Un matrimonio literario contado en primera persona en un libro cargado de emoción, confesiones y amor

En su nuevo libro, "Historias de fantasmas", la estadounidense Siri Hustvedt escribe sobre su vida y su relación de 43 años con su esposo, el novelista Paul Auster

Siri Hustvedt
Siri Hustvedt

Alexandra Alter, The New York Times
Siri Hustvedt estaba a mitad de una nueva novela, sobre un escritor intentando terminar el manuscrito inconcluso de su padre, cuando su esposo, el novelista Paul Auster, murió de cáncer de pulmón en abril 2024.

Continuar esa historia en su ausencia parecía imposible: habían estado juntos 43 años; toda su carrera. Ella nunca había publicado un libro sin que él leyera primero su borrador.

Dos semanas después, en la casa que compartían en Brooklyn, se sentó y escribió las dos primeras frases de un nuevo libro: “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto”.

“Era lo único sobre lo que podía escribir”, dijo.

Escribió sobre su sensación de desorientación: cómo percibía vívidamente olor a humo de cigarro, aunque Auster había dejado de fumar nueve años antes; cómo se despertaba confundida en su lado de la cama y se metía en la bañera todavía con los calcetines puestos; cómo sentía una especie de “fragmentación cognitiva” que rozaba la perturbación. Había perdido no solo a su marido, sino también a la persona que había sido junto a él. Se sentía desvaída y lavada, como una fotografía sobreexpuesta.

Esas reflexiones crecieron hasta convertirse en Historias de fantasmas, las memorias de Hustvedt sobre su vida con y sin Auster. En parte un libro sobre el duelo y sus efectos psicológicos y fisiológicos, también es una mirada reveladora e íntima a un matrimonio literario: los momentos alegres del noviazgo, su profunda implicación en el trabajo del otro, sus chistes privados.

También escribe públicamente por primera vez sobre las tragedias que la familia como cuando Daniel, el hijo de Auster, que luchaba contra la adicción, consumió heroína mientras cuidaba de su hija Ruby, una bebé, y despertó para descubrir que no respiraba. Más tarde fue acusado de homicidio por negligencia criminal, después de que una autopsia determinara que la muerte de la niña fue causada por una intoxicación aguda por opioides. Tras salir bajo fianza, Daniel, de 44 años, murió por sobredosis.

Unos meses más tarde, Auster comenzó a sufrir episodios de fiebre y los médicos descubrieron posteriormente que tenía cáncer. Reaccionó a la noticia quizá como solo un novelista podría hacerlo: lamentando que morir de cáncer fuera un final tan obvio e insatisfactorio para una vida marcada por tantas tragedias.

“Lo dijo muchas veces: sería una mala historia”, contó Hustvedt, que tiene 71 años. “Era algo casi demasiado predeterminado, y odiaba las historias previsibles”.

Auster alcanzó la fama en la década de 1980 gracias a novelas posmodernas que exploran los misterios y la falta de fiabilidad de la memoria y la percepción. Hustvedt ganó reconocimiento por novelas densas e intelectuales como El mundo resplandeciente, Todo cuanto amé y El verano sin hombres.

Eran los primeros lectores el uno del otro, sus editores más agudos y sus mayores admiradores. Incluso compartían personajes: Auster tomó prestada a Iris Vegan, la protagonista de la novela de Hustvedt de 1992 Los ojos vendados, y amplió su historia en su novela Leviatán, publicada ese mismo año. (Críticos y lectores asumieron que ella había utilizado un personaje suyo, y no al revés).

“Éramos escritores muy distintos y siempre lo fuimos, y eso era parte del placer que encontrábamos en la obra del otro”, dijo Hustvedt.

Amigos de la pareja que han leído Historias de fantasmas dijeron que quedaron conmovidos por el retrato amoroso, aunque no hagiográfico, que Hustvedt hace de su marido.

Salman Rushdie, que visitó a Auster apenas unos días antes de su muerte, afirmó que la vívida representación de Auster -ingenioso, cálido y expansivo, siempre listo para hacer una broma- captaba una faceta de él que rara vez aparecía en su imagen pública como figura literaria consagrada.

“Está muy presente en la página”, dijo Rushdie. “Estaban profundamente unidos, y Paul era el mayor defensor de Siri. Estaban profundamente involucrados en el trabajo del otro”.

Hustvedt tenía 26 años, era una escritora emergente que acababa de publicar un poema en la revista The Paris Review, cuando conoció a Auster, de 34 años, después de una lectura en la noeyorquina calle 92 Y. Él llevaba una chaqueta de cuero negra, fumaba, y ella quedó instantáneamente prendada.

Fueron al centro de la ciudad a una fiesta, luego a un bar en Tribeca, y hablaron toda la noche. Él estaba casado con la escritora Lydia Davis, pero estaban separados. Le mostró una foto de Daniel, el hijo de tres años que tenía con Davis. Se besaron cuando ella estaba a punto de subir a un taxi, y él regresó con ella a su apartamento en la calle 109.

