Juan Manuel Fábregas
El silencio de los inocentes —que mañana, martes 11 y el lunes 17 podrá verse a las 21.00 en el complejo Movie de Montevideo Shopping— fue, habría unanimidad sobre eso, la película que integró a los asesinos seriales a la cultura popular. Y, de paso, aportó una de las grandes figuras del cine moderno: el doctor Hannibal Lecter, mente brillante, asesino serial y caníbal.
En realidad, la película dirigida por Jonathan Demme y basada en la novela homónima de Thomas Harris era la segunda vez que Lecter llegaba al cine. En 1986 se estrenó Cazador de hombres, dirigida por Michael Mann (el de Fuego contra fuego y Vicio en Miami) y con Brian Cox en el papel que luego inmortalizaría Anthony Hopkins. Estaba inspirada en la primera novela de la saga, Dragón rojo, que tendría una segunda adaptación en 2002, con Edward Norton.
Después de que, por un breve momento, se pensara en Steven Spielberg para dirigir El silencio de los inocentes, su propia productora, Amblin, decidió que no era un proyecto adecuado para el cineasta. Entonces apareció Demme, que venía de dos éxitos moderados pero muy elogiados: Algo salvaje y Casada con la mafia.
Demme —quien además había dirigido la mejor película-concierto jamás filmada (Stop Making Sense, con la banda Talking Heads) y luego realizaría Filadelfia, con Tom Hanks— es uno de los directores más subvalorados de su generación, a pesar de ser el favorito de Paul Thomas Anderson, quien siempre bromeó con que sus tres principales influencias creativas eran “Jonathan Demme, Jonathan Demme y Jonathan Demme”. Tras su fallecimiento, en abril de 2017, Anderson le dedicaría su genial El hilo fantasma.
Cuando comenzó el casting de El silencio de los inocentes, Demme no estaba convencido de que Jodie Foster fuera la indicada para interpretar a Clarice Starling, la aprendiz del FBI que interroga a Lecter. Foster estaba muy interesada en el papel, pero la primera opción fue Michelle Pfeiffer, que había trabajado con el director en Casada con la mafia. Sin embargo, a Pfeiffer no le gustaba el contenido del guion.
Después de considerar a Meg Ryan y Laura Dern, Demme terminó decidiéndose por Foster, convencido por la pasión con la que defendía al personaje.
Mientras tanto, para interpretar al doctor Lecter, Demme pensó en Sean Connery, quien rechazó el papel de inmediato. Entonces se fijó en Anthony Hopkins, basándose en su actuación en El hombre elefante, de David Lynch.
Hopkins desarrolló a Lecter inspirándose en HAL 9000, la fría computadora de 2001: Una odisea del espacio, así como en los patrones vocales del escritor Truman Capote. Tan solo 16 minutos en pantalla le bastaron al actor británico para conseguir una presencia destacada entre los grandes villanos de la historia del cine y ganar el Oscar.
El silencio de los inocentes es la última película en obtener “los cinco grandes”: mejor película, mejor director (Demme), mejor actriz (Foster), mejor actor (Hopkins) y mejor guion adaptado (Ted Tally).
También es la única película considerada de terror en ganar el premio principal, un reconocimiento del que El exorcista y Pecadores solo estuvieron cerca. De todos modos, tampoco encaja del todo en lo que el imaginario popular identifica como cine de terror.
Rodeado de polémica. En los años posteriores a su estreno, una cierta polémica se extendió por las políticas sexuales de la película, especialmente en torno al personaje de Buffalo Bill (Ted Levine), el asesino al que persiguen Starling y Lecter. Algunos críticos consideraron que la representación del villano asociaba negativamente a la comunidad LGBT con la desviación, la psicopatía y la violencia. En realidad, la orientación sexual del personaje nunca se menciona explícitamente y Lecter afirma expresamente que Bill “no es realmente transexual”.
“Recibí un aluvión de críticas infundadas... Buffalo Bill no era un personaje gay”, le dijo en su momento, Demme a The New York Times. “Era un hombre atormentado que se odiaba a sí mismo y deseaba ser mujer porque eso le habría permitido alejarse de sí mismo tanto como fuera posible”.
En años más recientes, la película -y su afirmación de que Bill “no es realmente transexual”- ha sido criticada por transfobia desde sectores transfeministas, que la califican como “uno de los ejemplos más significativos e impactantes de transmisoginia en la cultura popular” y señalan que “fomentó la incredulidad ante la autoidentificación de las personas trans”.
El estatus de clásico moderno de El silencio de los inocentes es indiscutible. Además de popularizar todo un subgénero de thrillers de asesinos seriales -resulta difícil imaginar Pecados capitales, Memorias de un asesino o la serie True Detective sin su influencia-, a la película le siguieron tres nuevas aventuras cinematográficas del doctor Lecter: Hannibal, de Ridley Scott (2001); Dragón rojo (2002), y Hannibal: el origen del mal (2007), una precuela. Además, entre 2013 y 2015 tuvo su propia serie, Hannibal, que convirtió al danés Mads Mikkelsen en una estrella internacional, aunque fue cancelada prematuramente.
A pesar de los reiterados esfuerzos de los fanáticos más acérrimos por sostener que esa serie, creada por Bryan Fuller, tiene al “Lecter definitivo”, ninguna de esas secuelas o derivados logró arraigar en la cultura popular con la misma fuerza que El silencio de los inocentes.
Treinta y cinco años después, volver a verla en una sala de cine permite comprobar por qué sigue siendo un clásico. Y descubrir si el encanto de Hannibal Lecter todavía sabe a habas. Y a un buen Chianti.