Se la escucha feliz, con un regreso inminente a la televisión con el formato ¿Quién es la máscara? de Canal 12, y pinchando discos en Punta del Este.
Radicada en el este, decidió mudarse para estar más en contacto con la naturaleza, Patricia Wolf habla de su faceta como DJ, los proyectos que la apasionan y de su compromiso con las causas ambientales.
—Se anunció el regreso de ¿Quién es la máscara? ¿Cómo te sentís con la vuelta del formato?
—Muy feliz. De verdad. Es un programa que disfruto muchísimo porque tiene algo muy especial: es para toda la familia. Yo siempre tuve otro tipo de público, pero La máscara me acercó mucho a los niños. Son ellos los que se te acercan, los que juegan, los que se enganchan con las adivinanzas. Eso es hermoso. Además, volver a reencontrarme con mis compañeros es un placer. Los quiero, me gusta trabajar con ellos. Es un clima lindo, sano, divertido.
—¿Se puede decir si se mantienen los mismos jurados o habrá cambios?
—Eso todavía no lo puedo decir. Prefiero no dar data por las dudas. Pero que el formato vuelve, no hay dudas.
—Además de la tele, estás muy activa en un mercado competitivo como el mundo del DJ. ¿Cómo vivís esa etapa, sobre todo en la temporada de Punta del Este?
—No me gusta decir “mercado” cuando hablo de música. Porque la música no es un mercado. La música es cultura, es algo social, es algo que incluso puede salvarnos un poco. Punta del Este tiene algo muy interesante: hay muchísima variedad, muchos DJs buenos, propuestas muy diversas. Para todos los gustos. Eso está buenísimo, porque la gente puede elegir, descubrir, moverse.
—Y para vos como artista, también abre muchas puertas…
—Sí, totalmente. A mí me encanta cuando alguien se acerca y me pregunta mi nombre, o cuando son extranjeros que no me conocen y me dicen “te quiero ir a escuchar”. Eso es divino. Pasar música me hace bien. Elegir música, mezclarla, generar un clima, hacer que la gente la pase bien… eso me llena. Es otra forma de expresarme, una de las que más me cuida emocionalmente.
—Siempre decís que un DJ crea el clima de un lugar.
—Total. Vos entrás a un lugar y, según la música, podés estar en un ambiente festivo, o en uno bajón. El DJ no es decoración, es parte central del espacio. En Uruguay tenemos una cultura musical enorme, también en el mundo DJ. Hay artistas como Koolt, Manglus, que son referentes internacionales. Eso te obliga a aprender, a estar a la altura, a tomártelo en serio.
—Hay algo que se mantiene constante en vos es tu mirada sobre los problemas del medioambiente.
—Sí, porque yo voy al origen de los problemas. Siempre fui bastante analítica. La mayoría de los problemas empiezan y terminan en el medioambiente. Estos días escribí criticando a alguien que hablaba de la contaminación de las playas y pensaba: ¿vos cuando limpiás tu casa, escondés la mugre abajo de la alfombra? Porque eso hacemos como sociedad.
—Y lo que tiramos a la naturaleza no desaparece…
—Exacto. Los tóxicos no se pierden, se transforman. Pensar que podemos contaminar indiscriminadamente y que no nos va a volver es un pensamiento muy corto. El mundo es chico. Mirá la pandemia. Pensábamos que pasaba en China y listo. No. Nos pasó a todos. Es autodestrucción. Y gente como Trump cree que se caga en los demás, pero se está cagando a sí mismo también. Yo no tengo pensamientos cortos. Pienso a largo plazo.
—También sos muy crítica con el rol de las autoridades.
—Porque tapan cosas. Derrames que se comunican tarde y mal, contratos opacos, errores que no saben o no quieren solucionar. Después te dicen “el contrato está firmado”. Bueno, perdón, pero la Constitución está por encima de cualquier contrato. El artículo 47 habla del derecho a un ambiente sano. Y la Constitución es la ley suprema.
