ENTREVISTA

Antonio Birabent, el argentino que es eterno enamorado de Montevideo: "La nostalgia me puede"

El músico y actor se presenta este viernes en Magnolio Sala con un nuevo espectáculo, y antes conversó con El País sobre el lazo que lo une a Uruguay

Antonio Birabent. Foto: Gentileza Antonio Birabent
Antonio Birabent. Foto: Gentileza Antonio Birabent

Estaba mirando por una ventana, acá donde estoy, y hay un montón de edificios. Pero si pudiera borrarlos todos y tener una vista supersónica, vería Uruguay”. Eso es lo primero que dice Antonio Birabent, el argentino más enamorado de Montevideo, apenas atiende la llamada de El País.

Cantante, compositor, actor (está ahora con dos series y una película; no puede dar detalles) y autor de libros, el músico se presentará hoy a las 21.00 en Magnolio Sala con un título elocuente: Antonio Birabent le canta a Montevideo. Lo acompañará Martín Buscaglia y hay entradas en Tickantel.

“A mí me importa mucho valorar el lugar, el origen, la pertenencia, y Montevideo me es un lugar extraño, donde me siento muy local y donde no dejo de ser un visitante”, admite. Habla de Ciudad Vieja, de la calle Rivera, del barcito que frecuentó por Chaná en sus últimas visitas y de todos los rincones que anhela y que lo inspiran.

Este es un extracto de la charla que tuvo con El País.

—Algunas de tus canciones “uruguayas” repiten la imagen de lo viejo —“Viejo barrio”, “Viejo bandoneón”, el “viejos bares” del estribillo de “Montevideo”—, que puede estar relacionada a esta cosa nostálgica y gris de la identidad nacional. ¿Ese factor es parte de este vínculo que desarrollaste con el país?

—Sí, a mí la nostalgia me puede, pero en mi caso la nostalgia y la melancolía son muy productivas, y te diría más: no son tristonas. Sí son una noción muy clara del pasado, de lo que se está yendo. En mi obra está el paso del tiempo, lo que produce y esa mirada sobre lo que ya no está, o está por desaparecer. Y sé que es una lucha perdida, porque el progreso avanza.

—¿Es posible que haya una nostalgia no tristona?

—(Se ríe) Yo creo que sí. Yo grabé 25 discos, y no te digo que todos están inspirados en la nostalgia y la melancolía, pero buena parte de lo que me pasa tiene que ver con esa noción del tiempo, de lo que viví, de ser un memorista. Pero hay algo que tiene que ver con la alegría constante y la euforia que me expulsa un poco. Me gusta más estar en contacto con la melancolía y poder seguir con la vida.

—Publicaste el libro Tres, tenés una mirada de cronista en tu música, sos actor... ¿La forma en la que te definís, en relación a tus oficios, va cambiando?

—Yo trato de ubicarme en un lugar abarcador. Entiendo que lo que hago tiene que ver con estar atento al entorno y dejarme tocar por el entorno. Y eso me lleva a componer, a escribir, a actuar con verdad, y ahí está mi pequeño tesoro y lo valoro mucho. Y me gusta cuando me doy cuenta que alguien, una persona, me dice: “Ey, yo también me sentí tocado”. Eso es extraordinario y no tiene que ver con la cantidad. Si no, haría otra música, hubiera tomado otras elecciones.

—¿Pensás en eso, en esas elecciones, a menudo?

—Si. A veces me lo planteo. Cuando reniego, porque hay cosas que no salen, enseguida trato de ser sincero y decir: “¿Yo hice las cosas para que me vaya popularmente mejor?” Y la verdad es que no. No quiere decir que no quiero que mucha gente escuche mis canciones, pero tengo otras prioridades.

—¿Sentís que de alguna manera la figura de tu padre, el músico Moris, juega un rol a la hora de tomar este tipo de decisiones?

—Mi padre nunca cuidó de una manera comercial su carrera. A veces pienso que mi actitud tiene que ver con eso, con haber heredado una manera “renegada”. Igual, que alguien que ha trabajado en 20 series, 20 películas, que ha grabado 25 discos te diga esto, puede parecer contradictorio. Pero si alguien piensa eso es porque no sabe todo lo que podría haber hecho y no hice. ¿Pero sabés qué pienso? Que son elecciones, y que no es que una sea mejor que otra. Son maneras. Yo soy un realizador: quiero hacer, hacer, hacer. Y eso también me juega en contra. Por suerte pasó el tiempo y estoy amigado con esta manera. ¡Menos mal!

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