber en una creación artística nace de ahí. En mi caso es la voz de Dios, aunque también podría ser la de una persona amada.
—Cuando cantás da la sensación de que hay una entrega total. ¿Qué es el canto para vos cuando estás en un escenario?
—Cuando canto me gusta pensar en dar, en ofrendar. En poder servir de alguna forma positiva a quien escucha.