"Nuestra tierra": el brutal asesinato que fue escándalo y obligó a Lucrecia Martel a filmar su obra más difícil

Mañana se estrena en Netflix "Nuestra Tierra", la nueva película de la prestigiosa directora Lucrecia Martel y que reconstruye el asesinato de Javier Chocobar, un activista en el norte argentino.

Lucrecia Martel

La combinación de Lucrecia Martel, la directora argentina considerada una de las grandes cineastas contemporáneas, y Netflix parecía, de antemano, poco improbable. Y más si ese nexo es un documental sobre el asesinato de un activista en una comunidad indígena del norte argentino.

Pero de eso va Nuestra tierra, la nueva película de Martel (la primera en más nueve años; la última con difusión internacional fue Zama) que a partir de mañana estará disponible en la más popular plataforma de streaming.

La directora nacida en la provincia de Salta en 1966, tiene, como un certificado de su trascendencia tres películas entre las 200 mejores de la historia en la canónica lista que cada 10 años publican el British Film Institute y la revista Sight and Sound. Son La ciénaga (puesto 136), La mujer sin cabeza (196) y Zama (también en el 196). Es considerada la directora argentina más prestigiosa en los circuitos cinéfilos y de festivales.

Por buscar otra certificación, bastante más local, Martel integra el mural con los santos del cine de la antigua Cinemateca 18 (en Avenida 18 de julio y Aquiles Lanza) junto con Federico Fellini, Luis Buñuel y Alfred Hitchcock.

“Me vino genial, mi familia al final reconoció en lo que estaba”, le contó en 2018 Martel a El País sobre el enorme mural en plena principal avenida. “Una cosa que me gustó mucho fue la arbitrariedad de la Cinemateca de tomar esa decisión que me favoreció y me divirtió aunque no creo, por supuesto, que sea verdad”. Le dio, dijo esa vez, la mejor selfie de su vida.

Surgida como una parte crucial del llamado Nuevo Cine Argentino surgido en la década de 1990 (donde hay que ubicar, entre otros, a Pablo Trapero y Martín Rejtman), Martel ha dirigido solo cinco largometrajes y una veintena de cortos, programas, especiales y miniseries para televisión y algún videoclip.

Nuestra tierra es su primer largo documental que antes de llegar mañana a Netflix, ya tuvo un estreno local en Cinemateca Uruguaya.

Un proyecto de larga data, la llevó a las tierras el pueblo indígena Chuschagasta en la provincia de Tucumán para contar una desgarradora historia de crimen y de búsqueda de justicia.

Allí en 2009, un terrateniente, Darío Amín, y dos ex policías, Luis Humberto Gómez y Eduardo José Valdivieso, fueron al territorio Chuschagasta buscando acceso a la cantera de la comunidad y afirmando que eran dueños de la tierra. Un altercado terminó con Amín disparando y matando a Javier Chocobar, un activista y líder comunitario e hiriendo a varias otras personas indígenas.

Amín filmó el asesinato de Chocobar y publicó las imágenes sin editar en YouTube. El video se difundió en internet y llegó a personas de todo el mundo.

Y, ciertamente, provocó indignación en Argentina, donde los pueblos indígenas vienen luchando por obtener el reconocimiento de la propiedad de sus tierras ancestrales y han sufrido siglos de robo de tierras y violencia. Esa furia llevó a Martel a hacer una película sobre Chocobar, pero tuvieron que pasar nueve años para que el caso llegara a juicio.

Martel adopta un enfoque de collage, confiando en que el público reconstruirá la historia mientras entreteje distintos tipos de imágenes. Hay videos filmados dentro de la sala del tribunal, donde escuchamos a los hombres juzgados, así como a testigos y a otros miembros de la comunidad hablar sobre sus ideas de lo ocurrido. Hay una recreación de baja fidelidad del asesinato, filmada en el lugar donde sucedió. Miembros de la comunidad indígena y la familia de Chocobar hablan de su vida y de su historia. Y también están las imágenes entrecortadas y casi indescifrables de Amín del asesinato: apenas se puede entender qué está pasando, solo que algo horrible ocurrió.

Ocasionalmente, Martel se aleja hacia lentas y elegantes tomas aéreas del paisaje, que adquieren un nuevo significado como escenario de violencia y disputa a medida que avanza la película: el racismo, el prejuicio, el deseo de justicia y reconocimiento están todos presentes en ese lugar.

Al llamar la atención sobre la tecnología de filmación, Martelrecuerda implícitamente que el caso de Chocobar solo llegó a juicio porque primero fue filmado y subido.

Una prueba visual irrefutable generó conciencia sobre la muerte de un hombre. Pero las historias que los hombres y mujeres Chuschagasta cuentan a Martel en Nuestra Tierra dan testimonio de otros indígenas que, como Chocobar, sufrieron o murieron defendiendo su tierra ancestral, pero sin cámaras que observaran, y con solo la comunidad para contar sus historias.

“(En Nuestra Tierra) puse en ejercicio todo lo que pienso sobre para qué hacer cine; esta es una película para conversar, una película que no sustituye una verdad con otra”, le dijo Martel en noviembre del año pasado al diario argentino La Nación. “Todo lo que vas a ver en la película, ya lo sabías. Encontramos un lenguaje para lo que era necesario desnaturalizar, volver a escuchar, volver a ver. Un poco esa es la función del cine: lograr que frente a lo que se fue volviendo invisible y natural, alguien de repente diga, “Ah, pará.” Es ese pequeño movimiento. Con humildad. Esta vez siento que la época me dio claridad. A veces las épocas te ayudan. Aunque a los golpes”.

“Nunca pienso más allá del norte argentino cuando me imagino con quién estoy dialogando”, dijo en esa ocasión Martel sobre la repercusión internacional de su cine y de Nuestra Tierra que se presentó en el festival de San Sebastián, fue la mejor película en el de Londres y ahora, por esas cosas de la globalidad, llega a una plataforma de streaming tan poderosa como Netflix. Con información de The New York Times y La Nación/GDA

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