100 años de Aníbal Sampayo: tres miradas al pionero de la canción uruguaya que llegó a Japón y conquistó TikTok

Hugo Fattoruso, Numa Moraes y Eduardo Larbanois reconstruyen para El País el legado de Sampayo, cuya primera canción se volvió viral en TikTok 86 años después y hoy musicaliza más de 578 mil videos.

Aníbal Sampayo.
Aníbal Sampayo.
Foto: Archivo El País.

Aníbal Sampayo escribió algunas de las canciones más importantes del repertorio popular uruguayo. Sin embargo, su nombre no suele aparecer con la misma frecuencia que el de otros pioneros cuando se habla de los grandes compositores del país.

Esa paradoja queda retratada en Hit (2008), el documental de Claudia Abend y Adriana Loeff sobre los grandes clásicos del cancionero nacional. El primer capítulo está dedicado a “Río de los pájaros”. Al escuchar el título, Emiliano Brancciari y Sebastián Teysera no logran identificar la canción. Jorge Drexler, en cambio, completa enseguida el verso: “El Uruguay no es un río...”. Después, mate en mano, cuenta que cada vez que descubría una canción folclórica que le gustaba terminaba enterándose de que era de Sampayo.

El compositor sanducero, de cuyo nacimiento se cumplieron ayer 100 años, escribió clásicos como “Ky chororó”, “Garzas viajeras”, “La cañera” y “Cautiva del río”. Fue uno de los fundadores del histórico festival argentino Cosquín, y su obra fue grabada por artistas como Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, José Larralde, Los Olimareños y Quilapayún, entre muchos otros.

Su obra volvió a encontrar nuevos oyentes en 2024 por un camino impensado. “Bailongo en lo del Rengo”, su primera composición, se volvió viral en TikTok 86 años después de haber sido creada gracias a una versión del grupo argentino Sele Vera y Los Pampas de Bariloche. Hoy, el audio musicaliza más 578 mil videos.

El centenario de su nacimiento motivará varios homenajes. El principal será Sampayo 100, un espectáculo de entrada libre organizado por el Ministerio de Educación y Cultura que se realizará el 19 de setiembre en Paysandú y reunirá a artistas como Alfonsina, Ana Prada, Jorge Nasser, Luciano Supervielle, Copla Alta y Martín Buscaglia.

En plataformas digitales está disponible gran parte de su obra, y se recomienda arrancar por Antología Vol.1, una recopilación del sello Sondor que resume su estilio.

Pero la mejor manera de entender la dimensión de su obra quizá no sea repasar su biografía ni enumerar sus clásicos, sino escuchar a quienes heredaron su música y lo conocieron. En diálogo con El País, Eduardo Larbanois, Numa Moraes y Hugo Fattoruso reconstruyen, desde tres experiencias muy distintas, la dimensión de un compositor que ayudó a darle una voz propia a la canción uruguaya.

Un recuerdo escolar

Eduardo Larbanois tenía ocho años cuando conoció a Sampayo. Fue en la Escuela Nº 7 de Tacuarembó, donde el sanducero ofreció un concierto para niños. Lo que más recuerda es la escena: Sampayo, impecablemente vestido, con arpa paraguaya y guitarra, interpretando su repertorio como si estuviera frente a un teatro lleno.

“Nos impresionó mucho”, cuenta Larbanois. “Después pasamos años cantando ‘Río de los pájaros pintados’, ‘Garzas viajeras’ y ‘Ky chororó’ en la escuela”.

Con el tiempo compartirían proyectos y afianzarían una amistad que se mantuvo hasta los últimos años del compositor. Pero para Larbanois, el mayor legado de Sampayo está mucho más allá de sus canciones. “Junto con Amalia de la Vega, Osiris Rodríguez Castillos y otros compositores de esa generación, él fue uno de los fundadores de la canción popular uruguaya”, afirma.

“Ahí nació una manera de contar el país que después consolidaron Los Olimareños, Alfredo Zitarrosa, José Carbajal y tantos otros. Ahí apareció una música que uno escuchaba y decía: ‘Esto es Uruguay’”.

Hasta entonces, recuerda, buena parte del repertorio folklórico que circulaba en el país venía de Argentina. “Cantábamos sobre Catamarca y ni siquiera sabíamos dónde quedaba. Ellos empezaron a hablar de nosotros.”

Entre toda su producción destaca José Artigas: aurora, lucha y ocaso del Protector de los Pueblos Libres (1970), una obra conceptual grabada junto a Los Montaraces que, dice, recupera al Artigas histórico y no al héroe convertido en estatua. En 1989 volvió a registrarse en disco con recitados de China Zorrilla.

