En tiempos como estos, lo de Wilco anoche en el Auditorio Nacional Adela Reta fue de una inquebrantable belleza rockera. El sexteto, liderado por Jeff Tweedy pero que tiene en el guitarrista Nels Cline su otra gran atracción, dejó en dos horas a un público extasiado, que llenó el recinto y terminó ovacionando de pie y por unanimidad.
La banda, que tiene 30 años de una trayectoria impoluta e inquieta, demostró que es una unidad sónica de raíces profundas, a las que visita con una personalidad propia, de esas que en el rock tienden a escasear.
Entre influencias beatlescas, pero siempre amparados en el folk, el indie, el country o la americana (la denominación depende del grado de involucramiento con esas sutilezas), y sin temerle a la experimentación, Wilco repasó todas sus grandes canciones. Así, en paquete y con la parcialidad entusiasmada, uno se percata de que son un montón de momentos en la vida de más personas de lo que uno creía.
El repertorio fue extenso (27 canciones en total, ocho más de las que hicieron en São Paulo, por ejemplo), quizás para cumplir con la promesa de Tweedy —que en vivo es algo tímido, simpático y se lo veía contentísimo con la acogida local, levantando los brazos como quien grita un gol— de saldar la deuda que tenía con Uruguay desde que, en 2016, por causas totalmente achacables a su logística, se canceló un concierto con entradas agotadas en La Trastienda.
"Vamos a hacer las que íbamos a hacer aquella vez, las que hacemos ahora y algún par de temas nuevos", dijo el cantante y compositor de la banda surgida en Chicago. Lo cumplió a rajatabla.
El show comenzó con "Wishful Thinking", de A Ghost Is Born (es de 2004), uno de sus discos clásicos, y terminó con "I Got You (At the End of the Century)", de Being There, de 1996. En el medio, hubo de todas las etapas de la banda, representadas con sus éxitos: versiones impecables y novedosas de "I'm Trying to Break Your Heart", "If I Ever Was a Child", "War on War", "At Least That's What You Said", "Impossible Germany", "Jesus, Etc.", "Box Full of Letters", "Heavy Metal Drummer", "The Late Greats" y "California Stars", de su disco a medias con Billy Bragg, con canciones de Woody Guthrie.
El setlist también incluyó la canción más votada por los usuarios uruguayos del sitio web de la banda: "I'll Fight". Por lo visto, es un gusto local, ya que Tweedy se mostró sospechoso de la elección. Somos así.
También se incluyeron varias de sus últimos discos que están muy bien. Tweedy es una usina imparable de hacer canciones pegadizas para un público rockero sensible y, por lo visto en el auditorio, cuarentón. Fue, casi, una fiesta generacional.
La selección fue, además, bastante representativa de la amplitud sonora de la banda, que apareció más aguerrida gracias a la guitarra de Cline, quien aporta una distorsión cuando se la precisa o incluso cuando no nos habíamos dado cuenta que se precisaba. Su intervención en "Via Chicago" redimensionó absolutamente una canción imperturbablemente melódica, a la que atravesó una tormenta electrónica, con el baterista Glenn Kotche sumándose al vendaval.
Cline le da un tono más guitarrero al repertorio, incluyendo un duelo con Pat Sansone, quien además cumplió funciones de tecladista, guitarrista, corista y maraquero. El show fue un muestreo de guitarras de todo tipo.
La banda la completan John Stirratt (bajo) y Mikael Jorgensen (teclados), todos instrumentistas de primera. Habría que agregar a los roadies, que entregaban una veintena de guitarras a los protagonistas. Eran hermosas.
"Los grandes músicos en el cielo están bailando con tu música", gritó alguien entusiasmado. Poético y algo hermético, el elogio fue tomado por Tweedy y, de alguna manera, representó un sentir popular: lo que Wilco ofreció fue una experiencia trascendental.
No precisó más que un telón negro con su nombre, un escenario despojadísimo que revelaba una austeridad que le va muy bien a un rock guitarrero y sensible que consiguió recuperarnos la fe rockera con canciones así, mostrando que un rock and roll canoso puede ser bello y elegante, y puede recuperarle la sonrisa a un montón de cuarentones que creían haber perdido la ilusión de la magia de la música.
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