Frágil como cristal, que llegó el jueves a los cines, es la primera película del uruguayo Marco Valenti, quien la escribió, la dirigió y la editó. Va en Cinemateca Uruguaya (todos los días a las 18.50) y en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño (hoy a las 20.45).
Hoy a las 11.00, además, en la Mediateca Ronald Melzer, en el Castillo del Parque Rodó, Valenti y el productor Camilo Argimón estarán charlando con los críticos Pietro Calace y Diego Vitureira sobre “La nueva crítica y el cine joven independiente” a propósito de la película.
Valenti forma parte de Ouroboros Films, una “productora de cineastas emergentes”, y ya está trabajando en su segundo largometraje, Un lugar de verano, un proyecto que ya recibió impulsos en el Festival Internacional de Cine de José Ignacio.
“Nicola escribe su primera obra teatral basada en la relación con Franca, estudiante de actuación a quien conoció una semana antes de irse de Uruguay”, dice la sinopsis oficial de Frágil como cristal. “Ensayando, pasa por una crisis que mezcla su presente y la ficción. Sofía y Mateo, actores de la obra, interpretan el vínculo inconcluso”.
“Frágil como cristal nace con la necesidad de hacer una película sobre nuestra propia contemporaneidad”, le contó Valenti a El País. “Empecé a escribir esta película a los 23 años y tiene que ver con los jóvenes”.
—Fue un largo proceso. ¿Cómo se mantuvo la idea original?
—Los procesos del cine son mucho más lentos y, mientras tanto, uno va creciendo y cambiando. Con el tiempo me di cuenta de que ese movimiento hace que uno empiece a alejarse de los personajes que escribe. Como sabíamos que éramos jóvenes -más aún en ese momento- y que hacer una primera película iba a llevar muchísimo tiempo por las condiciones de producción y las dinámicas del cine en Uruguay, especialmente para la gente joven y, más todavía, para quienes somos completamente independientes, entendíamos que sería muy difícil concretarla si no era a través de los medios que teníamos a nuestro alcance.
—¿A qué se refiere?
—Cuando hablo de hacerla con lo posible, me refiero a trabajar con las herramientas que uno tiene cerca. Es como cocinar con lo que hay en la heladera.
—¿Qué tipo de cine lo inspira en ese sentido?
—Soy un cinéfilo empedernido y veía que había muchas películas que se acercaban a algo que estaba a la mano. Lo veía en Tokio, en Teherán, en París, con cineastas como Kiarostami, Hamaguchi, Rohmer o el coreano Hong Sang-soo. Todos cineastas que fueron la influencia directa en esto de hacer con lo que uno tiene a mano. Y, yendo a las bases fundantes del cine, Bresson, Ozu y Dreyer me ayudaron mucho a pensar la idea de la película y a trabajar con los mínimos recursos. Eso sin quitarle mérito a la profesionalidad de la película, que creo que es notoria.
—La dirigió, la escribió y la montó. ¿Qué implicó eso a nivel de influencas?
—Estar en el desarrollo, en la producción y en la postproducción hizo que en cada una de esas etapas tuviera distintos referentes e influencias. Cada vez que pasás a otra etapa, crecés y tu influencia es distinta: lo que estabas viendo antes no es útil para una parte quizás más práctica. Y ahí tenés que ver cosas nuevas, más cercanas al material que tenés. Y eso está bárbaro porque te pone en diálogo con las posibilidades de la película. Además, ver películas que se acercan a tu material está buenísimo porque te ponen en diálogo con las posibilidades de la película. A mí me pasó en la postproducción con el cine, por ejemplo, de Edward Yang, el de Terrorizers.
—¿Qué buscaba ahí?
—Son películas que tienen que ver con jóvenes un poco menos mesurados que los de Frágil como cristal, pero sí con un gran amor por el tiempo. Y queríamos darle valor, desde cierto lugar, a que las cosas hablan, la ciudad habla, la estética habla, la forma habla. Y todas esas cosas me parece que surgen de la película.