Poco después de que comenzaran a verse, Auster puso fin a la relación y le dijo que debía regresar con su esposa y su hijo. Ella lo recuperó con apasionadas y sinceras cartas de amor que cita en Historias de fantasmas: “Te amo. Todavía no me iré, no hasta que sea desterrada”.

En 1982, pocos días después del divorcio de Auster, se casaron. Tenían tan poco dinero que los invitados tuvieron que pagar sus propias cenas.

Sus carreras literarias evolucionaron en paralelo, pero la fama de Auster eclipsó a la de Hustvedt. A menudo se encontraba con periodistas que la menospreciaban preguntándole cómo era estar casada con un genio literario o si su marido escribía sus libros.

“La gente solía preguntarme cuál era mi libro favorito de Paul; nadie le habría preguntado eso a él”, recordó Hustvedt.

Cuando se quejaba de esa desigualdad, Auster bromeaba diciendo que la próxima vez que un periodista le preguntara cómo era estar casada con él, debería presumir de sus habilidades como amante.

Los desaires persistieron incluso después de que Hustvedt se hubiera consolidado como un talento literario formidable.

«Uno imagina que eso desaparecerá, pero no fue así», dijo.

A veces ha sentido que la reducían a «la esposa de Paul Auster» incluso después de su muerte. En una lectura reciente, un admirador de la obra de él le preguntó si encontraba consuelo leyendo sus libros en su ausencia, como si la verdadera pérdida hubiera sido la del eminente escritor y no la del hombre al que amaba.

Sintió con intensidad el peso de la reputación de Auster cuando él murió y la noticia se difundió en internet apenas momentos después de que dejara de respirar, antes de que la familia hubiera tenido tiempo de informar a las personas cercanas.

La sombra que proyectaba la fama de Auster sobre la familia se hizo especialmente evidente cuando llegaron el escándalo y la tragedia.

En Historias de fantasmas, Hustvedt detalla una faceta de la vida personal de Auster que él protegía celosamente: su relación con Daniel, cuyo consumo de drogas y comportamiento poco confiable eran una fuente constante de preocupación. Cuando era adolescente, robó más de 13.000 dólares de su cuenta bancaria, correspondientes a regalías alemanas de Hustvedt.

En 2000, Auster y Hustvedt descubrieron que Daniel había falsificado sus certificados académicos del State University of New York at Purchase después de prometer que volvería a matricularse; no lo había hecho y se había quedado con el dinero de la matrícula.

Después de cada traición a la confianza, ella y Auster lo perdonaban.«Tengo que dejar la puerta abierta, aunque sea apenas una rendija», dijo Paul sobre Daniel, recuerda Hustvedt en Historias de fantasmas.

Escribe sobre la carrera al hospital de Park Slope donde declararon muerta a la hija de Daniel: "Es la imagen de su pequeño y perfecto cuerpo muerto en el hospital, el 1 de noviembre de 2021, la que se impone en mí".

La conmoción por la muerte de Ruby, seguida por el arresto y la sobredosis de Daniel, se volvió aún más insoportable debido al frenesí mediático. Auster y Hustvedt fueron acosados por periodistas y no hicieron declaraciones.

"No estábamos en condiciones de hablar sobre ello cuando ocurrió; todo fue tan impactante y abrumador que intentar lidiar con tus sentimientos ya era más que suficiente», me dijo Hustvedt.

Pero sintió que debía escribir sobre Daniel y Ruby en Historias de fantasmas porque sus vidas y sus muertes eran una parte crucial de la historia familiar y, sin embargo, habían quedado reducidas a material sensacionalista de tabloides.

"No habría sido posible escribir este libro y fingir que esas cosas horribles no sucedieron", dijo. "Tampoco quería que esas cosas horribles dominaran el libro, y eso es complicado, porque son tan horribles que sientes que deben estar allí, pero no son toda la historia".

Antes de morir, Auster le dijo a Hustvedt que quería que esa historia fuera contada.«No sentí que lo estuviera traicionando», afirmó.

La hija de Auster y Hustvedt, Sophie Auster, músico que vive en Brooklyn, dijo que leer las memorias de su madre fue doloroso, pero que también sintió la voz y la presencia de su padre en sus páginas.

"Abrir el libro fue extremadamente difícil para mí, pero una se sumerge en él", dijo. "Ella no te deja permanecer demasiado tiempo en la tristeza. Hay mucha vida y mucha alegría".

A Hustvedt le resultó extraño escribir Historias de fantasmas sin compartir borradores con Auster, una costumbre que había mantenido durante toda su carrera. Pero con frecuencia la voz de él aparecía en su mente.«De algún modo lo escuchaba en mi oído diciendo cosas como: “Esa es una frase tambaleante, enderézala”, contó.

Después de terminar las memorias, Hustvedt regresó a la novela en la que estaba trabajando cuando Auster murió. Se dio cuenta de que tenía que reescribir por completo la primera mitad.

"Estoy empezando desde el principio", dijo. "No es que la historia vaya a ser diferente. Pero yo soy diferente".

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