"La grazia", la nueva de Paolo Sorrentino y Tony Servillo: la vistosa soledad de un político en retirada

LA GRAZIA
Tony Servillo en "La grazia"

Después de sus paseos napolitanos y autorreferenciales en las expansivas Fue la mano de Dios y Parthenope, La Grazia es casi una película de cámara dentro de la filmografía del director italiano Paolo Sorrentino. Aquí, los paisajes ya no son abiertos ni sensoriales: se repliegan hacia los interiores del palacio presidencial italiano, un espacio cerrado donde lo político y lo íntimo se contaminan en lúgubres pasillos y espacio que parecen cargar todo el peso de la historia, la pompa y la responsabilidad.

Se trata de una nueva colaboración entre Sorrentino y Toni Servillo, su compinche habitual, quien en la ganadora del Oscar La gran belleza creó uno de los grandes personajes del cine italiano desde los tiempos de Marcello Mastroianni: Jep Gambardella. Aquí trabajan en un registro más contenido y melancólico, aunque aun así Sorrentino vuelve a ofrecerle a Servillo un personaje de esos que se quedan en sus seguidores.

Sorrentino ya había dirigido a su actor favorito en dos películas más biográficamente políticas: interpretó a los primeros ministros Silvio Berlusconi en Il Loro y Giulio Andreotti en Il Divo. Aquí, en cambio, encarna a un personaje más inofensivo (y ficticio), cuyo mayor pecado político parece haber sido la indecisión, una fragilidad que la película explora con insistencia.

Encarnando a un presidente ficticio de la República Italiana, Mariano De Santis, Servillo compone a un jurista devenido político que se prepara para retirarse en seis meses, tras una carrera admirada como jefe de Estado. Pero ese final anunciado no se le hace fácil. Lo acechan algunos fantasmas del pasado —entre ellos, la infidelidad de su esposa, ya fallecida, ocurrida hace décadas— y también ciertos asuntos urgentes de la agenda política que deberá resolver antes de dejar el cargo.

Entre esos temas aparecen un proyecto de ley para legalizar la eutanasia —un dilema moral para un católico con amistades papales, que siente que “si no firmo soy un torturador, si firmo soy un asesino”— y la posibilidad de conceder un indulto presidencial a dos asesinos. Como en todo Sorrentino, lo onírico y lo ominoso se filtran en la aparente rigidez institucional.

Para ubicar al público extranjero, y se agradece, La Grazia se abre describiendo las funciones de un presidente en Italia: un jefe de Estado con un rol más arbitral que ejecutivo, encargado de garantizar el funcionamiento institucional, promulgar leyes, nombrar al primer ministro, disolver el Parlamento y actuar como figura de equilibrio en momentos de crisis. No gobierna en lo cotidiano, pero su autoridad simbólica y su capacidad de intervención en situaciones límite resultan decisivas. No es raro, entonces, que se trate de figuras generalmente admiradas por la ciudadanía italiana.

En una escena durante una inauguración en La Scala de Milán, alguien del público le grita “gracias por salvarnos de ese tonto”, y su presencia es recibida con una ovación. Ese gesto resume el lugar ambiguo que ocupa un presidente italiano: distante pero necesario, decorativo pero, llegado el caso, crucial.

De las Romas y Nápoles mágicas y misteriosas de su último cine, Sorrentino pasa aquí a un deambular más introspectivo, que no solo recorre los pasillos del poder sino también los del interior atormentado de De Santis. En ese tránsito lo acompaña su hija, Dorotea (Anna Ferzetti), que funciona a la vez como asesora y conciencia política y que, en un detalle doméstico, se ocupa de que su padre como su ensalada de quinoa.

La fotografía de Daria D’Antonio aprovecha los claroscuros burocráticos y protocolares, y confirma que Sorrentino mantiene su habitual ojo para el alarde visual. La visita del presidente de Portugal, con música tecno de fondo, por ejemplo, revela una belleza casi publicitaria que forma parte de su sello. Es parte de su encanto: sus películas son siempre vistosas, y La Grazia consigue, una y otra vez, ese tipo de espectáculo que se espera de uno de los grandes directores italianos.

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