Un libro rastrea el origen musical de una de los grandes escritores uruguayos como un camino a redescubrirlo

Carina Blixen dedica "Felisberto en gira", editado por Da Vinci, a la carrera como pianista itinerante y compositor de Felisberto Hernández; es el fruto de una larga y exhaustiva investigación

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Felisberto Hernández

Antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura uruguaya, Felisberto Hernández fue compositor y pianista de carrera, y recorrió el país con su música. Hasta que un día decidió ser escritor.

Felisberto en gira —el nuevo libro de Carina Blixen, subtitulado El “extraño viaje” entre el músico y el escritor y editado por Da Vinci— repasa esos años de pianista itinerante de Hernández, rastreando los vínculos con su fecunda vida personal y literaria.

Producto de un largo proceso de investigación, el libro se concentra en una etapa poco recorrida académicamente, por lo que el trabajo de Blixen no solo es exhaustivo, sino también fundamental.

Nacido en Montevideo el 20 de octubre de 1902, Hernández (o, directamente, Felisberto, que es como se lo conoce gracias a la peculiaridad de su nombre), además de ofrecer centenares de conciertos, publicó algunos libros tempranos, entre ellos el experimento Libros sin tapas y Fulano de Tal.

Dejó la música por la literatura a comienzos de la década de 1940, iniciando una trayectoria que lo convirtió en una voz única de las letras latinoamericanas. Libros como Por los tiempos de Clemente Colling, Las hortensias o La casa inundada deben ser considerados de los más originales de la literatura uruguaya. Era, según definición canónica, un “raro”.

Falleció en Montevideo, el 13 de enero de 1964. Era un “personaje singularísimo”, dice Blixen, quien hizo un notable trabajo de recopilación de fuentes.

Otro de los méritos de Felisberto en gira, que es un libro entretenido y necesario, es que despierta la urgencia de descubrir o volver a leer a un autor del que se suele hablar mucho pero que, lejos de ciertos círculos, aún sigue siendo un desconocido. En librerías se puede encontrar su Narrativa completa, que Alfaguara editó en 2015. En YouTube, se puede ver al pianista Sergio Elena intepretando la música completa para piano de Hernández.

Sobre su trabajo y la obra de Felisberto, Blixen charló con El País. Este es un resumen de esa conversación.

—¿Por qué ir al Felisberto músico?

—Es una etapa que se conoce, claro, aunque se sabe poco sobre cómo fue esa carrera. En la Biblioteca Nacional hicimos un relevamiento documental que está disponible en su página web, donde se muestran todos los documentos de esos primeros años de Felisberto, entre 1920 y 1940, cuando quería ser músico. Cuando terminamos con eso —y además yo me jubilé— me di cuenta de que había trabajado mucho con la documentación, pero todavía había aspectos que quería indagar.

—¿Cuáles eran?

—Uno tenía que ver con el recorrido que hice, casi paso a paso, siguiendo la prensa de la época. Felisberto recorrió todo el país —y no exagero—, además de parte de la Argentina y el sur de Brasil, dando conciertos. También me interesaba comprender qué había implicado interiormente eso, porque, mientras desarrollaba esa carrera de músico, muy singular por cierto, comenzó a escribir unos textos igual de singulares, extraños y muy interesantes. Eran muy atractivos, aunque no fueron los que le darían el reconocimiento que obtuvo a partir de 1940, cuando escribió Por los tiempos de Clemente Colling. Ahí decidió postergar esa vocación musical temprana y resolvió que iba a ser escritor. Hasta entonces había publicado los llamados Libros sin tapas: cuatro pequeños folletos aparecidos en 1925, 1929, 1930 y 1931, que rompían con la idea tradicional del libro, tanto por su materialidad como por su contenido.

—¿Era también un disruptivo como compositor?

—Marcelo Rilla, que es compositor y músico, me dijo que, de algún modo, Felisberto convertía el error en un recurso creativo, por ejemplo, en su “A la manera de Mozart”. Llegó, eso sí, a ser mucho más rupturista en la literatura que en la música. Compuso bastante durante los primeros años, hasta aproximadamente 1926. Después fue espaciando las composiciones. Tal vez —y digo tal vez porque todavía no podemos afirmarlo con certeza— haya compuesto más de lo que conocemos, que son una veintena. Hay que tener en cuenta que llevó una vida muy dura e itinerante. No solo recorrió todo el Uruguay, sino que incluso en Montevideo iba de una pensión a otra. Es probable, entonces, que haya más obras perdidas.

—¿Cuál sería su composición más importante?

—”Negros”, de 1935, es considerada con cierta unanimidad como su gran composición. Coriún Aharonian la rescató y dijo que fue el primero en integrar los tamboriles y el mundo del candombe en una composición culta. Felisberto buscó hacer las cosas de una manera distinta de la previsible o de la aceptada, aunque desarrolló más esa búsqueda en la literatura que en la música.

—¿En qué medida considera que esas experiencias de pianista itinerante influyeron en su literatura?

—Cuando decide dejar la carrera de músico para dedicarse a la escritura, recupera todo ese mundo vivido en la literatura. Recupera a los grandes maestros de su infancia. Y digo grandes porque fueron fundamentales para él y porque eran personajes realmente singulares. Allí están las figuras de sus maestros de música, Clemente Colling y Celina Moulié, a quien recupera en El caballo perdido. Después, en los cuentos, rescata al músico itinerante que recorre los pueblos y genera situaciones singulares, generalmente vinculadas a un acontecimiento artístico, y ese personaje capaz de observarse a sí mismo y de mirar el contexto que lo rodea, reflexionando de una manera aparentemente ingenua sobre lo que sucede. Dejó la música como mundo sonoro, pero el mundo vivido, la experiencia de la música, la recuperó plenamente en la literatura.

—¿Falta analizar su obra musical?

—Sería fundamental que un músico revisara e intentara comprender las composiciones de Felisberto, porque es imprescindible entender sus dos caras. Es muy singular pensar en esa capacidad de manejar lenguajes diferentes, porque no se trata de algo exterior a una persona, sino de algo íntimo, ligado a su sensibilidad. Esa posibilidad de derivar de la música a la literatura es apasionante, aunque no sea fácil de comprender.

—¿Encuentra una musicalidad en su prosa que provenga de esa dualidad?

—Cuando escribe, sobre todo en los primeros textos, le interesa encontrar un lenguaje capaz de acompañar el pensamiento al mismo tiempo que narra y crea situaciones. Hay diálogos y esa capacidad de escuchar el habla, pero no es únicamente una cuestión sonora, sino del pensamiento, casi como si existiera una música de las ideas.

—¿Cómo está considerado hoy Felisberto?

—Aún es, sobre todo, un gran escritor para escritores. No termino de entender por qué: no es un autor difícil, las situaciones que plantea no son complejas y el lenguaje que utiliza es llano. La dificultad está en que siempre mira la realidad desde un ángulo muy singular, y el lector tiene que hacer el esfuerzo de colocarse en ese punto de vista. Espero equivocarme pero siento que aún no ha alcanzado una verdadera divulgación. Me gustaría mucho que así fuera y me encantaría que este libro contribuyera a que Felisberto fuera leído por más gente.

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