—Algunos te dicen que hablás de medioambiente y no de otros temas, como la pobreza infantil…
—Pasa que todo está conectado. La contaminación impacta más en los que menos tienen. Cuando hubo sequía, el que podía compraba agua embotellada, que además subió de precio. Y el que no, tomaba agua contaminada. ¿Resultado? Enfermedad en la población más vulnerable y una salud pública afectada. Todo es acción y reacción. No se puede mirar nada de forma aislada.
—Ha de ser complicado recibir críticas personales, pero has creado un caparazón que parece que todo te resbala.
—Claro. Por ejemplo me dicen “pero vos andás en auto”. Y sí, ¿qué querés? ¿Que camine sobre el agua? No soy Jesús. Todos contaminamos de alguna manera. La diferencia es el impacto. No es lo mismo la contaminación doméstica que millones de litros de residuos industriales tirados al agua de los ríos.
—También sos muy dura con el modelo de urbanización en el Este.
—Porque es obsceno. Hay edificios gigantes en primera línea de la costa, aprobados quién sabe cómo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Nadie le preguntó a la gente de José Ignacio o La Barra si quiere vivir en una metrópolis. Pero acá vienen con los billetes y listo. El impacto ambiental y social es enorme y nadie se hace cargo.
—¿Nunca pensaste en dedicarte a la política?
—Ganas me dan, pero no sé si es mi lugar. Creo que mi rol hoy es otro: mostrar, abrir ojos, generar preguntas. Cuando alguien me escribe y me dice “gracias a vos empecé a informarme”, para mí ya está. Hoy con eso me alcanza. Yo quiero inspirar. Quiero que todos se preocupen como lo hago yo, que la gente se empiece a informar, porque la información es poder y es lo que nos va a ayudar a salir de los problemas.
—Esa postura también te trajo costos profesionales…
—Sí. Dejé de trabajar con marcas buscando coherencia. Es un sacrificio personal que hice. Y la verdad que da miedo, claro. Pero siempre fui freelance, así que estoy acostumbrada a la incertidumbre. Prefiero ser honesta conmigo y con los demás. Y las empresas que me contratan ya saben quién soy. No se sorprenden.
—Incluso contaste que recibiste amenazas…
—Sí, varias. Me han amenazado, me han escrito diciéndome que no diga lo que digo. Pero no me callo y no me intimidan las amenazas. Porque sino el miedo nos lleva puestos, y por miedo terminamos donde terminamos. Hay que tener valor y hacer las cosas bien.
—Hacer las cosas que uno quiere, también es parte de tu esencia.
—Es que imagínate en nuestro estado si muchos de los empleados públicos que trabajan dijeran, “me voy a dedicar a lo que realmente me gusta, voy a hacer lo que quiero”. Este sería un país diferente, porque la gente estaría mucho más contenta. A veces sueño demasiado.
—Te cambio de tema. ¿Cómo es hoy tu presente sentimental?
—Muy tranquilo. Muy en paz. Con Nacho (Ignacio Conti, su pareja desde 2022) nuestro vínculo cambió: ya no estamos juntos todo el tiempo como antes, ahora cada uno está más enfocado en sus propios proyectos. Nos hablamos todos los días, hay cariño, pero no dependencia. Y eso, para mí, es crecimiento. Mudarte, cambiar de aire, cambiar de ritmo… todo eso también acomoda el corazón.
—Hace poco te mudaste a Punta del Este. ¿Qué significó ese cambio?
—Muchísimo. Me mudé para cambiar el aire, para estar más cerca de la naturaleza, que era algo clave para mí. Estoy viviendo acá y el año que viene quiero construir mi casa. Me compré un terrenito que es el fruto de varias generaciones de trabajo, de mis padres, y de mis abuelos que escaparon de la Alemania nazi. Me emociona pensarlo.
—También estás en un momento de mucha calma personal.
—Sí. Estoy muy bien. Muy tranquila, con mucha paz. Cerca de mi hijo, de su novia, que tienen un proyecto precioso: un cafecito y un vivero. Estoy vibrando lindo. Hice la vida que quise porque fui valiente y fui hacia donde quería. Nada cayó del cielo.
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