HUGO GARCÍA ROBLES
Puedo confesar que he sido durante toda mi vida un gardeliano convencido, porque mi madre me contó que era capaz de cantar, a media lengua, Volver. Con casi cuatro años de edad recuerdo el crepúsculo del 24 de junio de 1935, las vecinas en la acera, comentando la noticia que en un primer momento era contradictoria: Gardel se había salvado aunque muy herido por el fuego, mientras que otras versiones registraban la verdad.
Quizá no todos sepan la popularidad de Gardel en otros lugares del mundo, distanciados del Río de la Plata. En el Caribe, por ejemplo. No solamente en Colombia donde el tango tiene arraigo desde siempre, también Venezuela. La visita de Gardel a Caracas en 1935, que fue de éxito arrollador, de alcance popular y en otras esferas más encumbradas. Fue llevado en andas a la salida del tren que unía el litoral caribeño con Caracas y la estación de trenes llamada Caño Amarillo, hoy estación de Metro con un busto del cantor. Busto inaugurado el 24 de junio de 1985 y muy poco faltó para que la propia estación llevara el nombre de Gardel, pero su designación era de larga data. Cambiarla violentaba casi una institución.
Noticieros de la época han conservado a Gardel en la recepción del Hotel Majestic, que era el alojamiento emblemático de la época, rodeado de admiradores y admiradoras, secándose con un pañuelo en su mano derecha la frente. El sol caraqueño se deja sentir con fuerza.
El 24 de junio la prensa venezolana recuerda dos fechas: la batalla de Carabobo y la muerte en Medellín. Pude escribir sobre el cantor en cada aniversario de su muerte, tal como lo hago ahora en su patria.
Quizá la primera reflexión que puede hacerse sobre esta milagrosa permanencia de un artista popular es verificar que en una zona de la actividad musical donde los ídolos cambian rápidamente, podría hacerse una larga lista de los famosos de un momento que nadie recuerda hoy (Antonio Tormo, Palito Ortega, Los Panchos). Por cierto no siempre olvidados con justicia.
Gardel permanece y en 1985, Radio Viena dedicó media hora de su programación a difundir su voz. Parece un poderoso argumento de su permanencia que la ciudad de Mozart, Beethoven, Haydn y Brahms lo tenga presente.
La otra consideración que es imprescindible hacer es la de subrayar el enorme talento, la genialidad de su arte interpretativo. No solamente la virtudes innatas de su timbre y afinación, todo el repertorio de recursos expresivos que hace de él un arquetipo del cantor popular en cualquier lugar del mundo. De modo que el mito, que existe realmente en el imaginario rioplatense y más allá de estos límites, tiene un soporte artístico indiscutible. No sé si cada día canta mejor porque siempre lo hizo a la perfección.