Se cumplen 20 años

Se cumplen los veinte años, exactamente veinte años, nada menos, cifra redonda, de una fecha que venimos festejando puntualmente cada febrero. Sin dejarla pasar nunca desapercibida en nuestras memorias de uruguayos y de artistas. La fecha en que prácticamente medio rock nacional de aquellos días fuimos a tocar al Chuy y nunca nos pagaron.

Como dijo aquel, los que no conocen su historia están condenados a repetirla. Así que músicos y aficionados, compatriotas, mantened vivo este recuerdo.

Los Estómagos, Resortes Reflexivos, el Puticlub, Cross y Franco Francés constituían el menú para el segundo día del Primer Festival de Rock organizado en el estadio de la urbe fronteriza.

El primer día tocaron otros grupos, con el cierre a cargo de Los Traidores. Esta tanda tuvo mas suerte. Pero los de la segunda noche marchamos al espiedo, a la B, nos la mandaron a guardar.

Era un momento fuerte de esa segunda oleada del rock nacional.

Un día vino Marcelo Garcimartin al ensayo, en la parte trasera de un comercio de venta de azulejos cito en Constituyente y Jackson, con las nuevas sobre este festival. Como no había presupuesto extra para nada, había que asistir con la integración básica. O sea, Marcelo en voz y bajo, Jorge en viola, Fabio en batería y yo en saxo. Cuando había un poco de guita extra, llevábamos al Lito en tumbadoras. Y para ocasiones de lujo, nos apoyaron Jorge Galemire en guitarra, Liese Lange, Mónica Luz y Arys Silvano en coros, flor de bandón.

Ahora háganse la película. Los integrantes de las bandas van cayendo a la Alianza Francesa tipo 8 de la matina. Lo cual es temprano, muy temprano para una flota de rockeros.

Taba cerrado, obvio, así que esperamos en la escalinata de acceso, entre pullas, chanzas, chascarillos, charadas, tomaduras de pelo, jodas y algunas birras que venían en previsoras mochilas.

El bondi vino tarde, como es de rigor. Y con las novias y amigos íbamos como un 121 a las 7 de la tarde, gente parada, gente en los posabrazos, novias a upa.

Cuando pasábamos por Plasha Verde, el Marcelo Frampton, violero de Cross, dice, PAH, BO, MAL, DONDE ESTA MI VIOLA. PAH, BO, TODO MAL ME DEJE LA VIOLA EN LA ESCALERA, MAN.

Así que hubo que volver y la viola no estaba.

Arrancamos de nuevo, con Frampton desconsolado.

El agite era total, con el Apagón, vocalista del Puticlub, como simpático maestro de ceremonias. Así que cuando llegamos a Solymar el chofer ya estaba completamente harto. Va, para al borde de la carretera y hace bajar de una a todos los que no estaban en su lista. Se vivieron escenas desgarradoras, especialmente con las novias que tuvieron que volverse en COPSA.

Sin otros incidentes arribamos al Chuy, fuimos a la prueba de sonido, que era muy bueno, y nos llevaron a cenar a un rodizio del lado brasilero.

Meta frango y batata frita con salada, pero la bebida se la tenía que bancar cada uno. Ahí nos tocó ponernos a los dos o tres que disfrutábamos de un laburo fijo.

Tras el típico paseo por la principal arteria binacional, fuimos a tocar.

No había casi nadie. O a los chuiseños no les gustaba el rock, o la propaganda había sido mala, no sé.

Habría 200 personas esparcidas entre la cancha y las tribunas. Contando a los plomos. Eso sí, los vestuarios eran de película. La iluminación también.

Abrió Cross, a puro heavy metal, con Frampton usando una viola alucinante que le prestaron los de Resortes.

Luego los Resortes, que sonaban reprolijo. Luego el Puticlub, con su onda festiva y alegre. Luego el Franco Francés.

Hacía un tornillo bárbaro a pesar de ser febrero. Así que le dije a Garcimartin que ya iba a ver cómo me sacaba el frío, y durante el show me puse a agitar y bailar onda Gabriel Peluffo. La noche daba para todo.

Cerraron Los Estómagos. La verdad, eran una banda bárbara, sabían muy bien lo que hacían, Peluffo ya estaba muy maduro como showman, el Senador Parodi en ese estilo de guitarra no tiene igual, el Hueso ponía mucho gusto en el bajo, y Baroncini les daba un peso tremendo en la leña.

Tras recibir los aplausos de ese puñado de espectadores fuimos a cobrar. Los organizadores habían desaparecido. Nada por aquí, nada por allá. Y no era época de teléfonos celulares en la cartera de la dama y el bolsisho del cabashero.

Apareció un pinta que no mandaba nada y dijo que el que había firmado los contratos se había borrado diciendo que él no tenía nada que ver, que sólo había firmado. (Al regreso hice ver el contrato por mi primo escribano y dijo que no servía para nada).

SI NO NOS PAGAN, NO NOS VAMOS, dijo Peluffo, con mucha firmeza. Todos lo apoyamos.

Una hora más tarde, los empleados apagaron las luces y empezaron a cerrar el estadio. El chofer no estaba contratado para pasar la noche allí, así que hubo que tocar la retirada.

Las esperanzas de bagayear tupido con la guita del toque se habían esfumado como un espejismo.

Contritos, con la frente marchita y de tremendo mal humor transcurrieron las horas de vuelta. Con pinchazo incluido y parada en Rocha para comprar bizcochos culminó la aventura.

Nunca más subí a un escenario sin la guita en el bolsillo o un contrato firmado. Como aquella noche con Buddy Guy en el Cine Plaza. Pero esa es otra historia.

La viola de Cross terminó apareciendo. Carlitos Leguizamo, el técnico de luz y sonido de la Alianza Francesa, la encontró abandonada en la escalera. Grande Carlitos.

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