El vínculo con Uruguay del mexicano David Toscana es largo. Comenzó con un choripán en el Estadio Centenario, charlas en el Mercado de la Abundancia, un par de libros editados por Ediciones de la Banda Oriental, en una cercanía que ahora incluye una visita como ganador del Premio Alfaguara de Novela 2026. Lo consiguió con El ejército ciego (Alfaguara, 950 pesos), una novela sobre un hecho real: en el año 1014, el emperador Basilio ordenó sacarle los ojos a 15.000 búlgaros tras una batalla. Lo que construye Toscana (Monterrey, 1961) a partir de eso es material de leyenda con una prosa y una imaginación riquísimas.
—¿Qué le gusta hacer cuando viene a Uruguay?
—Va cambiando. La primera vez que vine, mi contacto con la editorial, Claudia Garín, me preguntó qué quería hacer y yo le dije: “Quiero ir al estadio a comer choripán”. Y esa fue mi primera experiencia uruguaya. Después, Alcides (Abella) me llevó también a un lugar muy bonito, un mercado (se refiere al Mercado de la Abundancia), un lugar hermoso. Ya he dicho que podría vivir en Montevideo. Me resulta una ciudad muy bonita, muy nostálgica, muy inspiradora para escribir. Alguna vez escribí una novela sobre un personaje que vive un infierno en Monterrey -me la publicó Banda Oriental- y que siente que el paraíso es Montevideo. Solo la imagina, la lee en enciclopedias y piensa que su salvación sería vivir aquí.
—Vila-Matas escribió Montevideo. Somos un sueño inalcanzable de los escritores.
—Y no nos saquen de ese sueño. No me vengan a decir que Montevideo no es lo que yo pienso.
—Los escritores suelen desconfiar de los premios hasta que los ganan. ¿Es así?
—Alguien dijo que “los únicos premios que valen la pena son los que me dan a mí”. Cuando lo gana un amigo, o cuando tú no participas, lo tomas de mejor grado. Pero cuando alguien mete su novela a participar, la cosa cambia. Hay premios en los que algunos autores se desgastan la vida tratando de ganarlos. Hacen viajes a Estocolmo, negocian con universidades para que los propongan, viven ansiosos cada año. Y hay gente que se muere después de enterarse de que ganó un colega y no ellos. Entonces sí, hay premios que pueden ser más maldición que bendición… hasta que te toca a ti.
—A pesar de que sus novelas van y vienen por distintos universos y territorios, ¿por qué Bulgaria y esta historia?
—Nunca se me hubiera ocurrido inventar algo así. Pero la historia nos regala muchas cosas a los escritores. Porque yo, sentado en mi estudio, jamás habría pensado: “Voy a escribir una novela sobre 15.000 ciegos”. Pero leyendo te topas con esta anécdota histórica y se te queda en la cabeza. Y te preguntas si detrás de eso habrá una novela porque, a veces, algo te interesa mucho y, aun así, no descubres la novela. Aquí me tomó años descubrirla. Primero me interesó saber qué pasó con esos ciegos. Empecé a leer historiadores de la época y no había nada. Hasta que me topé con un historiador polaco que dice: “No hay nada más que decir. Los historiadores solo podemos repetir lo que ya contó el cronista bizantino. Quien quiera algo más tendrá que ser novelista”. Y dije: “Pues vamos”. Ningún búlgaro había escrito esa novela. Y lo entiendo: intentar contar esa historia de forma realista no tenía sentido. Entonces decidí convertirla en la leyenda de los ciegos. Y que en esa leyenda cupieran el humor, la belleza dentro de lo terrible; que en la derrota hubiera un triunfo. Cuando empecé a jugar con esos contrarios, supe cómo se contaba la novela. Ya tenía el tono. Empecé a imaginar historias, personajes, situaciones. Algunas funcionaban, otras no. Iba y venía. Pero ya sabía dónde escarbar, a ver si encontraba una pepita de oro, y se prueban distintos socavones hasta dar con ella.
—¿Cuánto llevó ese proceso?
—Desde que me interesé por la historia hasta que comencé a escribirla, unos 13 años. Cuando empecé a escribirla me di cuenta de que tenía infinitas posibilidades. Quince mil hombres: cada uno podía tener su historia. Entonces el trabajo consistió más bien en podar. En preguntarme qué era lo mínimo necesario para contar la historia. Por eso reduje el número y reduje también la extensión. Descubrí además algo importante: no es lo mismo un narrador con ojos que un narrador sin ojos. Muchas cosas no pueden narrarse visualmente. El personaje sabe cosas porque se las cuentan, no porque las haya visto. Hay un pasaje donde el narrador dice que, si tuviera ojos, describiría las murallas, las iglesias, las mujeres, el mercado, los vestidos… Todo lo que sería natural contar al salir de Constantinopla. Pero no vio nada. Entonces, ¿qué puede contar? Eso también volvió la prosa más concisa.
—Era un lugar que brindaba totalmente la imaginación.
—Permitía todo, sí. Y por eso el trabajo fino fue encontrar el tono, la prosa precisa, los episodios cortos que fueran contando la historia de los ciegos, pero dejando claro que quizá esto no ocurrió. Porque incluso hay momentos en los que uno no sabe quién narra..
—A pesar de los escenarios de sus novelas, ¿qué lo identifica como literatura latinoamericana?
—Sí: la posibilidad de desacralizar una historia. De tomar un hecho trágico y convertirlo en algo que también tiene humor. Que lo terrible tenga belleza. Que la derrota pueda volverse triunfo. Y, sobre todo, esa manera de vivir las desgracias: “Bueno, sí, estamos ciegos, pero seguimos vivos. Bebamos, celebremos”. Creo que los europeos son un poco más aburridos en ese sentido.
—También tiene lecturas contemporáneas. Quince mil hombres recorriendo Europa inevitablemente remiten a los refugiados.
—Sí, claro. Hay lecturas sobre el poder también. Algunos me preguntan si, cuando escribía sobre Basilio II, estaba pensando en Trump. Y les digo que no, porque el escritor no debe escribir pensando en equivalencias tan directas. Siempre cito a Octavio Paz, que decía: “La obra literaria va más allá de las intenciones del autor. Dice cosas que el autor nunca quiso decir”. Y para eso están los lectores. Porque un libro sin lectores es letra muerta.