El horror de la guerra y la fragilidad del instinto de supervivencia están en el centro de Las catadoras del Führer, la película del italiano Silvio Soldini que ayer se estrenó en cines locales.
La fórmula ha demostrado ser exitosa entre un sector del público afecto a este tipo de producciones históricas europeas que rescatan un evento no muy conocido.
Basada en la novela de Rosella Postorino e inspirada en la vida de Margot Wölk, Las catadoras del Führer cuenta la historia de aquellas mujeres cuyo oficio era no morir mientras comían.
El relato comienza en Parcz, Prusia Oriental (hoy Polonia del este) en noviembre de 1943. A esta localidad campesina llega Rosa Sauer (Elisa Schlott) buscando refugio en la granja de sus suegros. Muchos alemanes aún no lo saben, pero la Operación Barbarroja, la ofensiva ideada por Hitler para derrotar a la Unión Soviética en un solo golpe, ya ha fracasado y las tropas intentan volver a casa en medio de penurias incesantes.
En Parcz se vive una situación algo menos miserable porque, en los densos bosques cercanos, se encuentran las más de 200 construcciones que conforman el refugio ultrasecreto conocido como la Guarida del Lobo. Hitler ordenó la construcción de este complejo para instalar allí el cuartel general desde donde quería dirigir las operaciones en la Unión Soviética.
Rosa Sauer llega a Parcz esperando que algún día regrese su marido, enviado a luchar en el frente soviético.
Pero lo que le toca es algo muy distinto: formar parte de un grupo de siete mujeres jóvenes encargadas de probar todas las comidas del Führer para detectar si están envenenadas. Se trata de una tarea que puede ser mortal; en el clima paranoico de la Guarida del Lobo parece perfectamente posible que un complotador llegue hasta la cocina del líder.
Así, en este búnker hermético, cada plato de comida se convierte en una amenaza de muerte por envenenamiento.
La novela Le assaggiatrici, de Postorino, ganadora del Premio Campiello en 2018, presentaba la historia de Margot Wölk, quien en 2012, a los 95 años, rompió un silencio de décadas para confesar que había sido una de esas mujeres que probaban los alimentos del Führer, quien era vegetariano.
“Decidí escribir una novela con un personaje ficticio porque nunca llegué a hablar con Wölk”, señala la autora en la información de prensa, ya que Margot falleció antes de poder ser entrevistada.
Wölk relató en su momento que “el miedo era constante; cada vez que terminábamos de comer y seguíamos vivas, llorábamos de alegría”.
Su caso es excepcional. Según sus propios testimonios, fue la única de las jóvenes que sobrevivió al conflicto, gracias a la ayuda de un oficial que la subió a un tren hacia Berlín antes de que el complejo fuera tomado por los soviéticos. Su pasado permaneció oculto incluso para su marido y solo se reveló al final de su vida, como un acto de catarsis histórica.
Con eso, Las catadoras del Führer no es solo un drama histórico: es también una exploración sobre los límites de la ética humana. Como plantea la gacetilla oficial de la película, Rosa deberá decidir “qué precio está dispuesta a pagar por sobrevivir un día más”.
Soldini, nacido en Milán en 1958, es un director exitoso, conocido por su sensibilidad para retratar el universo femenino. En Uruguay se estrenaron, entre otras, Pan y tulipanes, Sonrisas y lágrimas y Cosa voglio di piú; Las catadoras del Führer es su duodécimo largometraje.
Acompañado por la fotografía de Renato Berta y la música de Mauro Pagani, Soldini evita el espectáculo bélico para centrarse en la profundidad psicológica de Rosa Sauer.
El elenco, encabezado por Schlott y Max Riemelt, logra transmitir la tensión de un ambiente de vigilancia constante. La película explora no solo el miedo al veneno, sino también la culpa moral de servir al monstruo para poder sobrevivir un día más. Con información de El Mercurio/GDA