Juan Manuel Fábregas
Se suponía que nunca la íbamos a ver. Pero no fue así: hoy, martes 24, mañana y el 3 de marzo, en Movie Montevideo Shopping, se exhibe Kill Bill: The Whole Bloody Affair.
Es la versión unificada de los dos volumenes de Kill Bill, las películas de Quentin Tarantino que se estrenaron entre 2003 y 2004.
La obra final -exhibida en Cannes en 2006 y en una única función en marzo de 2011, en el New Beverly Cinema, propiedad del propio Tarantino- viene con secuencias inéditas (incluyendo una sangrienta animación de siete minutos y medio que se tuvo que cortar del Volumen uno) y restauraciones. El conjunto revela la historia tal como el director siempre la concibió: una sola película de cuatro horas y media (no se preocupen, hay intervalo de 15 minutos a la mitad de la proyección).
La saga Kill Bill consolidó a Tarantino como uno de los cineastas (y cinéfilos) contemporáneos más populares. Antes, el director había sido proclamado por la crítica como “el nuevo Godard” por sus narrativas rupturistas, y la industria lo respetaba como “el niño malo” del cine independiente norteamericano, debido a lo sórdido y violento de sus primeras tres películas.
No había tenido, eso sí, un verdadero éxito, más allá de la importancia de Tiempos violentos, que lo hiciera reconocible con el gran público y le diera su primer Oscar.
Incluso antes de eso, el estreno de Perros de la calle en el Festival de Sundance de 1992, aún es visto como un hito para el “indie” estadounidense. Y es innegable la influencia que tuvo Tiempos violentos (o sea Pulp Fiction) en la década de 1990. Incluso la tibia recepción que tuvo Triple traición (o sea Jackie Brown) en 1997, se ha transformado en un ingreso querido y respetado dentro de su filmografía.
Tarantino creó el personaje de “La Novia”, la protagonista de Kill Bill, junto a la actriz Uma Thurman, en el rodaje de Tiempos violentos, tomando como inspiración al icónico “hombre sin nombre” de Clint Eastwood, el silencioso héroe en la trilogía de spaghetti westerns de Sergio Leone.
Material de leyenda.
Tarantino escribió el papel de Bill —el objetivo final ya anunciado en el título de la letal venganza de “La Novia”— para Warren Beatty, pero debido a la requerida experiencia en artes marciales, se quedó con David Carradine, de la popular serie de la década de 1970, Kung Fu. Igual, Tarantino dijo que su primera opción para el personaje, de haber estado vivo, era Elvis Presley.
El director esperó más de un año a Thurman, quien estaba embarazada, para darle tiempo a entrenar para las escenas de acción.
Explicó su paciencia con una cita cinéfila: “si Josef Von Sternberg se está preparando para hacer Marruecos y Marlene Dietrich queda embarazada, ¡él espera por Dietrich!”. La de los alemanes Von Sternberg y Dietrich fue una de las asociaciones más leales y eficaces de los comienzos del cine sonoro en Hollywood.
El vínculo entre Tarantino y Thurman también es material de leyenda. Es infame el episodio del accidente en auto de la actriz cerca del final del rodaje, cuando Tarantino insistió que no se usara una doble de riesgo, y que terminó con Thurman lesionada en las rodillas y con una conmoción cerebral. No volvieron a trabajar juntos tras Kill Bill.
La película, sin embargo, le dio a la actriz un estatus icónico como heroína de acción. Con su más de un metro ochenta de estatura enfundado en ese traje amarillo (que es el de Bruce Lee en El juego de la muerte), de cabellera rubia y armada con una filosa katana Hattori Hanzo (que “cortaría hasta a Dios”), La Novia se ganó su lugar en el Olimpo de las guerreras del cine, sin envidiarle nada a la teniente Ripley de Sigourney Weaver en la saga Alien.
Después de discutir el tema con el productor Harvey Weinstein, Tarantino aceptó a regañadientes dividir Kill Bill en dos películas. No era fácil negociar con el productor hoy en la cárcel y por entonces mandamás de Miramax.
Cuando la primera entrega apareció en el último trimestre de 2003 (en Uruguay se estrenó en noviembre), nadie supo cómo tomarla.
Desconcierto crítico.
La crítica, que tanto se había rendido a las revitalizaciones del director, al cine negro en la década de 1990, vio como el chico mimado se rebelaba y vertía en una explosiva probeta, elementos de los géneros más deleznables para los comentaristas conservadores. Allí había spaghetti western y varios géneros asiáticos como wuxia (las de espadachines marciales), kung fu, las de yakuzas, las de samuráis, y hasta llegar al animé y las películas de explotación sexual. Kill Bill es un compendio de la cinefilia de videoclub de barrio de Tarantino.
Más allá de lo forasteros que se sintieron la crítica y buena parte del público ante tanta referencia, queda claro el pulso como director de Tarantino.
El clímax final del volumen uno en un restaurant de Tokyo, sigue siendo una de las grandes secuencias de acción de este siglo. Esa famosa pelea de la Novia contra los “88 locos”, finalmente se podrá ver a todo color (como solo se había visto en Japón) en esta nueva y definitiva versión que se estrena desde hoy.
Una vez más, Tarantino hace alarde de su buen oído para musicalizar una película, con composiciones de origen tan variopinto como lo son Ennio Morricone, Bernard Herrmann, Gheorghe Zhamfir, Santa Esmeralda (en el duelo en la nieve entre “La Novia” y la O-Ren Ishii de Lucy Liu), Quincy Jones, Nancy Sinatra, o los músicos japoneses Tomoyasu Hotei y Meiko Kaji.
Volumen 2 fue mejor recibida por el establishment crítico, que, acostumbrados a lo visto en la primera parte, se regocijaron con alivio al escuchar el regreso de los famosos “diálogos tarantinianos”, entre otras características de la marca. Ambas películas funcionan, así, como el ying y el yang.
Kill Bill está en el podio de lo mejor del cine de acción de este primer cuarto de siglo, y ahora llega como siempre se planeó: para ser vista de tirón en un cine.
Para los que no saben con qué se van a encontrar, que seguro habrá de esos, vaya una advertencia tomada del título de cierta película de Paul Thomas Anderson: “Habrá sangre”. Y mucha.
Pero también mucho cine.