Larbanois cuenta que registró una de las pocas canciones inéditas de Sampayo. Junto a Mario Carrero grabó “Rincón de abril” para el disco Identidades (1995), una canción que el compositor les entregó tras regresar del exilio en Suecia.

Unos años antes, en 1992, trabajó con Sampayo en un disco homenaje -hoy disponible en Spotify bajo el título Lo mejor de Aníbal Sampayo-, para el que grabó buena parte de las guitarras. “Fue un trabajo hermoso y una síntesis de una obra inmensa. Es imposible abarcar todo lo que escribió”.

Influencia silenciosa

Para Numa Moraes, Sampayo merece mayor reconocimiento en la historia de la música uruguaya. Pero hay una anécdota que, para él, resume la dimensión de su legado.

Mientras preparaba Furia (1979), un disco presentado por Mario Benedetti y grabado en Holanda -donde pasó su exilio-, recibió un poema atribuido a un autor anónimo. “Me dijeron que venía de la Cárcel de Mujeres”, cuenta sobre "El terito". Compuso la música siguiendo, casi de manera intuitiva, el ritmo y la forma de cantar característicos de Sampayo. Poco antes de editar el álbum descubrió que el texto era, en realidad, del compositor sanducero.

“Lo más llamativo es que hice la música al estilo de Aníbal sin saber que la letra era suya”, recuerda. Para Moraes, esa coincidencia habla de la fuerza de un lenguaje musical inconfundible. “Sampayo es el gran representante de la música litoraleña. No es lo mismo la música que nace junto al río que la que mira al océano. El paisaje cambia el ritmo, la manera de cantar y hasta la forma de escribir”, afirma.

Aunque en Uruguay su figura no alcanzó el reconocimiento que merecía, recuerda que fue uno de los fundadores del Festival de Cosquín y que sus canciones fueron versionadas por leyendas como Mercedes Sosa, quien grabó canciones como “Ky chororó” y “Hasta la victoria”.

Su admiración, sin embargo, empezó mucho antes de compartir escenarios y homenajes. De niño soñaba con conocerlo durante una excursión escolar a Paysandú. Sin embargo, la maestra ni siquiera sabía quién era y la clase terminó recorriendo una fábrica de cerveza.

“La desilusión fue enorme”, recuerda entre risas.

Con el tiempo, Moraes terminó grabando varias de sus canciones, como “Río Negro”, “El terito” y “La cañera”, compartió escenarios y hasta una ida a La Habana en conjunto para ser parte de un encuentro de intelectuales latinoamericanos.

Recientemente grabó “Para Aníbal Sampayo”, una composición de Ignacio Suárez creada especialmente para un homenaje al músico. Allí canta: “Encontró el alma del río, la que lo sintió su igual, / En calma como un espejo, pero rebelde en su andar, / Aníbal Sampayo, hermano de Argentina y Uruguay, / Hijo de la Patria Grande y de la solidaridad”.

De Paysandú a Japón.

En 2008, Hugo Fattoruso demostró que las canciones pueden recorrer caminos inesperados. Invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores a participar de La noche del Mercosur, un espectáculo realizado en el Tokyo City Hall, rindió homenaje a Sampayo de una forma única: logró que un coro de niños japoneses cantara “Río de los pájaros”.

La idea, cuenta a El País, nació tras ver el entonces recién estrenado documental Hit, donde un grupo de niños interpreta esa canción y se registra la última entrevista con Sampayo, fallecido el año anterior. Fattoruso recurrió entonces a la embajadora uruguaya en Japón, Ana María Estévez, quien consiguió el coro y también las clásicas túnicas blancas con moña azul para que los niños la interpretaran vestidos como escolares uruguayos.

Hugo Fattoruso junto a un coro de niños japonés.
Hugo Fattoruso junto a un coro de niños japonés.
Foto: Archivo,.

“Yo mandé unas maquetas caseras para que aprendieran el tema”, recuerda. Para el concierto convocó al percusionista japonés Keppel Kimura, mientras él se encargó del piano. Esa noche también interpretó canciones de Toto Méndez y Pedro Ferreira. Pero, por encima de todo, conserva la imagen de un coro de niños japoneses cantando “Río de los pájaros pintados”.

“La belleza de esa composición está en la simpleza, en la amabilidad de sus notas”, dice Fattoruso. “Puede escucharla una persona de Austria, de Corea o de cualquier parte del mundo. Aunque no entienda una palabra, la canción la envuelve. Esa es la potencia de la música. Es música popular de muy buen gusto”.

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